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Desflorando La Rosa de Pasion Gustavo Adolfo Becquer

5802 palabras

Desflorando La Rosa de Pasion Gustavo Adolfo Becquer

Tú caminas por el mercado de libros usados en el centro de la Ciudad de México, el aire cargado con el olor a papel viejo y café de olla recién hecho. Tus dedos rozan las cubiertas polvorientas hasta que das con él: un volumen amarillento de rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Bécquer. Lo abres al azar y tus ojos se clavan en un poema titulado La rosa de pasión Gustavo Adolfo Bécquer. Las palabras te erizan la piel: "En su tallo de fuego, la rosa se abre, pétalos de deseo que sangran éxtasis". Neta, sientes un cosquilleo entre las piernas, como si el poeta mismo te susurrara al oído.

Regresas a tu depa en la Condesa, el sol de la tarde filtrándose por las cortinas de lino. Te echas en la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que huelen a lavanda fresca. El poema te tiene loca; lo lees en voz alta, tu voz ronca repitiendo "la rosa de pasión". Imaginas pétalos rojos abriéndose bajo tus caricias, y tu mano baja sola por tu blusa de encaje, rozando el pezón que se endurece al instante. ¿Qué wey, esto es puro fuego romántico?, piensas. Me late llamar a Marco.

Marco, tu carnal del alma desde hace dos años, ese morro alto y moreno con ojos que te desnudan con una mirada. Le mandas un whatsapp: "Ven ya, encontré algo chingón de Bécquer que te va a poner como stallone". Él responde en segundos: "Neta? Ya voy, mi reina". Mientras esperas, el aroma de tu propia excitación sube, dulce y almizclado, mezclándose con el incienso de copal que prendiste. Tus dedos juguetean con el borde de tu falda plisada, pero te aguantas; quieres que él sea quien desflore esa rosa.

La puerta suena y ahí está Marco, con su playera ajustada marcando los músculos del pecho, jeans que abrazan sus caderas fuertes. Te jala contra él, su boca capturando la tuya en un beso que sabe a chicle de tamarindo y cerveza artesanal. "Muéstrame eso, preciosa", murmura contra tus labios, su aliento caliente rozándote la oreja.

—Lee conmigo la rosa de pasión Gustavo Adolfo Bécquer —dices, guiándolo a la cama.

Se acomodan, tú recargada en su pecho ancho, el latido de su corazón retumbando como tambores aztecas. Él toma el libro, su voz grave recitando: "Pétalos que tiemblan al roce del viento, abriéndose en secreto a la llama del amante". Cada palabra es un roce; sientes su mano grande deslizándose por tu muslo, subiendo lento, el calor de su palma quemándote la piel. El poema termina y el silencio vibra, cargado de promesas.

"Esto es poesía pura, wey", susurras, girando para mirarlo. Tus ojos se encuentran, y ahí está la tensión: ese deseo que ha estado creciendo desde que lo viste llegar. Él te besa el cuello, dientes rozando suave, enviando chispas por tu espina. Qué rico, piensa tu mente nublada, su lengua sabe a gloria. Tus manos exploran su espalda, uñas clavándose leve en la tela, queriendo más piel.

La ropa cae como pétalos: tu blusa vuela, revelando senos plenos que él admira con un gemido bajo. "Estás de muerte, mi amor", dice, chupando un pezón mientras su mano libre desabrocha tu falda. El aire fresco besa tu desnudez, contrastando con el fuego de sus labios. Tú jalas su playera, oliendo su sudor limpio, masculino, como tierra mojada después de la lluvia. Sus jeans se van, y ahí está su verga dura, palpitante, rozándote el vientre. La tocas, suave al principio, sintiendo las venas como raíces de esa rosa de pasión.

Se tumba y tú te subes encima, cabalgando el borde de la cordura. Tus caderas giran lento, frotándote contra él, el clítoris hinchado enviando ondas de placer. "Más despacio, déjame saborearte", ruega él, manos en tus nalgas, amasándolas con fuerza juguetona. El sonido de piel contra piel empieza suave, como olas en Xochimilco. Introduces la punta, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud. Neta, esto es el paraíso, piensas, su grosor estirándome justo como quiero.

El ritmo sube, tus pechos rebotando con cada embestida. Sudor perla sus abdominales, y tú lo lames, salado y adictivo. Él se incorpora, chupándote mientras te mueve arriba-abajo, su lengua danzando en tu boca como en el poema. "Eres mi rosa, abriéndote para mí", gruñe, y eso te prende más. Cambian: él arriba ahora, piernas enredadas, penetrando profundo con thrusts controlados que tocan ese punto dulce. El olor a sexo llena la habitación, almizcle y jazmín, gemidos mezclándose con el tráfico lejano de la avenida.

La tensión crece como tormenta en el Popo: tus uñas en su espalda, su aliento jadeante en tu oreja.

—Dame todo, Marco, hazme explotar —suplicas, voz entrecortada.
Él acelera, caderas chocando con un slap rítmico, tu panocha apretándolo como vice. El clímax te golpea primero, olas de éxtasis desde el centro, gritando su nombre mientras tiemblas, jugos calientes empapando las sábanas. Él sigue, unos thrusts más, y se corre dentro, caliente y abundante, rugiendo como león.

Caen juntos, enredados, pulsos latiendo al unísono. El afterglow es paz: su mano acariciando tu cabello húmedo, besos suaves en la frente. "Ese poema fue el detonador perfecto", murmura él, riendo bajito. Tú sonríes, oliendo su piel pegada a la tuya, el libro olvidado a un lado.

La rosa de pasión Gustavo Adolfo Bécquer yace abierto en la mesita, pétalos metafóricos aún vibrando en tu memoria. Fuera, la noche mexicana envuelve el depa con luces de neón y mariachi lejano. Te acurrucas más, sabiendo que esto no es fin, sino promesa de más desfloreces poéticas. Marco te aprieta, y en ese abrazo, sientes el alma en calma, el cuerpo saciado, lista para el próximo verso de pasión.

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