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Abismo de Pasion Capitulo 11

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Abismo de Pasion Capitulo 11

Ana sintió el calor pegajoso de la noche en Puerto Vallarta envolviéndola como un amante impaciente. La brisa del Pacífico traía ese olor salado mezclado con jazmín de los jardines de la villa, y el sonido lejano de las olas rompiendo contra la playa le aceleraba el pulso. Hacía semanas que no veía a Marco, ese macho que la volvía loca con solo una mirada. Capítulo 11 de su abismo de pasion, pensó, recordando las noches salvajes que habían compartido antes. Esta vez, él la había invitado a esta villa de ensueño, con piscina infinita y vistas al mar, nada de dramas ni complicaciones, solo ellos dos y el fuego que ardía entre sus piernas.

Entró por la puerta de madera tallada, descalza sobre el piso fresco de mármol. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco que se pegaba a sus curvas por el sudor, sin nada debajo, tal como él le había pedido en el mensaje: "Ven lista pa' mí, mamacita". El corazón le latía fuerte, un tambor en el pecho. ¿Estaría ya esperándola? El aroma de su colonia, ese toque amaderado con vainilla, flotaba en el aire, confirmando que sí. Marco salió de la sombra del pasillo, camisa entreabierta dejando ver su pecho moreno y marcado, pantalón holgado que no disimulaba lo que ya se le paraba solo de verla.

Órale, Ana, estás más rica que nunca —dijo con esa voz ronca, ese acento norteño que la derretía.

Se acercó lento, como depredador, y la tomó de la cintura. Sus manos grandes, callosas de tanto trabajar en el gym, le quemaban la piel a través de la tela fina. Ella alzó la cara, oliendo su aliento fresco de menta, y lo besó con hambre. Lenguas chocando, húmedas, explorando bocas como si fuera la primera vez. Este wey me tiene loca, pensó ella, mientras sus dedos se enredaban en el pelo de él.

La llevó a la terraza, iluminada solo por antorchas y la luna llena. La piscina brillaba como un espejo negro, invitándolos. Marco la giró contra la barandilla, presionando su cuerpo duro contra el de ella. Sintió su verga tiesa contra su culo, grande y palpitante, y un gemido se le escapó.

Te extrañé, pendejo —susurró ella, mordiéndose el labio.

Yo más, mi reina. Vamos a caer en este abismo de nuevo —respondió él, deslizando las manos por sus muslos, subiendo el vestido hasta dejarla expuesta al aire nocturno.

Acto uno completo: la tensión inicial era palpable, como el preludio de una tormenta. Ana se giró, le quitó la camisa de un jalón, admirando esos abdominales que olían a sudor limpio y hombre. Lo besó por el cuello, saboreando la sal de su piel, mientras él le amasaba los pechos, pellizcando los pezones hasta endurecerlos como piedras.

Se separaron un segundo, jadeantes. Marco la miró con ojos oscuros, llenos de deseo puro.

Entra a la piscina conmigo —ordenó, más sugerencia que mandato.

Ella asintió, quitándose el vestido en un movimiento fluido. Desnuda, curvas perfectas bajo la luna: senos firmes, caderas anchas, panocha ya húmeda brillando. Él se desvistió igual de rápido, su verga saltando libre, gruesa, venosa, la cabeza roja lista para ella. Saltaron juntos al agua tibia, salpicando risas y besos.

En el medio del acto, la escalada empezó de verdad. Flotando en la piscina, Marco la acunó contra su pecho, sus manos bajando por su espalda hasta apretarle las nalgas. Ella envolvió las piernas alrededor de su cintura, sintiendo el agua acariciando su clítoris hinchado cada vez que se movían.

Quiero que me folle ya, pero que dure, que me haga rogar
, pensó Ana, mientras él lamía su oreja, mordisqueándola suave.

Dime qué quieres, chula —le murmuró al oído, su aliento caliente contrastando con el agua fresca.

Tu verga adentro, wey. Pero despacio, hazme sentir cada centímetro —gimió ella.

Él la penetró ahí mismo, en el agua, lento al principio. La punta abriéndola, estirándola delicioso, hasta que estuvo todo dentro, llenándola por completo. Ana arqueó la espalda, el agua chapoteando alrededor, oliendo a cloro mezclado con su excitación almizclada. Se movieron en ritmo, sus caderas chocando bajo la superficie, burbujas subiendo como sus gemidos. Él la chupaba los pechos, succionando fuerte, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico.

Salieron del agua empapados, goteando sobre las losas calientes. Marco la tumbó en una tumbona acolchada, abriéndole las piernas con gentileza. Se arrodilló entre ellas, admirando su panocha rosada, hinchada, jugosa.

Estás chingona, Ana. Déjame probarte —dijo, antes de enterrar la cara ahí.

Su lengua experta la lamió desde el clítoris hasta el ano, chupando, sorbiendo sus jugos dulces. Ana gritó, agarrándole el pelo, empujándolo más adentro. Sabe a gloria, este cabrón, pensó, mientras oleadas de placer la recorrían, sus muslos temblando. Él metía dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, mientras la lengua giraba sin parar. El olor de sexo crudo llenaba el aire, mezclado con el mar.

La tensión subía como la marea. Ana lo jaló arriba, queriendo corresponder. Lo volteó, montándose a horcajadas sobre su cara primero, restregándole la panocha en la boca hasta casi ahogarlo de placer. Luego bajó, tragándose su verga entera, garganta profunda, saliva chorreando. Él gruñía como animal, "¡Así, mi amor, trágatela toda!" Ella lo mamaba con hambre, saboreando el precum salado, bolas en la mano masajeándolas suave.

Pero querían más. Capítulo 11 merecía intensidad. Ana se puso a cuatro patas en la tumbona, culo en alto, invitándolo. Marco se colocó atrás, escupiendo en su verga para lubricar, y la embistió de un golpe seco. ¡Ay, cabrón! gritó ella, el dolor placer mezclándose. Él la cogía fuerte, manos en sus caderas, piel contra piel chapoteando sudor. Cada estocada profunda tocaba su cervix, mandándola al cielo.

¡Más duro, Marco! ¡Chíngame como si fuera la última vez! —suplicó ella.

Él obedeció, acelerando, un pie en la tumbona para penetrar más hondo. Sus bolas golpeaban su clítoris, enviando chispas. Ana se tocaba frenéticamente, círculos rápidos, mientras él le azotaba el culo rojo. El sonido era obsceno: carne contra carne, gemidos roncos, la noche testigo.

Internamente, Ana luchaba con el éxtasis creciente.

Este abismo de pasion me consume, pero qué chido es caer
. Recordaba sus capítulos previos: la primera vez en la playa, el hotel en Mazatlán, cada uno más intenso. Este era el pico.

Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo salvaje. Sus senos rebotando, él mamándolos, mordiendo pezones. Ana giraba las caderas, moliendo su clítoris contra la base de su verga, persiguiendo el orgasmo. Marco la sostenía, dedos en su culo, un dedo entrando suave, doble penetración que la volvía loca.

¡Me vengo, wey! ¡No pares! —gritó ella, explotando en espasmos, jugos chorreando por su verga.

Él la siguió segundos después, gruñendo "¡Toma mi leche, reina!", llenándola hasta rebosar, caliente y espeso. Colapsaron juntos, sudorosos, pegajosos, respiraciones entrecortadas.

En el afterglow, acto final, se tumbaron en la tumbona, cuerpos entrelazados. El mar susurraba paz, la brisa secándolos. Marco la besó la frente, tierno ahora.

Eres mi todo, Ana. Este abismo de pasion capitulo 11 fue épico —dijo, riendo bajito.

Ella sonrió, sintiendo su semen goteando entre las piernas, marca de posesión mutua. Empoderada, satisfecha, lista para más capítulos, pensó, mientras el sueño los envolvía bajo las estrellas. El deseo no se apagaba; solo se recargaba para la próxima caída.

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