La Pasion de Cristo Oracion en el Huerto
La noche en el huerto de mangos olía a tierra húmeda y fruta madura, ese aroma dulzón que se te pega a la piel como una promesa de pecado. Estabas solo, arrodillado sobre la grava suave, con las manos juntas frente al pecho, murmurando oraciones que salían roncas de tu garganta. La luna llena te bañaba en plata, haciendo que el sudor brillara en tu frente como gotas de sangre divina. La Pasion de Cristo Oracion en el Huerto, pensabas, recordando esa pintura antigua que viste en la iglesia del pueblo, con Jesús angustiado, sudando bajo los olivos. Tú eras como él esta noche, Cristo en tu propia agonía, pero no de miedo al destino, sino de un deseo que te quemaba las entrañas.
El aire estaba cargado, pesado con el zumbido de los grillos y el lejano ladrido de un perro en la hacienda. Tus rodillas dolían un poco contra las piedras, pero el dolor era chido, te recordaba que estabas vivo, que tu cuerpo pedía más que rezos. Cerraste los ojos, inhalando profundo, y sentiste el pulso acelerado en tu verga, endureciéndose bajo los pantalones de lino.
¿Por qué esta noche, Dios? ¿Por qué me mandas esta calentura que no se apaga?murmuraste para ti mismo, imaginando ángeles tentadores en vez de demonios.
Entonces la oíste. Pasos suaves, como de alguien que no quiere espantar a las sombras. Abriste los ojos y ahí estaba ella, Luisa, tu vecina de toda la vida, la que te guiñaba el ojo en las fiestas de la plaza. Vestía un rebozo negro sobre un vestido blanco que se pegaba a sus curvas por el rocío de la noche. Sus pechos subían y bajaban con prisa, y sus labios carnosos se curvaron en una sonrisa pícara. Órale, Cristo, dijo con esa voz ronca mexicana que te erizaba la piel, ¿rezas en el huerto como en la pintura esa? ¿La Pasion de Cristo Oracion en el Huerto? No mames, wey, pareces el mismísimo Jesús, pero con más ganas de pecar.
Te quedaste quieto, el corazón tronándote en el pecho como tambores de Semana Santa. Ella se acercó despacio, el olor de su perfume mezclado con jazmín del huerto invadiendo tus sentidos. Se arrodilló frente a ti, tan cerca que sentiste el calor de su aliento en tu cara. Sus ojos negros brillaban como obsidianas, prometiendo todo lo que las oraciones negaban. ¿Me dejas rezar contigo? susurró, rozando tu mano con la suya, suave como seda mojada.
No pudiste decir que no. El deseo era un río desbordado en tus venas. Asentiste, y ella se pegó más, sus labios rozando tu oreja. Padre nuestro que estás en los cielos... empezó, pero su mano ya bajaba por tu pecho, desabotonando tu camisa con dedos juguetones. Sentiste su uña arañando leve tu pezón, y un gemido se te escapó, ahogado en el Padre Nuestro. El huerto parecía contener la respiración, solo el crujir de las hojas y tu pulso latiendo fuerte.
Acto primero del pecado: ella te quitó la camisa, besando cada centímetro de piel expuesta. Su lengua dejó rastros húmedos y calientes, saboreando el salado de tu sudor. Qué rico hueles, carnal, murmuró contra tu cuello, mordisqueando suave. Tú la abrazaste, manos temblando al tocar sus caderas anchas, apretando esa carne firme que tanto soñabas. El vestido se subió solo, revelando muslos morenos y suaves, y el calor entre sus piernas te llamó como un imán.
Se recostaron sobre la grava mullida, cubierta de hojas secas que crujían bajo sus cuerpos. El cielo estrellado era testigo, y el aroma de mangos aplastados se mezcló con el de su excitación, ese olor almizclado que te volvía loco. Te quiero como a un dios, dijiste, voz quebrada, mientras le bajabas el vestido. Sus tetas saltaron libres, pezones duros como piedras preciosas, y te lanzaste a mamarlas, chupando fuerte hasta que ella arqueó la espalda y gritó ¡Ay, cabrón, sí!.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Tus manos exploraban, dedos hundiéndose en su concha ya empapada, resbalosa y caliente. Ella jadeaba, uñas clavándose en tu espalda, dejando marcas que arderían mañana como trofeos.
Esto es mi pasion, mi oracion verdadera, pensaste, mientras ella te desabrochaba el pantalón y sacaba tu verga tiesa, palpitante. La miró con hambre, lamiéndose los labios. Mira qué verga chingona tienes, Cristo mío, dijo riendo bajito, y se la tragó entera, garganta profunda que te hizo ver estrellas.
El medio acto era puro fuego lento. La mamada fue eterna, su boca succionando, lengua girando alrededor del glande, saboreando el precum salado. Tú gemías, caderas empujando instintivo, pero ella controlaba el ritmo, subiendo y bajando, escupiendo saliva que chorreaba. El sonido era obsceno: chupadas húmedas, slurps que resonaban en el huerto silencioso. Sudabas como en la pintura, gotas cayendo en sus tetas, y ella las untaba como aceite sagrado.
Luego la volteaste, poniéndola a cuatro patas entre los mangos. Su culo redondo te hipnotizaba, brillando a la luz lunar. Le separaste las nalgas, oliendo su esencia pura, y lamiste su ano primero, juguetón, antes de hundir la lengua en su coño. ¡Chíngame con la lengua, wey! rogó ella, meneando las caderas. La comiste como fruta madura, dulce y jugosa, hasta que tembló y se corrió en tu boca, chorros calientes que tragaste con gusto.
Pero querías más. La tensión psicológica te mordía: ¿Es pecado esto? ¿O es la verdadera pasion? Luisa lo sintió, te jaló del pelo y te miró fijo. No pienses, amor, solo siente. Esta es nuestra oracion en el huerto. Te montó entonces, guiando tu verga a su entrada resbaladiza. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo cuando la llenaste. ¡Qué rico te sientes, pendejito! exclamó, empezando a cabalgar.
El ritmo subió, sus caderas girando como en baile de salón, tetas rebotando hipnóticas. Tú la agarrabas de la cintura, empujando arriba, piel contra piel chapoteando sudor. El huerto vibraba con sus gritos: ¡Más duro, Cristo! ¡Dame tu pasion!. Olías su pelo, mango y sexo, sentías su concha apretándote como puño caliente, pulsando al borde.
Interno, luchabas: el deseo devorándote, imágenes de la pintura mezclándose con su rostro extasiado.
Esto es divino, carnal y puro, decidiste, y la volteaste boca arriba, piernas sobre tus hombros. La cogiste profundo, verga golpeando su cervix, bolas azotando su culo. Ella clavó uñas, ojos en blanco, ¡Me vengo, cabrón! ¡Sí!. Su orgasmo te ordeñó, y tú explotaste dentro, chorros calientes llenándola, gritando su nombre al cielo.
El final fue afterglow perfecto. Se quedaron tirados, jadeando, cuerpos enredados en hojas y sudor. El huerto susurraba aprobación, brisa secando sus pieles pegajosas. Ella te besó lento, lengua danzando perezosa. Fue la mejor oracion de mi vida, dijo riendo. Tú sonreíste, acariciando su pelo. La pasion no había terminado, solo se transformaba en algo eterno, como las estrellas sobre el huerto.
Al amanecer, recogieron su ropa, besos robados entre risas. Caminaron de vuelta a la hacienda, manos entrelazadas, sabiendo que volverían. Esa noche, La Pasion de Cristo Oracion en el Huerto se había grabado en sus almas, no como dogma, sino como fuego vivo que los unía para siempre.