Pasión de Gavilanes Capítulo 86 Fuego en la Sangre
La noche en la hacienda de los Gavilanes era espesa como miel caliente, con el aire cargado del aroma a jazmín silvestre y tierra húmeda después de la lluvia vespertina. Jimena se recargaba en el balcón de su habitación, el vestido ligero de algodón pegándose a su piel por el bochorno. Sus pechos subían y bajaban con cada respiración profunda, recordando Pasión de Gavilanes capítulo 86, esa escena que había visto en la tele esa tarde, donde los amantes se devoraban con los ojos antes de fundirse en un abrazo prohibido. Neta, eso la había encendido por dentro, como si el deseo de esos personajes saltara de la pantalla directo a su vientre.
De pronto, el relincho de un caballo cortó la quietud. Abajo, en el patio iluminado por la luna llena, Franco desmontaba con esa gracia felina que lo hacía parecer un gavilán cazador. Alto, moreno, con la camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro en su pecho bronceado. Jimena sintió un cosquilleo entre las piernas, el pulso acelerándose como tambor en fiesta. Él es mío esta noche, pensó, mordiéndose el labio inferior.
Franco alzó la vista y sus ojos se encontraron. Una sonrisa pícara se dibujó en su rostro curtido por el sol. "Jimena, mi reina", murmuró lo suficientemente alto para que ella lo oyera, su voz ronca como el viento del desierto. Subió las escaleras de dos en dos, y cuando llegó al balcón, la tomó por la cintura con manos firmes, callosas del trabajo en el rancho. El olor a cuero y sudor masculino la invadió, embriagador, haciendo que sus rodillas flaquearan.
"¿Qué traes, Franco? ¿Vienes a robarme el sueño otra vez?", le dijo ella juguetona, presionando su cuerpo contra el de él. Sentía la dureza de su erección contra su vientre, y un gemido suave escapó de su garganta.
"No vengo a robar, vengo a darte lo que anhelas, chula", respondió él, inclinándose para rozar sus labios con los de ella. El beso empezó suave, como pluma en la piel, pero pronto se volvió voraz. Lenguas danzando, saboreando el tequila que él había bebido antes, mezclado con el dulzor de su saliva. Jimena metió las manos por debajo de la camisa, palpando los músculos tensos de su abdomen, bajando hasta el botón del pantalón.
Esto es mejor que cualquier capítulo de telenovela, neta que sí, pensó ella mientras él la cargaba en brazos hacia la cama.
La habitación estaba iluminada por velas parpadeantes, proyectando sombras danzantes en las paredes de adobe. Franco la depositó sobre las sábanas de lino fresco, y se arrodilló a sus pies para quitarle las sandalias. Besó cada dedo, subiendo por los tobillos, las pantorrillas, deteniéndose en el interior de las rodillas. Jimena arqueó la espalda, el roce de su barba incipiente enviando chispas de placer por su espina dorsal. "¡Ay, Franco, no me tortures!", suplicó, pero su voz era pura miel derretida.
Él rio bajito, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella. "Paciencia, mi amor. Quiero saborearte despacio". Deslizó el vestido hacia arriba, exponiendo sus muslos suaves, la piel erizada por la anticipación. El aroma de su excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, invitándolo. Franco hundió la cara entre sus piernas, inhalando profundo antes de lamer la tela de las bragas. Jimena jadeó, agarrando las sábanas, el calor de su lengua filtrándose a través del algodón húmedo.
Con dedos hábiles, él apartó la prenda y su boca encontró el centro de su placer. La lengua experta rodeó el clítoris hinchado, succionando suavemente, mientras dos dedos se hundían en su interior resbaladizo. "¡Dios, qué rico! ¡Sigue, no pares, wey!", gritó ella, las caderas moviéndose al ritmo de sus embestidas. El sonido húmedo de la chupada llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos ahogados y el crujir de la cama antigua.
Jimena sentía el orgasmo construyéndose como tormenta en el horizonte, cada lamida un relámpago. Pero Franco se detuvo justo antes, subiendo para besarla de nuevo, dejando que probara su propio sabor salado en su boca. "Ahora tú me das gusto", ordenó con voz grave, quitándose la camisa y el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitante de necesidad. Jimena la tomó en la mano, sintiendo el calor y la dureza como hierro forjado, la piel sedosa deslizándose bajo sus dedos.
Se incorporó y lo empujó sobre la cama, montándolo a horcajadas. "Te voy a cabalgar como a tu caballo favorito", le dijo con picardía mexicana, guiando la punta hacia su entrada empapada. Se hundió despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. El estiramiento era exquisito, rozando cada nervio sensible. Empezó a moverse, arriba y abajo, los pechos rebotando libres, el sudor perlando su piel dorada.
Franco gruñó, agarrando sus nalgas firmes, amasándolas mientras ella aceleraba el ritmo. "¡Qué chingona eres, Jimena! ¡Me vuelves loco!", exclamó, incorporándose para morderle un pezón rosado, chupándolo con hambre. Ella sintió las contracciones internas apretándolo más, el placer acumulándose en oleadas. El slap-slap de carne contra carne resonaba, junto con sus respiraciones entrecortadas y el aroma a sexo crudo impregnando todo.
Esto es pasión pura, como en Pasión de Gavilanes capítulo 86, pero real, carnal, nuestro, reflexionó ella en medio del frenesí.
La tensión creció hasta lo insoportable. Jimena clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras su cuerpo se convulsionaba en éxtasis. "¡Me vengo, Franco! ¡Ay, sí!", chilló, las paredes internas ordeñando su verga en espasmos rítmicos. Él la siguió segundos después, rugiendo como animal herido, inundándola con chorros calientes que prolongaron su placer. Se derrumbaron juntos, exhaustos, pegajosos de sudor y fluidos.
En el afterglow, Franco la abrazó por detrás, su mano descansando posesiva en su vientre. El aire se enfriaba, trayendo brisa nocturna que secaba sus cuerpos entrelazados. Jimena giró la cabeza para besarlo suave, saboreando la paz postorgásmica. "Nunca me canso de ti, mi gavilán", susurró, el corazón latiendo en sintonía con el de él.
Él sonrió contra su cuello, inhalando su perfume mezclado con el de ellos. "Y yo de ti, mi reina. Esto es solo el principio de muchas noches así". Afuera, los grillos cantaban, las estrellas testigos mudas de su unión. Jimena cerró los ojos, satisfecha, sabiendo que el deseo renacería con el alba, tan inevitable como el sol sobre la hacienda.