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Abismo de Pasion Capitulo 111

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Abismo de Pasion Capitulo 111

La noche en Polanco estaba viva, con ese rumble constante de la ciudad que te envuelve como un abrazo caliente. Las luces de los restaurantes brillaban como estrellas caídas, y el aire traía olor a tacos al pastor y mezcal ahumado. Yo, Ana, caminaba por la Avenida Masaryk con el corazón latiéndome a mil, sintiendo el roce de mi vestido negro ajustado contra la piel. Hacía meses que no veía a Marco, mi pendejo favorito, el que me hacía temblar con solo una mirada. Neta, pensé, esta noche va a ser épica, como si estuviéramos en el abismo de pasion capitulo 111 de esa telenovela que veíamos de morros, pero en versión real y sin censura.

Lo encontré en el bar del hotel, sentado en la terraza con una chela en la mano. Su camisa blanca desabotonada dejaba ver el vello oscuro de su pecho, y esos ojos cafés que me comían viva. “Órale, morra, ¿ya llegaste a tentarme?”, me dijo con esa sonrisa pícara, levantándose para darme un beso que duró más de lo decente. Sentí su aliento a tequila y menta, y el calor de su mano en mi cintura. “Wey, me tienes loca desde que me mandaste el mensaje”, le respondí, mordiéndome el labio mientras nos sentábamos. Hablamos de todo y nada: del pinche tráfico, de su expo de arte en Roma, de cómo extrañaba mi risa. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como una tormenta. Sus dedos rozaban mi muslo por debajo de la mesa, y yo sentía el pulso acelerado entre las piernas.

¿Y si esta vez no nos detenemos? Neta, quiero que me devore entera, que me haga olvidar el mundo.

Pedimos otra ronda, pero el deseo ya nos tenía sudando. “Vamos arriba”, murmuró él, su voz ronca como grava. Asentí, y en el elevador, no aguantamos. Sus labios aplastaron los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a pasión y urgencia. Mis manos se enredaron en su pelo, tirando suave mientras gemía bajito. El ding del elevador nos separó, pero sus ojos prometían más. Su suite era un sueño: cama king size con sábanas de algodón egipcio, vista al skyline de la CDMX, y un balcón con jacuzzi. Olía a su colonia, madera y hombre.

Acto uno cerrado, pensé, mientras él cerraba la puerta. Ahora viene lo bueno. Marco me empujó contra la pared, besándome el cuello, lamiendo esa zona sensible detrás de la oreja que me hace derretir. “Estás cañón, Ana, tu piel sabe a miel”, gruñó, sus manos subiendo por mis caderas, apretando mi culo con fuerza. Yo arqueé la espalda, sintiendo sus dedos hundiéndose en la carne, el vestido subiéndose solo. “Quítamelo todo, cabrón”, le pedí, jadeando. Él obedeció, bajando la cremallera despacio, dejando que el vestido cayera como una cascada. Quedé en tanga negra y bra de encaje, pezones duros como piedras rozando el aire fresco.

Me cargó a la cama como si no pesara nada, su fuerza me ponía más caliente. Se quitó la camisa, revelando abdominales marcados y ese tatuaje de águila en el pecho que tanto me gustaba lamer. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento. El olor de mi propia excitación llenaba el cuarto, dulce y almizclado. “Mira cómo estás de mojada, preciosa”, dijo, pasando un dedo por mi tanga empapada. Gemí fuerte cuando lo apartó y su lengua tocó mi clítoris, suave al principio, luego chupando con hambre. Sentía cada lamida como electricidad, mis caderas moviéndose solas, agarrando las sábanas. “Sí, así, no pares”, supliqué, el sonido de mi voz ronca y desesperada.

Esto es el abismo, neta. Cada roce me hunde más profundo, y no quiero salir nunca.

Pero él se detuvo, subiendo para besarme, haciéndome probar mi sabor en su boca. “Tu turno, mamacita”, susurró. Le desabroché el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, venosa, palpitando en mi mano. La olí, ese aroma masculino intenso, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada de precum. Él gruñó, echando la cabeza atrás, sus manos en mi pelo guiándome. La chupé profundo, garganta relajada, sintiendo cómo se hinchaba más. “Eres una diosa, Ana”, jadeó, pero yo quería más. Lo empujé a la cama y me subí encima, frotando mi panocha contra su polla, lubricándola con mis jugos.

La tensión subía como fiebre. Rozábamos, pero no entraba aún. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, enviando chispas directo a mi centro. “Métemela ya, Marco, no aguanto”, rogué, pero él sonrió malvado. “Paciencia, morra, vamos a disfrutarlo”. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, lamiendo la curva de mi espinazo hasta llegar a mis nalgas. Separó mis cachetes y su lengua exploró mi ano, un toque prohibido que me hizo gritar de placer. “¡Qué rico!”, exclamé, empapando las sábanas. Luego, dedos en mi concha, dos, tres, curvándose en mi punto G, mientras su boca volvía a mi clítoris. El orgasmo me pegó como tsunami, cuerpo convulsionando, visión borrosa, gusto metálico en la boca.

Pero no paró. Me puso de rodillas, verga lista. “Te voy a follar hasta que grites mi nombre”, prometió. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Sentí cada vena, el calor abrasador, llenándome completa. Empezó a bombear, lento al inicio, mis gemidos mezclándose con el slap de piel contra piel. El cuarto olía a sexo puro, sudor y lujuria. Agarré las sábanas, arqueando para que diera más profundo. “Más fuerte, pendejo”, le exigí, y él obedeció, embistiéndome como animal, una mano en mi clítoris frotando rápido.

En este abismo de pasion capitulo 111 de mi vida, él es mi todo. Cada thrust me lleva al borde, al precipicio donde exploto.

Cambié de posición, cabalgándolo ahora, mis tetas rebotando con cada bajada. Sus manos en mis caderas guiaban, ojos clavados en los míos. “Eres mía, Ana”, gruñó, y yo respondí “Y tú mío, cabrón”. El ritmo se aceleró, sudados, jadeantes, el jacuzzi en el balcón llamándonos pero ignorado. Sentí su verga hincharse, mi concha apretándolo. “Voy a venirme”, avisó, y yo “Adentro, lléname”. El clímax nos golpeó juntos, yo gritando su nombre, él rugiendo el mío, chorros calientes inundándome mientras mi cuerpo temblaba en olas interminables.

Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso. Me besó la frente, suave ahora. “Te extrañé tanto, morra”, murmuró, acariciando mi pelo. Yo sonreí, sintiendo el afterglow como una manta tibia. “Yo más, wey. Esto fue mejor que cualquier capítulo”. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero nosotros flotábamos en nuestra burbuja. Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos explorando perezosas. En la cama, platicamos hasta el amanecer, planeando más noches así. El abismo nos había tragado, pero salimos más unidos, con el sabor de la pasión en la piel.

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