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La Pasión de Cristo en Español (1)

6557 palabras

La Pasión de Cristo en Español

El sol de Guadalajara caía a plomo sobre la plaza, pero el aire estaba cargado de ese olor a elotes asados y chiles rostizados que me hacía salivar. Era Viernes Santo, y la gente se amontonaba para ver la procesión. Yo, Ana, había venido de la ciudad solo para desconectarme, para sentir el pulso de mi tierra mexicana. Llevaba un huipil ligero que se pegaba a mi piel sudada, y mis sandalias crujían contra el empedrado caliente.

Ahí lo vi. Alto, moreno, con una camiseta negra ajustada que marcaba cada músculo de su pecho. Se llamaba Cristo, me dijo después, pero en ese momento solo era el wey que cargaba una cruz de madera en la procesión, sudando como loco, con gotas resbalando por su cuello hasta perderse en el vello de su pecho. Sus ojos, negros como la noche de tequila, se clavaron en los míos mientras pasaba. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si me hubieran dado un trago de mezcal de golpe. Órale, qué chido pinta, pensé.

Después de la procesión, la plaza se llenó de música de mariachi y vendedores de aguas frescas. Me senté en una banca, con las piernas abiertas para que corriera el aire, cuando él se acercó. Olía a sudor limpio, a hombre que ha trabajado bajo el sol, mezclado con un toque de colonia barata pero sexy.

¿Y tú qué, morra? ¿Vienes a ver el desmadre o a buscar pecado?

Su voz era grave, ronca, como un rugido lejano. Reí, sintiendo el calor subir por mis mejillas.

Neta, este pendejo sabe lo que hace. Le contesté con una sonrisa pícara: "Vengo a ver la pasión de Cristo en español, wey. La de verdad, no la de Hollywood". Él se carcajeó, sentándose a mi lado tan cerca que su muslo rozó el mío. Hablamos de todo: de cómo odiaba cargar esa cruz pesada pero le ponía emoción al día, de mis viajes por la costa, de lo chafa que era la vida en la oficina. Cada palabra suya me hacía sentir viva, como si su aliento caliente en mi oreja fuera una promesa.

El sol se puso, y la plaza se iluminó con luces de colores. Pidió unas chelas en una fonda cercana, y nos sentamos en una mesa de plástico, con el ruido de risas y cohetes de fondo. Su mano rozó la mía al pasarme la cerveza fría, y juro que sentí electricidad. ¿Qué chingados me pasa? Nunca soy tan directa. Pero él me miró con esos ojos que prometían tormentas, y le dije: "Sabes, Cristo, tu pasión hoy me prendió fuego".

Acto primero del deseo: la invitación. Me tomó de la mano y me llevó por callejones empedrados, lejos del bullicio. Su palma era callosa, áspera del trabajo, y cada paso hacía que mi corazón latiera más fuerte. Llegamos a su casa, una casita modesta con patio lleno de buganvilias rojas como sangre. El aire olía a jazmín y tierra húmeda después de la lluvia vespertina.

Adentro, la luz tenue de una lámpara de lava pintaba sombras en las paredes. Me sirvió un trago de raicilla, ese licor jalisciense que quema la garganta como un beso prohibido. Nos sentamos en el sofá viejo, y su rodilla presionó contra la mía. Hablamos en susurros, de sueños rotos y antojos carnales. Sentí su aliento en mi cuello, cálido, con sabor a cerveza y menta.

"Ana, desde que te vi, no dejo de imaginarte", murmuró, su voz temblando un poco. Le respondí con un beso, suave al principio, probando sus labios carnosos, salados por el sudor del día. Sus manos subieron por mi espalda, desatando el huipil con dedos torpes pero ansiosos. Mi piel se erizó al aire fresco, y él gimió al ver mis pechos libres, los pezones duros como piedras de obsidiana.

El medio tiempo de la tensión: el roce. Me recostó en el sofá, su cuerpo pesado encima del mío, pero no aplastante, sino protector. Sus besos bajaron por mi cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando suave hasta que jadeé. Olía a su excitación, ese aroma almizclado que me hacía mojarme entre las piernas. Desabroché su pantalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitante contra mi vientre. ¡Madre santa, qué mamalón!

Lo acaricié despacio, sintiendo la piel suave sobre el acero duro, el calor que irradiaba. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi pecho. "Déjame probarte, Cristo", le pedí, y me arrodillé. Su sabor era puro macho: salado, con un toque dulce de pre-semen. Lo chupé lento, lengua girando alrededor del glande, oyendo sus gemidos roncos, sus manos enredadas en mi pelo. "¡Neta, morra, me vas a matar!", exclamó, caderas moviéndose instintivo.

Pero no lo dejé acabar. Lo empujé al sofá y me subí encima, frotando mi panocha húmeda contra su verga. El roce era eléctrico, mis jugos lubricando todo. Sentía cada vena, cada pulso. Él me miró a los ojos: "¿Estás segura, Ana? Quiero que sea chido para ti". Asentí, empoderada, guiando su verga adentro de mí. Lentamente, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Grité de placer, el estiramiento delicioso, el calor envolviéndome.

El clímax se construyó como una tormenta de verano. Cabalgaba fuerte, mis tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros. Él me agarraba las nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en mi ano para más placer. Los sonidos eran obscenos: carne contra carne, chapoteos húmedos, nuestros jadeos mezclados con "¡Ay, sí!", "¡Más duro, pendejo!". El olor a sexo llenaba la habitación, almizcle y sudor, embriagador. Sentía su verga hincharse, golpeando mi punto G, ondas de placer subiendo por mi espina.

Mi orgasmo llegó primero, violento, como un rayo. Me convulsioné, uñas clavadas en su pecho, gritando su nombre: "¡Cristo, chingado!". Él me siguió segundos después, rugiendo, llenándome con chorros calientes que sentía palpitar adentro. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones galopando al unísono.

El final, el resplandor. Nos quedamos así, enredados, su verga suavizándose dentro de mí. Me besó la frente, suave, tierno. "Eso fue la pasión de Cristo en español, Ana. La neta". Reí bajito, trazando círculos en su pecho velludo. El aire se enfrió, trayendo olor a lluvia lejana. Hablamos en murmullos del futuro, de vernos de nuevo, sin promesas vacías pero con esperanza.

Me dormí en sus brazos, soñando con más noches así, con su pasión que me había marcado el alma. Al amanecer, el canto de los gallos nos despertó. Nos despedimos con un beso largo, sabiendo que esto era solo el principio. Salí a la calle soleada, piernas flojas, sonrisa pendeja en la cara. Guadalajara nunca había olido tan bien.

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