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Novela Pasion de Gavilanes Capitulos Completos Sensuales

6830 palabras

Novela Pasion de Gavilanes Capitulos Completos Sensuales

En la extensa hacienda Los Gavilanes, enclavada en las verdes colinas de Jalisco, el sol del mediodía caía como un manto de fuego sobre la tierra reseca. Yo, Gabriela, había llegado esa mañana desde Guadalajara, con el corazón latiendo fuerte por la invitación de mi prima Sofía. La hacienda olía a tierra húmeda después de la lluvia, mezclado con el aroma fuerte de los caballos en los corrales y el humo dulzón de la leña en la cocina. Mis botas crujían sobre la grava mientras caminaba hacia la casa principal, el aire cargado de ese calor pegajoso que hace sudar hasta el alma.

Ahí estaba él, Víctor Reyes, el dueño de todo aquello, con su camisa blanca pegada al pecho musculoso por el sudor, los jeans ajustados marcando sus piernas fuertes y el sombrero ladeado que le daba ese aire de vaquero indomable. Órale, qué hombre, pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis curvas bajo el vestido ligero de algodón. "Bienvenida, mamacita", dijo con esa voz ronca que parecía salir de lo más hondo de su pecho, extendiendo una mano callosa que olía a cuero y tabaco.

La tensión empezó esa misma tarde, cuando nos sentamos en el porche a ver la tele. Sofía había puesto el viejo reproductor con los capítulos completos de esa novela Pasion de Gavilanes que tanto le gustaba. "Mira, Gaby, esto es puro fuego", me dijo riendo, mientras las pasiones de los hermanos Reyes y las hermanas Elizondo llenaban la pantalla. Víctor se sentó a mi lado, su muslo rozando el mío accidentalmente al principio, pero luego... ya no tan accidental. Sentí el calor de su cuerpo, el roce áspero de su piel contra la mía, y mi pulso se aceleró como galope de caballo desbocado.

¿Por qué me mira así? Sus ojos queman, como si ya me estuviera desnudando. Ay, Gabriela, contrólate, no seas pendeja.

Acto primero de nuestra propia novela: la cena bajo las estrellas. La mesa larga en el patio, iluminada por faroles que parpadeaban como ojos pícaros. El tequila fluía, fresco y ardiente en la garganta, con sabor a agave maduro. Víctor me sirvió un trago, sus dedos rozando los míos, enviando chispas por mi espina. "Cuéntame de la ciudad, chula", murmuró, su aliento cálido con notas de menta y licor. Hablamos de todo y nada, pero el aire se cargaba de promesas. Sus risas graves vibraban en mi pecho, y cada vez que se inclinaba, olía su colonia varonil mezclada con sudor fresco, un perfume que me hacía apretar los muslos.

La noche avanzaba, y el deseo crecía como tormenta en el horizonte. Después de la cena, bailamos al son de un mariachi que tocaba corridos rancheros. Sus manos en mi cintura, fuertes y seguras, me guiaban. El roce de su pecho contra mis senos, el calor de su aliento en mi cuello. Me traes loca, cabrón, pensé, mientras mi cuerpo se pegaba al suyo, sintiendo la dureza creciente bajo sus jeans. "Estás cañón esta noche", me susurró al oído, su voz un ronroneo que me erizó la piel.

El segundo acto explotó cuando nos escapamos al granero, huyendo de las miradas curiosas. La luna plateada filtraba rayos por las rendijas de madera, iluminando montones de heno que crujían bajo nuestros pies. El olor a paja seca y tierra llenaba el aire, mezclado con nuestro sudor. Víctor me acorraló contra una viga, sus labios capturando los míos en un beso hambriento. Sabían a tequila y pasión, su lengua explorando mi boca con urgencia, mientras sus manos subían por mis muslos, arrugando el vestido.

"Te quiero desde que te vi, Gabriela", gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible. Mi corazón martilleaba, el pulso latiendo en mis oídos como tambores. Le arranqué la camisa, revelando su torso esculpido por el trabajo en el rancho, piel bronceada y suave bajo mis uñas. Sus pezones duros respondieron a mis besos, y él jadeó, un sonido gutural que me humedeció al instante.

Esto es mejor que cualquier novela. Su verga presiona contra mí, dura como piedra. Quiero sentirla dentro, ya.

Nos desnudamos con prisa febril, ropa cayendo al suelo como hojas secas. Su cuerpo desnudo era un sueño: músculos tensos, verga erecta palpitando, gruesa y venosa, coronada de una gota perlada. La tomé en mi mano, suave terciopelo sobre acero, y él gimió, "¡Ay, mami, qué rica!". Lo acaricié lento, sintiendo su pulso acelerado, mientras él deslizaba dedos entre mis pliegues húmedos. "Estás chorreando por mí", dijo triunfante, su voz entrecortada. Sus dedos entraban y salían, rozando mi clítoris hinchado, enviando olas de placer que me hacían arquear la espalda.

La escalada fue imparable. Me levantó contra la viga, mis piernas envolviéndolo, y entró en mí de un solo empujón profundo. ¡Dios! Llenándome por completo, estirándome deliciosamente. El roce de su pubis contra mi clítoris, el slap slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo. Olía a sexo crudo, a sudor salado y excitación almizclada. Gemí alto, mis uñas clavándose en su espalda, mientras él embestía con ritmo salvaje, gruñendo mi nombre. "¡Más fuerte, Víctor! ¡Dame todo!"

Cambié de posición, queriendo dominar. Lo empujé al heno, montándolo como amazona. Su verga se hundía hasta el fondo con cada vaivén, mis senos rebotando libres. Él los atrapó, chupando pezones duros, dientes rozando lo justo para doler placer. El heno pinchaba mi piel, un contrapunto áspero al desliz suave dentro de mí. Sudor corría por nuestros cuerpos, gotas saladas que lamí de su pecho, sabor a hombre puro.

El clímax se acercaba, tensión en espiral. Mis paredes lo apretaban, ordeñándolo, mientras su respiración se volvía jadeos desesperados. "Me vengo, cariño", avisó, y eso me lanzó. Explosión de fuego blanco, contracciones que me sacudían, grito ahogado en su boca. Él se derramó dentro, chorros calientes bañándome, su cuerpo temblando bajo el mío. El granero resonaba con nuestros ecos, crujidos de heno y suspiros.

Acto final: el afterglow. Yacimos enredados, piel pegajosa enfriándose al aire nocturno. Grillos cantaban afuera, una brisa traía olor a jazmín silvestre. Su mano acariciaba mi cabello, labios besando mi frente. "Eso fue como los capitulos completos de Pasion de Gavilanes, pero en vivo y a todo color", bromeó, riendo bajito. Yo sonreí, el corazón lleno. Esto es real, no novela. Y quiero más capítulos.

Nos vestimos lento, robándonos besos, promesas en miradas. Caminamos de vuelta a la casa, manos entrelazadas, el mundo nuevo y brillante. En la hacienda Los Gavilanes, la pasión no era ficción; era nuestra, ardiente y eterna.

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