Pasión Deportiva Facebook Deseo Incontrolable
Todo empezó en Pasión Deportiva Facebook ese grupo que me tenía enganchada como adicta al fútbol. Yo, Ana, una chilanga de veintiocho pirulos que vive por el América, pasaba horas scrolleando memes de partidos y discusiones acaloradas sobre quién era el mejor delantero. Neta, era mi escape después de un día de pinche oficina, con el estrés acumulado en los hombros. Una noche, mientras comentaba un golazo de Henry Martín, un wey llamado Marco me mandó un inbox. "Qué buena análisis, carnala, neta que sabes de esto", me escribió. Su foto de perfil era él en el Azteca, sudado y con la camiseta amarilla pegada al pecho marcado. Órale, qué rico se ve, pensé, sintiendo un cosquilleo en la panza.
Empezamos a platicar diario. Hablábamos de tácticas, de cómo el Chivas siempre se hace pendejo en la liguilla, y poco a poco la cosa se ponía juguetona. "Si nos viéramos en un bar después del clásico, te invito unas chelas frías", me soltó un día. Mi corazón latió como tambor de estadio.
¿Y si este wey es el que me hace sudar más que un partido de eliminatoria?Le dije que sí, que el próximo América vs Pumas, nos veíamos en el bar La Esquina, cerca del Estadio Olímpico.
El día llegó con un calor de los mil demonios. Me puse una falda corta que dejaba ver mis piernas bronceadas por el sol de la CDMX, y una blusa escotada con el escudo del América bordado. Olía a mi perfume de vainilla y jazmín, ese que hace que los vatos volteen. Llegué al bar y ahí estaba Marco, alto, moreno, con barba de tres días y ojos cafés que brillaban como reflectores. Me abrazó fuerte, su cuerpo duro rozando el mío, y olí su colonia mezclada con sudor fresco de la emoción del partido. "¡Qué chida estás, Ana! Ven, siéntate", dijo, su voz grave retumbando en mi pecho.
Pedimos chelas heladas que chorreaban condensación, y el televisor gritaba los goles. Nuestras rodillas se tocaban bajo la mesa, y cada roce era como una chispa. Hablábamos de Pasión Deportiva Facebook, de cómo ese grupo nos unió. "Sin ese pinche Face, no te habría conocido, ricura", murmuró, su mano rozando mi muslo. Sentí el calor subir por mi piel, mis pezones endureciéndose bajo la blusa. Neta, este wey me prende como antorcha. El América ganó, la gente gritaba, y él me jaló para bailar al ritmo de la cumbia que pusieron. Sus caderas contra las mías, duro ya contra mi vientre. "Vamos a mi depa, está cerca", susurró en mi oído, su aliento caliente oliendo a cerveza y deseo.
En su coche, un Tsuru viejo pero chido, su mano subió por mi falda mientras manejaba. Tocó mi tanga húmeda, y gemí bajito. "Estás mojada, Ana, qué rico". Aparcamos y subimos tropezando, riendo como pendejos. Su depa era modesto pero limpio, con posters de fútbol en las paredes y olor a tacos de suadero del puesto de la esquina. Me besó contra la puerta, su lengua invadiendo mi boca con sabor a limón y sal. Sus manos grandes amasaron mis tetas, pellizcando los pezones hasta que arqueé la espalda. La pasión deportiva que compartíamos se transformaba en algo animal, puro fuego.
Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. "Eres una diosa, wey", gruñó, lamiendo mi cuello, bajando al valle entre mis senos. Olía a su sudor masculino, terroso y excitante. Lo empujé al sofá, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la dureza, como un trofeo ganado en la cancha. La chupé despacio, saboreando el precum salado, mi lengua girando en la cabeza mientras él gemía "¡Órale, Ana, qué chingona!". Sus dedos enredados en mi pelo, guiándome sin forzar, puro placer mutuo.
Me levantó como si nada y me llevó a la cama. El colchón crujió bajo nuestro peso. Me abrió las piernas, besando mis muslos internos, inhalando mi aroma de excitación. "Hueles a miel, pinche delicia", dijo antes de enterrar la cara en mi chochito. Su lengua experta lamió mi clítoris hinchado, chupando con succiones que me hacían jadear. Sentía las vibraciones en todo el cuerpo, mis jugos corriendo por sus labios. Esto es mejor que cualquier gol de último minuto. Introdujo dos dedos, curvándolos contra mi punto G, mientras lamía sin parar. El orgasmo me golpeó como ola, grité su nombre, mi cuerpo temblando, piernas apretando su cabeza.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mordisqueando mis nalgas firmes. "Quiero cogerte así, ¿sí, amor?". "¡Sí, Marco, métemela ya!", rogué, empinándome. Se puso un condón –siempre responsable, qué padre– y rozó la punta contra mis labios húmedos. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Qué estirada tan rica, neta que calza perfecto. Empezó a bombear, lento al principio, sus bolas chocando contra mi clítoris. El sonido de piel contra piel, nuestros jadeos, el olor a sexo impregnando el aire. Agarró mis caderas, acelerando, yo empujando hacia atrás para más.
Cambié de posición, montándolo como amazona. Sus manos en mis tetas rebotando, yo cabalgando su verga dura, sintiendo cada vena frotando mis paredes. Sudábamos juntos, gotas cayendo de su pecho al mío. "¡Más rápido, Ana, qué rico tu panocha!". Giré las caderas, apretándolo con mis músculos internos, hasta que sentí su pulso acelerarse. "Me vengo, wey", avisó. Yo también, el segundo orgasmo explotando en fuegos artificiales, mi chochito contrayéndose alrededor de él. Gritamos juntos, él llenando el condón con chorros calientes que sentí palpitar.
Caímos exhaustos, abrazados, piel pegajosa y corazones latiendo al unísono. Besos suaves ahora, caricias perezosas. "Gracias por esto, carnala. Pasión Deportiva Facebook nos juntó para algo más que goles", murmuró, oliendo mi pelo. Reí bajito, trazando círculos en su pecho.
Quién iba a decir que un grupo de Face me daría el polvo de mi vida.Nos quedamos así, platicando de futuros partidos, de vernos en la tribuna juntos. El deseo no se apagó; solo se transformó en promesa de más noches así, sudorosas y apasionadas como un derby eterno.