Abismo de Pasión Cap 92
El sol de la tarde caía a plomo sobre la villa en Puerto Vallarta, tiñendo el mar de un azul furioso que se fundía con el cielo. Ana entró por la puerta de madera tallada, el aroma salino del océano mezclándose con el perfume de las bugambilias que trepaban por las paredes. Hacía semanas que no veía a Marco, su carnal de toda la vida, el hombre que la hacía vibrar como nadie. Ese abismo de pasión cap 92 que vivían ahora era el clímax de tantos capítulos de idas y venidas, de cuerpos que se buscaban en la noche como imanes locos.
Él estaba ahí, recargado en la barra de la cocina abierta, con una cerveza fría en la mano. Sus ojos cafés la devoraron de arriba abajo, deteniéndose en el escote de su vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas por el sudor del viaje. Órale, qué chula se ve la mamacita, pensó Ana, sintiendo ya el cosquilleo en el vientre. Marco sonrió de lado, esa sonrisa pícara que siempre la desarmaba.
"¿Qué onda, reina? Pensé que no venías", dijo él con voz ronca, dejando la cerveza y acercándose despacio. Su colonia fresca, esa que olía a madera y cítricos, la envolvió como un abrazo invisible.
"Neta, wey, no iba a perderme esto. Te extrañé un chingo", murmuró ella, su mano subiendo por el pecho firme de él, sintiendo los latidos acelerados bajo la camisa desabotonada. El roce de sus dedos era eléctrico, como si el aire entre ellos chispeara.
Se miraron un rato largo, el silencio cargado de promesas. Ana recordaba las peleas tontas, las noches solas, pero ahora solo quería hundirse en ese abismo otra vez. Marco la jaló suave por la cintura, sus labios rozando los de ella en un beso tentativo. Sabe a cerveza y a sal, ay Dios, qué rico, pensó ella mientras su lengua se colaba juguetona, explorando con hambre contenida.
El beso se profundizó, manos ansiosas. Él la levantó sin esfuerzo, sentándola en la isla de granito fría que contrastaba con el calor de sus cuerpos. Ana enredó las piernas alrededor de su cadera, gimiendo bajito cuando sintió su dureza presionando contra ella a través de la tela. "Marco... despacito, carnal, que me vas a volver loca", jadeó, mordiéndose el labio.
Este es nuestro capítulo 92, el de la reconciliación ardiente, donde nada nos para, se dijo Ana en su mente, mientras sus uñas arañaban suave la espalda de él.
La tensión crecía como una ola en el Pacífico. Marco deslizó las tiras del vestido por sus hombros, exponiendo la piel bronceada y los senos plenos que se erguían ansiosos. Sus labios bajaron por su cuello, lamiendo el sudor salado, chupando el lóbulo de la oreja hasta que ella arqueó la espalda con un gemido gutural. "¡Ay, pendejo, sí así!", soltó ella riendo entre jadeos, el slang mexicano saliendo natural como el tequila en las fiestas.
Él se arrodilló entonces, besando el vientre suave, inhalando el aroma almizclado de su excitación que ya humedecía las bragas de encaje. Ana temblaba, las manos enredadas en su cabello negro revuelto. El sonido de las olas rompiendo afuera se mezclaba con su respiración agitada, el pulso latiendo en sus oídos como tambores. Marco apartó la tela con dientes juguetones, su lengua caliente rozando el clítoris hinchado. Qué chingón se siente, como fuego líquido, pensó ella, las caderas moviéndose solas al ritmo de su boca experta.
La lambió despacio al principio, círculos lentos que la volvían loca, saboreando cada gota de su néctar dulce y salado. Ana gritó bajito, "¡Más, wey, no pares!", las piernas apretando su cabeza. Él succionó con hambre, dos dedos curvándose dentro de ella, tocando ese punto que la hacía ver estrellas. El orgasmo la golpeó como un maremoto, el cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando su barbilla mientras ella gritaba su nombre al viento.
Pero no era el fin. Marco se levantó, ojos negros de deseo puro, quitándose la camisa con prisa. Ana lo miró, admirando los músculos definidos por horas en el gym, el vello oscuro bajando hacia el bulto impresionante en sus jeans. "Ven pa'cá, mi rey", lo llamó ella, bajando de la isla con piernas temblorosas. Le desabrochó el cinturón con dedos ansiosos, liberando su verga dura, venosa, palpitante. La tomó en la mano, sintiendo el calor y la suavidad de la piel estirada. Neta, qué vergón tan chulo, todo mío.
Se arrodilló ella ahora, el piso de azulejos frescos contra las rodillas, y lo lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Marco gruñó, manos en su cabeza guiándola suave. "Qué buena boca tienes, Ana, me vas a matar". Ella lo chupó profundo, garganta relajada, los labios hinchados por el roce, el sonido húmedo de succión llenando la cocina. Lo miró desde abajo, ojos traviesos, mientras jugaba con las bolas pesadas.
La levantó entonces, cargándola al sofá amplio de la sala con vista al mar. La tumbó boca arriba, quitándole el vestido por completo. Desnuda, piel reluciente de sudor, se abrió para él como una flor en primavera. Marco se desnudó rápido, su cuerpo atlético brillando bajo la luz dorada. Se posicionó entre sus muslos, la punta rozando la entrada húmeda. "¿Quieres que te coja, mi amor?", preguntó ronco, dándole el poder a ella.
"¡Sí, métemela toda, cabrón!", exigió Ana, empoderada, jalándolo por las nalgas firmes. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos gimieron al unísono, el sonido carnal ecoando. Llenándome como nadie, joder, qué completo. Empezó a moverse, embestidas lentas y profundas, sus senos rebotando con cada choque. El olor a sexo impregnaba el aire, sudor mezclándose con el jazmín del jardín.
La tensión escalaba. Ana clavó uñas en su espalda, dejando marcas rojas, mientras él aceleraba, pelvis chocando contra clítoris en chispazos de placer. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona, caderas girando en círculos viciosos. "¡Mírame, Marco, soy tuya!", gritó, el cabello cayendo en cascada sudorosa. Él amasaba sus nalgas, un dedo rozando el ano juguetón, enviando ondas de éxtasis.
El clímax se acercaba rugiendo. Marco la volteó a cuatro patas, el sofá crujiendo bajo ellos. Entró feroz desde atrás, una mano en su cadera, la otra pellizcando pezones duros. "¡Me vengo, Ana, contigo!", rugió él. Ella sintió la onda expansiva, su coño apretando como vicio, chorros calientes llenándola mientras su propio orgasmo la destrozaba en mil pedazos. Gritaron juntos, cuerpos temblando, el mundo reduciéndose a pulsos y jadeos.
Cayeron exhaustos, enredados en el sofá, el mar cantando su nana afuera. Marco la besó suave en la frente, "Te amo, mi vida, este abismo es nuestro para siempre". Ana sonrió, el corazón latiendo sereno, el semen goteando tibio entre sus muslos como sello de su unión.
Cap 92 cerrado con broche de oro, pero el próximo promete más fuego. ¿Qué sigue en este abismo de pasión?
Se quedaron así, piel contra piel, el sol poniéndose en un orgasmo de naranjas y violetas, sabiendo que su historia apenas comenzaba de nuevo.