Relatos Prohibidos
Inicio Hetero La Pasión de Cristo Donde Ver el Fuego en la Carne La Pasión de Cristo Donde Ver el Fuego en la Carne

La Pasión de Cristo Donde Ver el Fuego en la Carne

6988 palabras

La Pasión de Cristo Donde Ver el Fuego en la Carne

Estaba sola en mi depa en la Condesa, con el calor de la noche de México City pegándome en la piel como una promesa sucia. El ventilador zumbaba pendejo, moviendo el aire caliente que olía a tacos de la calle y a mi propio sudor. Agarré el laptop y tecleé la pasión de cristo donde ver, porque neta me picaba el gusanito de ver esa película otra vez. No sé por qué, pero siempre me ha revuelto las tripas esa historia de sufrimiento y entrega total. Encontré un link chido en una plataforma pirata, le di play y me recosté en la cama, con las sábanas pegajosas en las piernas.

La pantalla se llenó de sangre, de lamentos roncos que retumbaban en los parlantes. Cristo azotado, su piel abierta en surcos rojos, y yo ahí, sintiendo un cosquilleo traicionero entre las piernas.

¿Qué chingados me pasa? Esto es sagrado, pero mi cuerpo lo lee como un puto manual de deseo.
Me mordí el labio, el sabor metálico de mi propia sangre mezclándose con la saliva. El sudor me corría por el cuello, bajando hasta mis tetas que se endurecían solas bajo la blusa ligera. Pausé la peli un rato, me quité la ropa con manos temblorosas, el aire fresco besando mi piel desnuda. Olía a mi excitación, ese aroma almizclado que siempre me delata. Me toqué despacio, imaginando no al Cristo de la pantalla, sino a un carnal de carne y hueso, con verga dura y ojos de fuego.

No aguanté más. Me vestí con un vestido negro ceñido que me marcaba el culo, tacones altos que chasqueaban en el piso, y salí a la calle. La noche olía a mezcal y a flores de bugambilia, las luces de neón parpadeando como invitaciones. Caminé hasta un bar en la Roma, de esos con música ranchera fusionada con electrónica, lleno de morros y morras bailando pegaditos. Pedí un tequila reposado, el líquido quemándome la garganta como un beso áspero, y ahí lo vi. Sentado en la barra, con camisa blanca abierta mostrando un pecho moreno y tatuado, pelo negro revuelto y una sonrisa que prometía pecados.

—¿Qué onda, preciosa? —me dijo con voz grave, como grava bajo las llantas.

—Pues ando buscando algo que me prenda, wey —le contesté, guiñándole el ojo mientras el hielo tintineaba en mi vaso.

Se llamaba Cristo. Neta, Cristo. Me reí bajito, pensando en la película que acababa de pausar. Hablamos de todo y nada: de la ciudad que no duerme, de taquerías clandestinas, de cómo el calor nos ponía cachondos a todos. Sus ojos me recorrían como dedos invisibles, deteniéndose en mis labios, en el valle entre mis tetas. El tequila fluía, su mano rozó mi muslo bajo la mesa, un toque eléctrico que me hizo jadear. Olía a colonia barata mezclada con hombre puro, a sudor fresco y deseo crudo.

—¿Sabes? Estaba viendo la pasión de cristo donde ver en streaming —le confesé, mi voz ronca por el alcohol y la calentura—. Pero tu pasión se ve mejor en vivo.

Se rio, una carcajada profunda que vibró en mi pecho. —Pues ven, te muestro la mía de cerca.

Salimos del bar, el aire nocturno fresco lamiendo mi piel febril. Caminamos hasta su depa cerca, un loft chiquito con paredes de ladrillo visto y una cama king size que gritaba fóllame. Apenas cerramos la puerta, sus labios cayeron sobre los míos, duros y urgentes, saboreando a tequila y a menta. Gemí en su boca, mis manos enredándose en su pelo mientras su lengua invadía, explorando cada rincón como si fuera territorio sagrado.

Esto es lo que necesitaba, no esa película de látigos y cruces, sino carne real palpitando contra la mía.

Me quitó el vestido de un jalón, sus dedos ásperos rozando mis pezones que se pararon como soldados. Los pellizcó suave, luego fuerte, enviando chispas directo a mi clítoris hinchado. Caí de rodillas, el piso frío contra mis rodillas, y le bajé el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, oliendo a macho puro. La lamí desde la base, el sabor salado de su piel pre-semen inundándome la boca. Cristo gruñó, sus manos guiando mi cabeza mientras yo la chupaba profunda, la garganta acomodándose a su tamaño, saliva goteando por mi barbilla.

—Qué rica boca, pinche diosa —murmuró, su voz entrecortada por jadeos.

Me levantó como si no pesara nada, sus brazos fuertes envolviéndome. Me tiró en la cama, las sábanas frescas contrastando con mi piel ardiendo. Se hincó entre mis piernas, separándolas con rudeza consentida. Su aliento caliente en mi concha mojada, el olor de mi excitación mezclado con el suyo. Lamidas lentas al principio, circundando el clítoris como un devoto en peregrinación, luego succiones que me arquearon la espalda. Gemí alto, mis uñas clavándose en sus hombros, el sonido de mi placer rebotando en las paredes.

—¡Sí, Cristo, no pares, cabrón! —grité, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda.

El build-up era perfecto, como la película pero mil veces mejor. Cada roce de su lengua era una pasión real, no simbólica. Me volteó boca abajo, su cuerpo cubriéndome entero, el peso delicioso oprimiendo mis tetas contra el colchón. Su verga rozó mi entrada, resbalosa de jugos, y empujó despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo, un ardor placentero que me hizo llorar de gusto. Empezó a bombear, lento al principio, el slap-slap de piel contra piel sincronizado con nuestros jadeos. Olía a sexo puro, sudor goteando de su pecho al mío, su aliento en mi oreja susurrando guarradas.

—Te sientes tan chingona adentro, tan apretadita para mí —gruñía, acelerando el ritmo.

Mis paredes lo apretaban, el placer subiendo como lava por mi espina. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una reina, mis tetas botando con cada rebote, sus manos amasándome el culo. El sudor nos unía, resbaloso y caliente. Lo miré a los ojos, esos pozos negros de lujuria, y sentí la tensión romperse. Mi orgasmo llegó como un latigazo divino, ondas de placer convulsionándome, gritando su nombre mientras me venía en chorros calientes sobre su verga.

Neta, esta es la pasión verdadera, no la de la pantalla.

Él no tardó, sus embestidas volviéndose salvajes, gruñendo como bestia. Se corrió dentro, chorros calientes pintando mis paredes, su cuerpo temblando contra el mío. Colapsamos juntos, el aire pesado con olor a semen y satisfacción. Sus dedos trazaban círculos perezosos en mi espalda, mi cabeza en su pecho escuchando su corazón galopante calmarse.

Después, acostados enredados, con la luna colándose por la ventana, hablamos bajito. De cómo la noche nos había unido, de repetir la dosis. Me besó la frente, suave ahora, y yo supe que esta pasión no era de una vez. Al día siguiente, recordaría la búsqueda de la pasión de cristo donde ver, pero preferiría esta versión en carne viva, eterna y ardiente.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.