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El Latigo de la Pasion de Cristo

6587 palabras

El Latigo de la Pasion de Cristo

El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles empedradas de la Ciudad de México, tiñendo de oro las fachadas coloniales del Centro Histórico. Yo, Sofía, caminaba con mi rebozo ligero sobre los hombros, sintiendo el calor pegajoso en la piel mientras me dirigía a la Basílica de Guadalupe. No era Viernes Santo, pero había una exposición temporal sobre la Pasión de Cristo que no me quería perder. Como diseñadora gráfica, me atraían las imágenes devocionales, pero últimamente, mis pensamientos se desviaban a rincones prohibidos, carnales.

Entré al recinto y el aroma a incienso viejo me envolvió, mezclado con el murmullo de rezos y el eco de pasos en el mármol. Ahí estaba: una réplica perfecta del látigo de la pasión de Cristo, colgado en una vitrina de vidrio. Las tiras de cuero trenzado, con nudos al final, evocaban el sufrimiento divino, pero en mi mente retorcida, despertaban algo más primitivo. Imaginé esas correas rozando piel desnuda, no para castigar, sino para encender. Mi pulso se aceleró, un calor traicionero se instaló entre mis muslos.

¿Qué me pasa, Virgen santa? Esto es pecado, pero qué rico se siente el deseo.

De pronto, una voz grave me sacó de mi trance. "¿Te impresiona, verdad? Lo hice yo." Me volteé y ahí estaba él: Mateo, alto, moreno, con ojos negros como obsidiana y una sonrisa pícara que prometía travesuras. Llevaba una camisa de lino abierta en el pecho, dejando ver músculos labrados por horas en el taller. Era el escultor, me dijo, y ese látigo era parte de su obra para la expo. Hablamos un rato, su acento chilango puro me erizaba la piel. "Órale, Sofía, si quieres, te llevo a mi taller. Ahí tengo el original, el que uso para... inspirarme." Su mirada se clavó en la mía, cargada de promesas. Dije que sí, neta, sin pensarlo dos veces.

El trayecto en su camioneta vieja fue un preludio. El viento entraba por la ventana, revolviendo mi pelo, mientras su mano rozaba mi rodilla "por accidente". Sentí el cosquilleo subir por mi pierna, el cuero del asiento pegándose a mis jeans. Llegamos a su taller en la Roma, un espacio luminoso con techos altos, olor a madera y pintura fresca. Botellas de mezcal en una mesa, esculturas eróticas semiocultas: cuerpos entrelazados en éxtasis. Me sirvió un trago, el líquido ahumado quemó mi garganta, soltando mis inhibiciones.

"¿Sabes por qué me obsesiona el látigo de la pasión de Cristo?", preguntó, acercándose tanto que olía su colonia con notas de sándalo y sudor masculino. "No es solo dolor. Es entrega total, pasión que trasciende lo humano." Sacó el látigo del cajón, idéntico al de la expo pero más vivido, con marcas de uso. Lo sostuve, el cuero cálido en mis palmas, áspero pero sedoso. Mi corazón latía como tambor en Quincena.

Esto es loco, Sofía. Pero imagínatelo en tu espalda, suave al principio, marcando placer.
Le confesé mis fantasías, roja como tomate. Él sonrió, "Wey, si quieres probar, todo con tu consentimiento. Palabra de seguridad: 'Jesús'. ¿Listos?" Asentí, empoderada, dueña de mi deseo.

La luz del atardecer filtraba por las ventanas, pintando su piel de cobre. Me quitó la blusa despacio, sus dedos trazando mi clavícula, bajando al encaje de mi brasier. Besó mi cuello, mordisqueando suave, mientras yo jadeaba, el aire cargado de nuestro aliento. "Eres preciosa, chula. Déjame adorarte como a una diosa." Me recargó contra una mesa de madera pulida, fresca contra mi espalda desnuda. El látigo rozó mi hombro primero, un susurro de cuero que erizó mi vello. No dolía; era una caricia prohibida, vibrante.

La tensión crecía con cada pasada. Él se arrodilló, besando mi ombligo, lamiendo el salado de mi piel. Olía a jazmín de mi perfume mezclado con mi arousal, ese musk dulce que traiciona al cuerpo. "Dime si paras o sigues, mi reina." "Sigue, cabrón, no pares." El látigo bajó por mi vientre, las tiras besando mis pechos libres ahora, endureciendo mis pezones al roce. Gemí, un sonido gutural que rebotó en las paredes. Mi mente giraba: culpa religiosa chocando con éxtasis pagano.

Esto es mi propia pasión, mi Cristo personal que me flagela con placer.

Mateo se levantó, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante de necesidad. La tomé en mi mano, sintiendo el calor satinado, el pulso acelerado bajo mi pulgar. Él gruñó, "Qué chingona eres, Sofía." Me volteó con gentileza, mi culo al aire, expuesto y ansioso. El primer golpe del látigo fue ligero, un chasquido que ardía dulce en mis nalgas. ¡Ay, Dios! El calor se extendió como fuego líquido, humedeciéndome más. Otro, y otro, cada uno medido, consensual, building la intensidad. Mi piel enrojecía, sensible, cada nervio despierto.

Dejando el látigo, me penetró de rodillas primero, su lengua explorando mi coño empapado. Saboreó mis jugos con deleite, chupando mi clítoris hinchado, metiendo dedos que curvaba justo ahí, el punto G que me hacía arquear. "Sabes a miel de maguey, neta." Grité su nombre, las piernas temblando, el taller girando. Luego, de pie, me embistió por detrás, su polla llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. El slap de piel contra piel, sudor goteando, olores de sexo crudo: sal, cuero, mezcal. Sus manos en mis caderas, marcándome con fuerza amorosa.

Nos movimos al colchón en el piso, rodeados de sus esculturas testigos. Yo encima ahora, cabalgándolo, mis tetas rebotando, su mirada devorándome. El látigo olvidado pero presente en mi mente, símbolo de nuestra entrega. "Córrete conmigo, amor. Déjate ir." La presión creció, espiral ascendente: contracciones en mi vientre, su verga hinchándose dentro. Exploto primero, olas de placer rompiéndome, chillando como loca, uñas en su pecho. Él siguió, gruñendo, llenándome con chorros calientes que desbordaron.

Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono. El aire olía a nosotros, a pasión consumada. Me acurruqué en su pecho, escuchando su respiración calmarse. "¿Ves? El látigo de la pasión de Cristo no es solo sufrimiento. Es redención en el placer." Reí bajito, besando su hombro marcado por mis uñas.

Ya no hay culpa, solo libertad. Esto es mi fe nueva, carnal y verdadera.
Afuera, la ciudad bullía, pero en ese taller, habíamos creado nuestro propio paraíso. Y supe que volvería, por más latigazos de éxtasis.

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