La Pasion de Cristo 2004 Carnal
Era una noche de Semana Santa en el DF, de esas que huelen a incienso y a tormenta lejana. Yo, Ana, estaba en el depa con Luis, mi carnalito desde la prepa. Teníamos el DVD de La Pasion de Cristo 2004 que él había sacado del estante polvoriento. "Neta, Ana, esta película es cañona, te va a volar la cabeza", me dijo mientras lo metía en el player. Yo solo atiné a sonreír, porque lo que yo quería volar esa noche no era solo mi cabeza.
Nos recargamos en el sofá, con chelas frías en la mano y las luces bajitas. El cuarto olía a su colonia barata mezclada con el mío de vainilla, y el aire estaba cargado de esa humedad pegajosa que precede al calor. La pantalla se encendió con las primeras escenas, el desierto árido, el sudor en la piel de Jim Caviezel. Sentí un cosquilleo en el estómago, no por la fe, sino por la crudeza. Luis me pasó el brazo por los hombros, su mano rozando mi escote sin querer¿o queriendo?. Mi piel se erizó bajo la blusa ligera.
¿Por qué esta película siempre me prende tanto? Es el sufrimiento, la entrega total, como si el dolor se convirtiera en placer puro.
Avanzaba la historia, los latigazos resonaban en los bocinas, crack, crack, y yo apretaba las piernas sin darme cuenta. Luis respiraba más pesado, su pecho subiendo y bajando contra mi hombro. "Mira cómo sangra, Ana, es heavy", murmuró, pero su voz tenía un tono ronco que me hizo voltear. Sus ojos brillaban, fijos en la pantalla, pero su mano bajaba despacio por mi brazo, dedos calientes trazando mi piel.
El beso de Judas, traición y labios húmedos. Me incliné hacia él, nuestras bocas se rozaron primero suave, como un roce accidental. Pero luego, neta, se prendió el fuego. Su lengua invadió mi boca con hambre, sabor a chela y a deseo acumulado. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo revuelto. La película seguía, Pilato lavándose las manos, pero nosotros ya estábamos en otro rollo. Sus dedos se colaron bajo mi blusa, pellizcando mis pezones que ya estaban duros como piedras.
"Luis, pendejo, no pares", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Él gruñó, me jaló sobre su regazo. Sentí su verga tiesa presionando contra mis nalgas a través del pantalón. El olor de su sudor subía, macho y salado, mezclándose con el mío de entrepierna que ya empapaba mis calzones. La pantalla mostraba la corona de espinas clavándose, sangre goteando, y yo imaginaba ese dolor transformado en éxtasis.
Nos quitamos la ropa a tirones, blusas volando, pantalones cayendo. Su cuerpo desnudo contra el mío, piel morena y musculosa, cicatrices de la chamba en construcción que lo hacían más real, más mío. Lo empujé al sofá, montándome encima. Mis tetas rebotaban libres, pezones rozando su pecho velludo. "Quiero que me des como en esa película, mi rey, con toda la pasion", le dije, voz temblorosa de anticipación. Él sonrió pillo, manos agarrando mis caderas. "Tú mandas, mamacita".
Empecé a moverme despacio, su verga dura como fierro deslizándose dentro de mí, centímetro a centímetro. Ay, Dios, qué lleno me sentía, estirada, húmeda, chorreando jugos que lubricaban cada embestida. El sonido de la película, azotes y lamentos, se fundía con nuestros jadeos. Sudor nos pegaba, resbaloso, salado en la lengua cuando lamí su cuello. Olía a sexo crudo, a La Pasion de Cristo 2004 convertida en nuestra propia pasión carnal.
Esto es lo que necesitaba, esta entrega total, dolor y placer enredados como espinas y éxtasis.
Luis me volteó de golpe, poniéndome de rodillas en el sofá. Entró por atrás, profundo, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. "¡Sí, cabrón, así!", grité, uñas clavadas en el respaldo. El cuarto retumbaba con nuestros cuerpos chocando, plaf, plaf, ritmo salvaje como los latigazos en la pantalla. Sentía su aliento caliente en mi nuca, manos apretando mis tetas, pellizcando hasta el borde del dolor placentero. Mi coño palpitaba, apretándolo, ordeñándolo.
La tensión subía como la crucifixión en la peli. Él aceleró, gruñendo palabras sucias: "Estás bien rica, Ana, me vas a hacer venir". Yo me arqueé, frotando mi clítoris con los dedos, el olor almizclado de mi excitación llenando el aire. Cada roce era fuego, cada embestida un latigazo de placer. Internalmente luchaba: no quiero que acabe, pero lo necesito ya. Pequeñas resoluciones, como cuando él me besó la espalda, suave entre lo rudo, me hicieron derretir más.
La escena de la cruz, clavos hundiéndose, y nosotros al límite. "¡Me vengo, Luis!", chillé, el orgasmo explotando como sangre de heridas abiertas. Ondas de placer me recorrieron, coño contrayéndose en espasmos, jugos chorreando por mis muslos. Él rugió, clavándose hasta el fondo, caliente semen llenándome, pulsando dentro. Colapsamos juntos, sudorosos, pegajosos, respiraciones entrecortadas sincronizadas con los gemidos finales de la película.
Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados, pieles enfriándose lentamente. La pantalla mostraba la resurrección, luz cegadora, pero nosotros en penumbras íntimas. Luis me acarició el pelo, besándome la frente. "Neta, Ana, esa Pasion de Cristo 2004 siempre nos prende igual". Reí bajito, saboreando el salado de su piel en mis labios. "Es nuestra pasion, carnal, eterna como esa historia".
Nos envolvimos en una cobija, el cuarto oliendo a sexo satisfecho y a promesas de más noches así. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero dentro, habíamos renacido en nuestra propia pasión, cruda, consensual, chida hasta el hueso.