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Fuego Prohibido en el Vestuario de la Pasión de Cristo

6782 palabras

Fuego Prohibido en el Vestuario de la Pasión de Cristo

El aire en el vestuario de la Pasión de Cristo estaba cargado de ese olor a tela vieja y incienso quemado que siempre flotaba durante los ensayos de Semana Santa en el teatro comunitario de Guadalajara. Yo, Ana, la costurera que arreglaba todos los trajes, me movía entre las perchas repletas de túnicas raídas, coronas de espinas falsas y velos polvorientos. Era jueves santo por la tarde, y el resto del elenco ya se había largado a misa o a comer capirotada en casa. Solo quedábamos Marco y yo, él el galán que interpretaba a Jesús, con ese cuerpo atlético que hacía que las mujeres del barrio cuchichearan cada vez que lo veían sudar en el escenario.

Entró al vestuario quitándose la camisa empapada, su piel bronceada brillando bajo la luz amarillenta del foco colgante. Neta, qué pendejo soy por quedarme pensando en él, me dije mientras fingía concentrarme en un dobladillo. Pero mis ojos lo traicionaban, recorriendo el surco de sus abdominales, el vello oscuro que bajaba hasta la cintura de su pantalón de mezclilla. "Ana, carnala, ¿me ayudas con esta túnica? Me queda chueca y no quiero que parezca que Jesús anda de payaso", dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel.

Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor en procesión. Tomé la tela áspera, de lino barato que imitaba la de hace dos mil años, y la ajusté sobre su torso desnudo. Mis dedos rozaron su pecho, cálido y firme, y sentí un chispazo que me subió por el brazo hasta el ombligo. Olía a sudor fresco mezclado con el jabón de sándalo que usaba, un aroma que me hacía agua la boca. "Aquí está el problema, wey, la costura se soltó", murmuré, mi aliento cerca de su cuello. Él se quedó quieto, mirándome con esos ojos cafés intensos, como si leyera mis pensamientos pecaminosos.

La tensión creció despacio, como la niebla que sube en el lago de Chapala. Nuestras miradas se engancharon mientras yo hincaba la aguja, y de pronto su mano cubrió la mía. "Gracias, Ana. Neta, sin ti este montaje sería un desmadre". Su pulgar acarició mi dorso, suave como pluma de cuervo. Sentí el pulso acelerado en mis venas, el calor subiendo por mis muslos.

¿Qué chingados estoy haciendo? Esto es el vestuario de la Pasión de Cristo, no un antro de Guadalajara
, pensé, pero mi cuerpo no obedecía. Me incliné más, mis pechos rozando su abdomen, y él soltó un gemido bajo que vibró en el aire quieto.

El medio acto se desenvolvió como un ensayo improvisado de deseo. Marco giró mi rostro hacia el suyo, sus labios rozando los míos en una pregunta muda. "¿Quieres que pare?", susurró, su aliento dulce como tequila reposado. "No, pendejo, no pares", respondí, y nos besamos con hambre acumulada de semanas viéndonos en secreto. Sus manos bajaron por mi espalda, desabrochando el botón de mi blusa floreada, mientras yo tiraba de su cinturón. La túnica cayó al suelo con un susurro seco, y quedamos piel contra piel, sus músculos duros contra mis curvas suaves.

Me levantó sobre la mesa de costura, rodeada de madejas de hilo y patrones de cruces. El madera fría contrastaba con el fuego de su boca en mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula. "Qué rica hueles, Ana, como jazmín y mujer en celo", gruñó, mordisqueando mi oreja. Yo arqueé la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros mientras él bajaba por mi vientre, besando cada centímetro. El sonido de mi respiración jadeante rebotaba en las paredes forradas de espejos, multiplicando nuestra imagen pecadora. Esto es pecado mortal, pero qué rico pecado, me repetía en la cabeza, justificando el calor que me inundaba la entrepierna.

Sus dedos expertas desabrocharon mi bra, liberando mis tetas que él atrapó con avidez, chupando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras de obsidiana. Gemí fuerte, "¡Ay, Marco, no mames, qué sabroso!", y él rio bajito, bajando más. Deslizó mi falda y tanga, exponiendo mi concha húmeda y palpitante al aire del vestuario. El olor a excitación nuestra llenaba el espacio, almizclado y embriagador, como el copal en misa pero mil veces más vivo. Sus labios tocaron mi clítoris, lengua danzando en círculos lentos que me hicieron retorcer. Sentía cada lamida como rayos, el roce áspero de su barba en mis muslos internos, el pulso de mi sangre rugiendo en oídos.

Pero no quería solo recibir. Lo empujé contra una pila de trajes apilados, oliendo a naftalina y misterio. Me arrodillé, desabroché su bragueta y saqué su verga gruesa, venosa, ya tiesa como la cruz del escenario. La tomé en la boca, saboreando el precum salado, chupando con ganas mientras él enredaba sus dedos en mi pelo. "¡Carajo, Ana, eres una diosa disfrazada de costurera!", jadeó, sus caderas moviéndose al ritmo de mi lengua. Lo miré desde abajo, sus ojos vidriosos de placer, y sentí poder, empoderamiento en cada succionada profunda.

La intensidad subió como el clímax de la obra, cuando Judas traiciona. Me puso de pie, me volteó contra el espejo y entró en mí de un solo empujón firme, consensual, perfecto. "Sí, así, cabrón, dame todo", supliqué, mis manos contra el vidrio frío viendo cómo nos fusionábamos. Su verga me llenaba, estirándome deliciosamente, cada embestida chocando con sonidos húmedos y carne contra carne. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, sus bolas golpeando mi culo en redoble frenético. Olía a sexo puro, a cuerpos en llamas, y el espejo reflejaba mi cara de éxtasis, tetas rebotando, su torso musculoso flexionándose.

Inner struggle: por un segundo dudé, recordando las letanías de mi abuela, pero el placer lo borró todo. "Te quiero dentro, Marco, hazme tuya", gemí, y él aceleró, una mano en mi clítoris frotando en espirales. El orgasmo me golpeó como saeta, ondas de placer convulsionándome, mi concha apretándolo en espasmos. Él gruñó, "¡Me vengo, Ana!", y se derramó caliente dentro de mí, pulsos que sentía en las paredes de mi ser. Nos quedamos pegados, respirando agitados, el vestuario ahora un santuario de nuestro fuego prohibido.

En el final, el afterglow nos envolvió suave como sábana de lino. Marco me besó la frente, limpiándome con ternura un mechón pegado por sudor. "Neta, eso fue mejor que cualquier pasión de Cristo", bromeó, y yo reí, acurrucada en su pecho. Nos vestimos despacio, ajustando túnicas que ahora guardaban nuestro secreto. Salimos del vestuario tomados de la mano, el aire nocturno de Guadalajara fresco en la piel aún ardiente. La Pasión no solo se representa en el escenario, pensé, con una sonrisa traviesa. Mañana ensayaríamos la crucifixión, pero hoy habíamos resucitado en éxtasis mutuo, empoderados y libres en nuestro propio paraíso carnal.

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