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Pasiones Ardientes del Elenco de Pasion de Gavilanes en la Actualidad

7457 palabras

Pasiones Ardientes del Elenco de Pasion de Gavilanes en la Actualidad

Sofía Reyes caminaba por el lobby del hotel en Polanco, con el corazón latiéndole a mil por hora. Era la reunión del elenco de Pasión de Gavilanes en la actualidad, esa telenovela que había marcado sus vidas hace años y que ahora revivía con un reboot que los tenía a todos de vuelta en el candelero. Vestida con un vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas, sentía el aire acondicionado rozándole la piel como una caricia prometedora. El aroma a jazmín de su perfume se mezclaba con el bullicio de risas y copas chocando en el salón principal.

¿Cuántos años han pasado? Diez, quince... y aquí estamos, como si el tiempo no hubiera tocado nuestra química, pensó mientras escaneaba la multitud. Ahí estaba Diego Salazar, el galán que interpretaba a Juan Reyes en la versión actualizada. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos negros que prometían pecados. Llevaba una camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro en su pecho, y unos pantalones que marcaban sus muslos firmes. Sus miradas se cruzaron, y Sofía sintió un cosquilleo en el vientre, como si su cuerpo recordara las escenas calientes que habían grabado juntos.

Mamacita, qué buena estás —le dijo él al acercarse, con esa voz grave que erizaba la piel—. ¿Ya te olvidaste de Gavilanes o qué?

Pendejo, cómo se me va a olvidar —rió ella, dándole un empujoncito juguetón en el pecho. Su mano se demoró un segundo de más, sintiendo el calor de su piel bajo la tela—. Ven, vamos por un trago. Neta que necesito algo fuerte pa' aguantarte.

Se dirigieron a la barra, donde el hielo tintineaba en los vasos y el tequila olía a tierra y fuego. Charlaron de los viejos tiempos, de los besos falsos que se sentían tan reales en cámara, de cómo el elenco de Pasión de Gavilanes en la actualidad había madurado pero seguía con esa hambre de pasión. Diego la rozaba con el brazo al gesticular, y cada contacto enviaba chispas por su espina dorsal. Sofía notaba cómo sus pezones se endurecían contra el encaje de su brasier, traicioneros.

Este wey me pone como nunca. Su olor, a colonia cara y hombre sudado, me hace mojarme nomás de olerlo. ¿Y si esta noche no hay cámaras? ¿Y si es de verdad?

La música ranchera fusionada con reggaetón empezó a sonar, y Diego la jaló a la pista. Bailaban pegados, sus caderas chocando en un ritmo que imitaba el sexo lento. Ella sentía su verga endureciéndose contra su vientre, dura y caliente a través de la tela. El sudor perlaba su frente, y el sabor salado que dejó un beso fugaz en su cuello la hizo gemir bajito.

—Vamos a algún lado más privado, Sofi —murmuró él en su oreja, su aliento cálido oliendo a tequila y deseo—. No aguanto más verte moverte así.

—Sí, cabrón, llévame —respondió ella, con la voz ronca, tomándolo de la mano. Subieron al elevador, solos por milagro. Apenas se cerraron las puertas, se devoraron. Sus bocas se unieron en un beso hambriento, lenguas enredándose con sabor a alcohol y urgencia. Las manos de Diego bajaron por su espalda, apretando sus nalgas firmes, mientras ella le clavaba las uñas en los hombros.

El ding del elevador los separó, jadeantes. Corrieron por el pasillo hasta la suite de Diego, riendo como chavos traviesos. Dentro, la habitación olía a sábanas frescas y al leve aroma de su loción. Él la empujó contra la puerta, besándola con fiereza mientras sus dedos desabrochaban el vestido. El rojo cayó al suelo como una promesa rota, dejando a Sofía en lencería negra que apenas contenía sus tetas grandes y redondas.

Qué chingón verte así, reina —gruñó Diego, lamiendo su cuello, bajando hasta morderle un pezón a través del encaje. Ella arqueó la espalda, sintiendo el pinchazo placentero que se convertía en placer líquido entre sus piernas.

Acto dos: la tensión subía como la marea. Sofía lo empujó hacia la cama king size, quitándole la camisa con impaciencia. Su torso era un mapa de músculos duros, con cicatrices leves de antiguas aventuras. Lo besó ahí, saboreando el sudor salado, bajando por su abdomen hasta desabrocharle el cinturón. La hebilla tintineó al caer, y ella liberó su verga gruesa, venosa, palpitante. ¡Madre mía, qué pedazo de tranca!

Quiero chupártela hasta que ruegues, Diego. Sentir cómo late en mi boca, cómo te hace perder el control.

Se arrodilló, mirándolo a los ojos con picardía mexicana. Lamio la punta, probando el sabor almizclado de su pre-semen, luego lo engulló centímetro a centímetro, succionando con maestría. Diego gemía, enredando los dedos en su cabello negro largo, empujando suave pero firme. —¡Qué rica mamada, Sofi! Neta eres la mejor.

Ella se levantó, quitándose la tanga empapada. Su concha depilada brillaba de jugos, hinchada y lista. Diego la tumbó en la cama, abriéndole las piernas con reverencia. Besó sus muslos internos, inhalando su aroma dulce y caliente de excitación. Su lengua encontró el clítoris, lamiéndolo en círculos lentos, chupando hasta que ella se retorcía, clavando las uñas en las sábanas.

¡Ay, papacito, no pares! Me vas a hacer venir ya —suplicó, las caderas elevándose. Él metió dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar. El sonido de sus jugos chapoteando llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos roncos.

Pero no la dejó correrse aún. Se posicionó entre sus piernas, frotando su verga contra su entrada resbaladiza. —Dime que la quieres, mija.

¡Cógeme ya, cabrón! Te necesito adentro.

Empujó despacio, llenándola por completo. Ella sintió cada vena rozando sus paredes, el estiramiento delicioso. Empezaron un ritmo lento, profundo, mirándose a los ojos. Sus pechos rebotaban con cada embestida, y Diego los amasaba, pellizcando pezones que dolían de placer.

La intensidad creció. Él la volteó a cuatro patas, admirando su culo redondo. Golpeó suave al entrar, el sonido de carne contra carne resonando. Sofía empujaba hacia atrás, queriendo más, más profundo. El sudor chorreaba por sus espaldas, mezclándose en el choque de sus cuerpos. Olía a sexo puro, a testosterona y estrógeno en ebullición.

Esto es mejor que cualquier toma. Su verga me parte en dos, pero qué rico duele. Voy a explotar.

Vente conmigo, Diego. Lléname —rogó ella, temblando.

Él aceleró, gruñendo como animal, hasta que el orgasmo los golpeó. Sofía gritó, su concha contrayéndose en espasmos que ordeñaban su leche caliente. Diego se derramó dentro, pulsos y pulsos, colapsando sobre ella.

Acto tres: el afterglow los envolvió como niebla tibia. Yacían enredados, piel pegajosa contra piel, respiraciones calmándose. Diego besó su hombro, suave ahora. —Qué chido fue esto, Sofi. Como en los viejos tiempos, pero mejor.

—Sí, wey. El elenco de Pasión de Gavilanes en la actualidad sabe pasarla bien —rió ella, acurrucándose en su pecho. Sintieron los latidos acompasados, el aroma persistente de su unión. Fuera, la ciudad zumbaba, pero ahí, en esa cama, solo existían ellos y la promesa de más noches así.

Se durmieron así, satisfechos, con el eco de sus gemidos en el aire quieto.

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