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Abismo de Pasión Adriano Zendejas

7078 palabras

Abismo de Pasión Adriano Zendejas

La noche en la azotea de un edificio en la Condesa ardía como un volcán a punto de estallar. El aire de Ciudad de México traía ese calor pegajoso de verano, mezclado con el humo de cigarros y el olor dulce de las chelas frías que corrían de mano en mano. Luces neón parpadeaban al ritmo de la música electrónica que se fundía con ecos de cumbia rebajada, haciendo que los cuerpos se movieran como olas en un mar revuelto. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, con mi vestido negro ajustado que marcaba cada curva, me sentía como una diosa lista para conquistar. Había llegado con unas amigas, pero ya andaba explorando sola, con esa hambre de aventura que solo la noche capitalina sabe despertar.

Entonces lo vi. Adriano Zendejas. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos negros que parecían pozos sin fondo. Vestía una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, dejando ver un tatuaje que serpenteaba sobre sus músculos. Neta, el wey era puro fuego. Lo reconocí al instante; era el actor que andaba en todas las redes, el que protagonizaba esas telenovelas calientes donde las miradas prometían más que palabras. Pero aquí, en carne y hueso, era mil veces más intenso. Nuestras miradas se cruzaron y sentí un cosquilleo en el estómago, como si el mundo se hubiera detenido. ¿Qué pedo con este carnal? pensé, mientras mi piel se erizaba sin que nadie me tocara.

Se acercó con una chela en la mano, sonriendo de lado, esa sonrisa pícara que dice "sé lo que quieres". "Qué onda, reina. ¿Te invito una?" Su voz grave retumbó en mi pecho, con ese acento chilango puro que me ponía la piel china. Acepté, y de ahí fluyó la plática como río crecido. Hablamos de la ciudad, de las locuras nocturnas, de cómo la vida en DF te chupa el alma si no le das chance al desmadre. Él olía a colonia cara mezclada con sudor fresco, un aroma que me hacía inhalar profundo, como si quisiera grabármelo en la memoria.

La tensión crecía con cada sorbo. Sus ojos recorrían mi cuerpo sin disimulo, y yo le devolvía la mirada, mordiéndome el labio. "Neta, me traes loco con ese vestido", murmuró, acercándose tanto que sentí el calor de su aliento en mi cuello. Mi corazón latía como tambor en fiesta de pueblo.

Esto es el principio del abismo, Ana. Ese abismo de pasión que Adriano Zendejas despierta en todas, pero esta noche es mío.
Bailamos pegados, sus manos en mi cintura, mi culo rozando su entrepierna dura. El roce era eléctrico, cada movimiento un preludio de lo que vendría. Sudor perlando su frente, el sabor salado cuando le lamí el cuello en un arrebato. "Vamos a mi depa, está aquí cerquita", susurró, y yo asentí, perdida ya en el vértigo.

El elevador al penthouse fue nuestro primer campo de batalla. Apenas se cerraron las puertas, sus labios cayeron sobre los míos como tormenta. Beso hambriento, lenguas enredadas, sabor a tequila y menta. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, tocando la piel sensible detrás de las rodillas. Gemí bajito, sintiendo cómo mi centro se humedecía, el calor subiendo como lava. "Qué rica estás, pinche diosa", gruñó, mordisqueando mi oreja. Yo le arañé la espalda, oliendo su esencia masculina que me volvía loca.

Entramos al depa, un lugar chido con vistas a la ciudad iluminada, pero ni lo miré. Lo empujé contra la pared, desabotonando su camisa con dedos temblorosos. Su pecho ancho, pectorales firmes, vello oscuro que bajaba en V tentadora. Lo besé ahí, lamiendo el sudor salado, bajando hasta desabrocharle el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con vida propia. Chingado, qué pieza, pensé, mientras la tomaba en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo mi palma. Él jadeó, enredando sus dedos en mi pelo. "Chúpamela, mami". Obedecí con gusto, labios envolviéndolo, lengua girando en la cabeza sensible. Su sabor almizclado me inundó la boca, sus gemidos roncos como música prohibida. Lo succioné profundo, hasta la garganta, oyendo cómo su respiración se volvía entrecortada, sus caderas empujando suave.

Pero no lo dejé acabar. Me levanté, quitándome el vestido de un tirón, quedando en tanga y brasier de encaje. Sus ojos se oscurecieron de deseo. Me cargó como pluma hasta la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a limpio y a él. Me recostó y se hundió entre mis piernas, besando el interior de mis muslos, mordiendo suave la piel. El aroma de mi propia excitación flotaba en el aire, dulce y pegajoso. "Estás empapada, wey", rio bajito, antes de arrancarme la tanga. Su lengua encontró mi clítoris como imán, lamiendo con maestría, chupando y succionando mientras dos dedos entraban en mí, curvándose en ese punto que me hace ver estrellas. Grité, arqueándome, mis uñas clavadas en sus hombros. Olas de placer me recorrían, el sonido húmedo de su boca devorándome, el roce de su barba incipiente en mi piel sensible.

La intensidad subía como fiebre. Lo volteé, montándome a horcajadas, frotando mi humedad contra su verga dura. "Te quiero adentro, Adriano. Fóllame ya". Él sonrió, guiándome, y me hundí en él centímetro a centímetro. Llenándome por completo, estirándome delicioso. El estirón ardiente, el roce perfecto. Empecé a moverme, cabalgándolo lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. "Qué chingona te sientes, Ana. Apriétame más". Aceleré, piel contra piel chocando con palmadas húmedas, sudor resbalando entre nosotros, olor a sexo crudo impregnando la habitación. Sus gemidos se mezclaban con los míos, la cama crujiendo bajo nuestro ritmo salvaje.

Cambié de posición, él encima, embistiéndome profundo, mis piernas enredadas en su cintura. Cada estocada tocaba lo más hondo, un fuego que me consumía. "Más fuerte, carnal. No pares". Sudor goteando de su frente a mi pecho, el sabor salado cuando lo lamí. La tensión crecía, coiling como resorte, mis paredes contrayéndose alrededor de él.

Este es el abismo de pasión de Adriano Zendejas, ese vacío delicioso donde caes y no quieres salir nunca.
Él gruñó, acelerando, su verga hinchándose más. "Me vengo, pinche reina". El clímax nos golpeó juntos: yo explotando en espasmos, gritando su nombre, olas de éxtasis sacudiéndome; él derramándose dentro, caliente y abundante, cuerpo temblando sobre el mío.

Quedamos jadeando, enredados en sábanas revueltas. Su peso reconfortante, corazón latiendo contra mi pecho. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire olía a nosotros, a sexo satisfecho y promesas rotas al amanecer. "Eso fue neta inolvidable", murmuró, acariciando mi pelo. Yo sonreí, trazando su tatuaje con el dedo. Caí en tu abismo, Adriano, y no me arrepiento ni madres. La ciudad ronroneaba afuera, indiferente, pero en ese momento, el mundo era solo nuestro. Un eco de pasión que lingeraría en mi piel, en mis sueños, recordándome que a veces, el abismo es el mejor lugar para perderse.

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