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Como Se Llama El Actor De La Pasion De Cristo Que Me Hace Temblar De Placer

6807 palabras

Como Se Llama El Actor De La Pasion De Cristo Que Me Hace Temblar De Placer

Estaba en un bar chido de Polanco, con luces tenues y música suave de fondo, ese tipo de lugar donde la gente va a soltar el estrés de la chamba. Yo, Ana, acababa de terminar una semana de locos en la oficina, y lo único que quería era un trago fuerte y quizás un poco de acción. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir como diosa, el escote dejando ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera. Pedí un margarita helado, el sabor ácido y salado explotando en mi lengua, cuando lo vi entrar.

Alto, moreno, con ojos intensos que te clavaban como si te estuvieran confesando todos los pecados del mundo. Se parecía tanto a él, al actor de esa película que me había marcado de morrita. Me quedé mirándolo, el corazón latiéndome a mil, y sin pensarlo dos veces, me acerqué. "¿Cómo se llama el actor de La Pasión de Cristo?", solté de golpe, sintiendo el calor subiéndome a las mejillas. Él sonrió, una sonrisa pícara que le iluminaba la cara, y respondió: "Jim Caviezel, preciosa. Pero yo soy Jesús, y tú pareces tentarme esta noche".

Reí, nerviosa pero excitada. Se llamaba Daniel, era arquitecto, vivía cerca en una depa de lujo con vista a la ciudad. Charlamos un rato, el humo de su cigarro mezclándose con el aroma de su colonia, algo amaderado y masculino que me hacía mojarme sin darme cuenta. Hablamos de películas, de pasiones reprimidas, de cómo esa cinta nos había puesto la piel chinita. "La pasión no es solo sufrir", dijo él, rozando mi mano con la suya, áspera pero cálida. "Es arder por dentro". Sentí un escalofrío, el roce de sus dedos enviando chispas por mi espina.

¿Y si esta noche vivo mi propia pasión? ¿Y si me dejo llevar por este tipo que parece salido de mis sueños más calientes?

Salimos del bar, el aire fresco de la noche mexicana acariciándonos la piel, taxis pitando a lo lejos. En su depa, todo era minimalista y elegante: sillones de piel suave, luces LED suaves, una botella de tequila reposado esperándonos. Nos sentamos en el balcón, la ciudad brillando abajo como un mar de estrellas. Brindamos, el tequila quemándome la garganta, dulce y ahumado. Sus labios rozaron los míos por primera vez, suaves al principio, luego hambrientos. Sabían a tequila y a deseo puro, su lengua explorando la mía con una urgencia que me dejó sin aliento.

Acto uno del fuego: sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el vestido con maestría. La tela cayó al piso con un susurro, dejando mi piel expuesta al aire acondicionado, pezones endureciéndose al instante. Él me miró, ojos devorándome: "Estás cañón, nena". Yo le quité la camisa, revelando un pecho firme, velludo justo lo necesario, oliendo a sudor limpio y hombre. Lo besé ahí, lamiendo el salado de su piel, bajando hasta el ombligo mientras él gemía bajito, un sonido ronco que vibraba en mi clítoris.

Nos movimos al cuarto, la cama king size con sábanas de algodón egipcio, frescas contra mi piel caliente. Me recostó despacio, besando mi cuello, mordisqueando suave, el dolorcito placentero haciendo que arqueara la espalda. Sus dedos trazaron mis curvas, rozando mis pechos, pellizcando los pezones hasta que jadeé. Chingado, qué bien se siente esto, pensé, mientras mi mano bajaba a su pantalón, sintiendo su verga dura como piedra presionando contra la tela. La saqué, gruesa, venosa, la cabeza brillando de precum. La olí, almizclada, embriagadora, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el salado pre-semen.

"Ándale, mámacita, trágatela", murmuró él, enredando los dedos en mi pelo. La chupé despacio al principio, sintiendo cómo palpitaba en mi boca, el calor llenándome la garganta. Él gruñía, caderas moviéndose leve, el sonido de succión húmeda llenando la habitación. Pero no lo dejé correrse; quería más. Lo empujé a la cama, montándome encima, frotando mi panocha mojada contra su verga. Estaba empapada, los labios hinchados, clítoris latiendo como tambor.

Esto es mi pasíón, no la de la película. Aquí mando yo, y él es mi sacrificio voluntario.

La escalada: penetró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. "¡Ay, güey, qué grande estás!", gemí, el ardor inicial convirtiéndose en placer puro cuando me llenó por completo. Cabalgaba lento, sintiendo cada vena rozando mis paredes internas, el sudor goteando entre mis tetas, cayendo en su pecho. Él agarraba mis nalgas, amasándolas fuerte, dejando marcas rojas que dolían rico. Aceleré, piel chocando contra piel con palmadas sonoras, mis gemidos mezclándose con los suyos: "¡Chíngame más duro, Jesús mío!".

Cambiamos posiciones, él encima ahora, misionero profundo. Sus embestidas eran rítmicas, potentes, el colchón crujiendo bajo nosotros. Olía a sexo: mi jugo, su sudor, el leve aroma de la película que pusimos de fondo en la tele, La Pasión de Cristo sonando bajito como banda sonora pecaminosa. "¿Cómo se llama el actor de La Pasión de Cristo?", susurré entre jadeos, recordando nuestra charla, y él rio ronco: "Jim, pero yo soy el que te está dando la pasión verdadera". Me volteó a cuatro patas, entrando por atrás, su vientre peludo contra mis nalgas, bolas golpeando mi clítoris. El placer subía como ola, mis paredes contrayéndose, ordeñándolo.

Internal struggle: por un segundo dudé, ¿es esto demasiado intenso, demasiado sucio?, pero su mano bajó a mi clítoris, frotando círculos perfectos, y me rendí. "¡Voy a correrte, pinche puta rica!", gruñó juguetón, y eso me prendió más. El orgasmo llegó como terremoto, mi cuerpo temblando, gritando su nombre mientras chorros de placer me salpicaban las sábanas. Él siguió, prolongando mi clímax, hasta que se hinchó dentro y explotó, semen caliente llenándome, goteando por mis muslos.

Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante. El afterglow fue dulce: besos suaves, risas cansadas. "Eres increíble", murmuró, acariciando mi pelo húmedo. Yo, con el cuerpo zumbando de satisfacción, pensé en cómo una pregunta tonta había llevado a esto. La ciudad seguía brillando afuera, pero dentro, había paz. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. En la cama de nuevo, envueltos en sábanas, su brazo alrededor de mi cintura, me dormí oliendo a él, sabiendo que esta pasión era mía, consensual, empoderadora.

Al día siguiente, con café humeante en mano, el sol entrando por las cortinas, le dije: "Gracias por la noche, carnal. ¿Repetimos?". Él sonrió, ese mismo Jesús pillo: "Cuando quieras, mi Magdalena". Y así, la pasión no terminó; solo empezó.

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