Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Abismo de Pasion Capitulo 118 El Despertar del Fuego Interno Abismo de Pasion Capitulo 118 El Despertar del Fuego Interno

Abismo de Pasion Capitulo 118 El Despertar del Fuego Interno

7474 palabras

Abismo de Pasion Capitulo 118 El Despertar del Fuego Interno

El sol se colaba por las cortinas de encaje de mi departamento en Polanco, tiñendo la habitación de un dorado suave que hacía que todo pareciera un sueño. Yo, Ana, recostada en la cama king size con sábanas de algodón egipcio, sentía el corazón latiéndome con fuerza. Hacía semanas que no veía a Diego, mi amor, mi chulo imposible. Ese pendejo con ojos de diablo y cuerpo esculpido por horas en el gym. Nuestra historia era un abismo de pasion capitulo 118, como si cada encuentro fuera el siguiente rollo de una telenovela que no terminaba nunca, llena de drama y deseo puro.

Me incorporé, el aire fresco rozando mi piel desnuda. Olía a jazmín del difusor que había encendido anoche, mezclado con mi perfume de vainilla que aún perduraba en las sábanas. Escuché el timbre, un sonido agudo que me erizó la piel. Es él, pensé, mientras me ponía una bata de seda roja que apenas cubría mis curvas. Bajé las escaleras descalza, el mármol frío bajo mis pies enviando chispas por mis piernas.

Abrí la puerta y ahí estaba Diego, con su camisa negra ajustada marcando pectorales duros, jeans que abrazaban sus muslos fuertes. Su sonrisa pícara me derritió.

“¿Qué onda, mamacita? ¿Me extrañaste?”
dijo con esa voz ronca que me ponía los vellos de punta.

Lo jalé adentro sin decir nada, cerrando la puerta con un golpe seco. Sus manos grandes ya estaban en mi cintura, atrayéndome contra su pecho. Sentí su calor, el latido acelerado de su corazón contra el mío. Olía a colonia masculina, a sudor fresco de la ciudad, a él. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando con urgencia. Neta, este wey me vuelve loca, pensé mientras sus dedos se clavaban en mi cadera, levantando la bata para acariciar mi piel desnuda.

Lo empujé contra la pared del pasillo, mis uñas raspando su cuello.

“Pendejo, no sabes cuánto te he necesitado”
, murmuré contra su boca. Él rio bajito, ese sonido gutural que vibraba en mi vientre. Sus manos bajaron a mis nalgas, amasándolas con fuerza, levantándome hasta que mis piernas se enredaron en su cintura. Caminó conmigo hacia la sala, cada paso un roce delicioso de su erección contra mi centro húmedo.

En el sofá de cuero negro, me dejó caer suavemente, pero sus ojos ardían con promesas. Se quitó la camisa de un tirón, revelando tatuajes que serpenteaban por su torso moreno, abdominales marcados que pedían ser lamidos. Yo abrí las piernas, invitándolo, mi bata cayendo a los lados como alas rotas. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el calor que subía por mi cuerpo.

Acto primero de nuestro ritual: la anticipación. Diego se arrodilló entre mis muslos, besando el interior de mis rodillas, subiendo lento, torturándome. Su aliento caliente rozaba mi piel sensible, enviando ondas de placer.

“Estás chingona, Ana. Mira cómo brillas”
, susurró, sus labios rozando mi clítoris sin tocarlo aún. Gemí, arqueándome, el olor de mi excitación llenando el aire, almizclado y dulce.

Sus dedos separaron mis labios, explorando con delicadeza. Uno entró, luego dos, curvándose justo ahí, en ese punto que me hacía ver estrellas. Chupó mi botón con maestría, lengua plana y círculos rápidos. Sentí el jugo correr por mis muslos, el sonido húmedo de su boca devorándome. ¡Órale, qué rico! No pares, carnal, pensé, enredando mis dedos en su cabello negro revuelto.

Pero él se detuvo, subiendo para besarme, haciéndome probar mi propio sabor salado en su lengua.

“Quiero que vengas conmigo adentro, mi reina”
. Asentí, jadeante, ayudándolo a quitarse los jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la punta brillando de precúm. La tomé en mi mano, sintiendo su pulso caliente, el terciopelo sobre acero.

Me puse de rodillas en el sofá, ofreciéndole mi espalda. Él gruñó de aprobación, posicionándose. La cabeza rozó mi entrada, lubricándola, antes de empujar lento. Dios, qué llena me hace sentir. Entró centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, hasta que sus bolas chocaron contra mí. El placer era abrumador, un fuego que subía por mi espina.

Empezó a moverse, embestidas profundas y pausadas al principio. El sonido de piel contra piel, slap slap slap, llenaba la sala. Sudor perlaba su frente, goteando en mi espalda, fresco y salado. Alcé las caderas, encontrando su ritmo, mis tetas balanceándose con cada golpe.

“¡Más duro, Diego! ¡Dame todo!”
exigí, y él obedeció, agarrando mis caderas con fuerza, clavándome como un animal.

El medio acto se desplegaba: la escalada. Cambiamos posiciones, yo encima ahora, cabalgándolo en el sofá. Sus manos en mis pechos, pellizcando pezones duros como piedras. Rebotaba sobre él, sintiendo cómo me llenaba hasta el fondo, su pubis frotando mi clítoris. El cuero crujía bajo nosotros, pegajoso de sudor. Olía a sexo puro, a feromonas, a abismo de pasion desatado.

En mi mente, esto era el capitulo 118, el clímax de tantos encuentros robados. Recordé la primera vez en la playa de Cancún, arena en la piel, olas rompiendo; las noches en su auto, vapor empañando vidrios. Cada recuerdo avivaba el fuego. Diego se incorporó, succionando mi cuello, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico.

“Eres mía, Ana. Toda mía, neta”
, jadeó, sus caderas subiendo para clavarse más profundo.

El orgasmo se acercaba, un tsunami building up. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo. Él giró, poniéndome de lado en el sofá, una pierna sobre su hombro. Esta posición nueva lo hacía llegar a ángulos imposimaginables, rozando mi G-spot sin piedad. Gemidos se volvían gritos, mi voz ronca:

“¡Ya, pendejo! ¡Me vengo!”

Exploté primero, un éxtasis cegador que me dejó temblando, jugos chorreando por sus bolas. Él siguió bombeando, prolongando mi placer hasta que rugió, llenándome con chorros calientes, pulsando dentro. Colapsamos juntos, su peso sobre mí reconfortante, corazones galopando al unísono.

En el afterglow, el final perfecto. Nos quedamos ahí, enredados, su verga aún semi-dura dentro, goteando. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El sol había bajado, la habitación en penumbras, solo el zumbido del AC y nuestras respiraciones. Sudor secándose en la piel, enfriando, pero el calor interno perduraba.

Diego me acarició el cabello,

“Te amo, mi vida. Esto es nuestro abismo, pero uno chido, ¿verdad?”
. Sonreí, besando su hombro salado. Sí, carnal, el mejor capitulo 118 de todos. Me sentía empoderada, saciada, completa. Mañana volvería la rutina, pero esta noche, en este momento, éramos fuego eterno.

Nos levantamos lento, rumbo a la ducha. Agua caliente cascando sobre cuerpos exhaustos, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Manos explorando de nuevo, pero tiernas. Salimos envueltos en toallas, pidiendo tacos por app – carnitas con todo, porque ¿qué hay más mexicano que sexo y comida?

Comiendo en la cama, riendo de tonterías, su mano en mi muslo. El deseo latente, listo para más capítulos. Pero por ahora, paz. El abismo de pasion capitulo 118 cerraba con broche de oro, dejando promesa de infinitos más.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.