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La Pasion Colonial Hotel Boutique Enciende Mi Fuego

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La Pasion Colonial Hotel Boutique Enciende Mi Fuego

El sol de la tarde caía a plomo sobre las calles empedradas de Puebla cuando llegué a La Pasion Colonial Hotel Boutique. Ese nombre ya me había intrigado desde que lo vi en la reservación de mi celular. Un hotelito boutique escondido en el corazón del centro histórico con fachadas coloniales de cantera rosada y balcones de hierro forjado que prometían secretos. Bajé del taxi con mi maleta rodante chirriando contra las piedras y el aire cargado de olor a mole y claveles frescos me invadió las fosas nasales. El portero, un tipo moreno de sonrisa pícara, me ayudó con la maleta mientras sus ojos recorrían mi escote sin disimulo. "¡Bienvenida, señorita! Aquí en La Pasion Colonial Hotel Boutique, la pasion es nuestra especialidad", dijo con ese acento poblano que suena como miel derramada.

Mi habitación era un sueño: cama king con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda y jazmín, paredes pintadas de un rojo pasión que absorbían la luz del atardecer, y un balcón que daba a un patio interior con fuente borboteante. Me quité los zapatos y sentí el fresco del azulejo bajo mis pies descalzos, un contraste delicioso con el calor pegajoso de mi piel. Me duché larga y tendida, el agua caliente resbalando por mis curvas como caricias prohibidas, imaginando manos fuertes en lugar de jabón.

¿Qué carajos hago aquí sola? Vine a desconectar del pinche ex que me dejó hecha mierda, pero este lugar grita por una aventura
, pensé mientras me secaba el cabello con una toalla mullida.

Al bajar al bar del lobby, con un vestido negro ceñido que marcaba mis caderas y un escote que dejaba poco a la imaginación, lo vi. Se llamaba Diego, el barman, un wey de unos treinta tacos, alto y atlético, con piel bronceada por el sol mexicano y ojos negros que brillaban como obsidiana. Llevaba una camisa blanca arremangada que dejaba ver unos antebrazos musculosos tatuados con motivos prehispánicos. "¿Qué le sirvo, preciosa? ¿Un mezcal para encender la pasion?", preguntó mientras preparaba mi trago, sus dedos ágiles moviéndose con precisión erótica sobre la botella. El aroma ahumado del mezcal se mezcló con su colonia, un toque de sándalo y masculinidad pura que me erizó la piel.

Charlamos un rato, riendo de tonterías. Él era de la zona, conocía cada rincón de Puebla, y yo le conté de mi viaje impulsivo. "Este hotel tiene historia, ¿sabes? Dicen que en la época colonial, las damas venían aquí a citas secretas con sus amantes", me susurró, inclinándose sobre la barra de madera tallada. Su aliento cálido rozó mi oreja, y sentí un cosquilleo eléctrico bajando por mi espina dorsal hasta mi entrepierna. Pedí otro mezcal, y con cada sorbo, el fuego en mi vientre crecía. Neta, este pendejo es un chulo de campeonato, me dije, mordiéndome el labio mientras lo veía lamer una gota de licor de su dedo.

La noche avanzaba con el sonido de mariachis lejanos filtrándose por las ventanas abiertas. El patio del hotel estaba iluminado por faroles de aceite que parpadeaban como ojos lujuriosos. Diego terminó su turno y me invitó a un tour privado por los pasillos coloniales. "Vamos, déjame mostrarte los rincones donde la pasion se desata de verdad", dijo tomándome de la mano. Su palma era áspera y cálida, callos de quien trabaja con las manos, y el roce envió chispas directas a mi clítoris. Subimos escaleras chirriantes, el eco de nuestros pasos mezclándose con mi corazón latiendo como tambor tlaxcalteca.

En una salita abandonada en el tercer piso, con muebles de caoba cubiertos de polvo romántico y velas improvisadas que él encendió, la tensión explotó. Me acorraló contra la pared, su cuerpo duro presionando el mío. "Desde que entraste, te quiero probar, mamacita", gruñó con voz ronca, y yo respondí arqueándome contra él, mis pezones endurecidos rozando su pecho. Nuestros labios se encontraron en un beso salvaje, lenguas danzando como en una rumba prohibida, sabor a mezcal y deseo puro. Sus manos expertas bajaron la cremallera de mi vestido, exponiendo mis tetas al aire fresco de la noche. Las amasó con avidez, pulgares circulando mis pezones hasta que gemí bajito, "¡Ay, cabrón, no pares!".

El olor a nuestra excitación llenaba el cuarto: mi humedad dulce mezclada con su sudor masculino. Lo empujé al sofá viejo, desabrochando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La tomé en mi boca, saboreando la sal de su piel, lamiendo desde la base hasta la punta mientras él enredaba sus dedos en mi cabello. "¡Qué rica chupas, pinche diosa!", jadeó, sus caderas moviéndose al ritmo de mi lengua. Lo llevé al borde, pero me detuvo, volteándome sobre el sofá con gentileza posesiva.

De rodillas, con mi culo en pompa, sentí su aliento caliente en mi panocha empapada. Su lengua se hundió en mí, lamiendo mis labios hinchados, chupando mi clítoris con maestría que me hizo gritar. El sonido de mi propia voz rebotaba en las paredes coloniales, un eco obsceno y delicioso. "Estás chorreando, preciosa, toda para mí", murmuró, metiendo dos dedos gruesos que curvó justo en mi punto G. El placer era cegador, oleadas de calor subiendo por mis muslos, mi piel erizada como si mil plumas me rozaran. Gemí su nombre, arqueando la espalda, el corazón retumbando en mis oídos como un teponaztli.

No aguanté más. Lo jalé hacia mí, guiando su verga a mi entrada resbaladiza. Entró de un solo empujón, llenándome hasta el fondo con un estiramiento perfecto que me arrancó un alarido de puro éxtasis. "¡Sí, chíngame duro, Diego!", le rogué, y él obedeció, embistiéndome con ritmo feroz, sus bolas golpeando mi clítoris con cada estocada. El sofá crujía bajo nosotros, sudor goteando de su pecho al mío, mezclándose en charcos salados que lamí de su piel. Sus manos apretaban mis caderas, dejando marcas rojas que dolían rico, mientras yo clavaba las uñas en sus hombros.

La intensidad crecía como una tormenta de verano: mis paredes internas apretándolo, ordeñándolo, su verga hinchándose más dentro de mí. Cambiamos posiciones, yo encima ahora, cabalgándolo como amazona en yegua salvaje. Mis tetas rebotaban con cada salto, y él las atrapaba en su boca, mordisqueando hasta que vi estrellas. El aroma de sexo impregnaba el aire, espeso y embriagador, con toques de madera vieja y cera de vela.

Esto es lo que necesitaba, neta, soltar todo en este wey que me hace sentir viva
, pensé entre jadeos, mi orgasmo aproximándose como un tren desbocado.

Exploté primero, un clímax que me sacudió entera, contrayéndome alrededor de él en espasmos incontrolables. Grité sin pudor, el placer derramándose por mis muslos en chorros calientes. Diego me siguió segundos después, gruñendo como bestia mientras se vaciaba dentro de mí, pulsos calientes inundando mi interior. Nos quedamos unidos, temblando, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco.

Después, recostados en el sofá deshecho, con la luna filtrándose por las rendijas de las persianas, fumamos un cigarro compartido –el sabor amargo calmando el fuego residual–. Sus dedos trazaban patrones perezosos en mi vientre, y yo apoyaba la cabeza en su pecho, escuchando el latido constante de su corazón. "La Pasion Colonial Hotel Boutique no miente, ¿eh? Aquí la pasion es eterna", susurró él, besando mi frente. Sonreí, sintiendo una paz profunda, el peso del pasado disolviéndose como humo.

Al amanecer, nos escabullimos de vuelta a mi habitación, riendo bajito como niños traviesos. Ese encuentro no fue solo sexo; fue liberación, conexión en un lugar que respira historia y deseo. Me fui de Puebla con el cuerpo marcado por sus besos y el alma llena, sabiendo que La Pasion Colonial Hotel Boutique sería mi rincón secreto para siempre.

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