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Cañaveral de Pasiones Capitulo 1

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Cañaveral de Pasiones Capitulo 1

El sol de mediodía caía a plomo sobre el cañaveral de pasiones, como le decían los viejos del pueblo a ese vasto mar verde de cañas altas que se mecían con el viento caliente. Ana sentía el sudor resbalándole por la espalda, empapando su blusa de algodón pegada a la piel como una segunda capa. El aire olía a tierra húmeda, a savia dulce y a ese calor que todo lo hacía más intenso, más vivo. Sus manos, callosas por el trabajo, cortaban las cañas con el machetazo preciso, pero su mente andaba en otra parte. En él.

Miguel venía caminando por el surco vecino, su camisa abierta dejando ver el pecho moreno brillando de sudor. Era alto, fornido, con esa sonrisa pícara que le hacía cosquillas en el estómago cada vez que la volteaba a ver. "Órale, Ana, ¿ya te cansaste o qué?" le gritó desde lejos, su voz ronca cortando el zumbido de las chicharras. Ella se enderezó, limpiándose el frente de la frente con el dorso de la mano, y le contestó con una risa que sonó más coqueta de lo que pretendía.

"Ni madres, wey. Tú eres el que jadea como perro", le espetó, pero sus ojos se clavaron en los de él, en ese brillo juguetón que prometía más que palabras. Hacía semanas que venían con este jueguito. Miradas robadas entre las cañas, roces accidentales cuando pasaban el machete, susurros cuando el capataz no veía. El deseo crecía como las cañas mismas, alto y frondoso, imposible de ignorar. Ana sentía un calor entre las piernas que no era solo del sol, un pulso que la hacía apretar los muslos al recordarlo.

¿Y si hoy? ¿Y si nos perdemos un rato en el fondo del cañaveral? Neta que no aguanto más esta hambre, pensó, mordiéndose el labio mientras lo veía acercarse.

El capataz dio la orden de descanso y todos se tumbaron a la sombra de un montón de cañas apiladas. Ana fingió ir por agua al pozo lejano, pero Miguel la siguió como si nada, casual, como si el destino los juntara. Al llegar al borde del campo, donde las cañas se cerraban como un muro vivo, él la tomó de la mano y la jaló adentro. El crujido de las hojas secas bajo sus botas, el roce áspero de las cañas contra la piel, el viento que susurraba secretos. Olía a todo: a ellos dos, sudados y ansiosos, a la tierra fértil, a la promesa de algo prohibido pero tan natural como la lluvia.

"Ven pa'cá, mi reina", murmuró Miguel, atrayéndola contra su pecho. Sus labios se encontraron en un beso hambriento, tongues enredándose con sabor a sal y a jugo de caña que él había estado chupando antes. Ana gimió bajito, sus manos subiendo por la espalda de él, sintiendo los músculos tensos bajo la camisa húmeda. El corazón le latía en los oídos, fuerte como tambores de fiesta patronal. Él la presionó contra una caña gruesa, el tallo rugoso raspando su espalda a través de la blusa, pero el dolor era placer, un recordatorio de lo vivo que se sentía.

Se separaron un segundo, jadeantes, mirándose con ojos nublados de lujuria. "Te quiero desde el primer día que te vi cortando caña, con ese meneo de caderas que me vuelve loco", confesó él, su aliento caliente en el cuello de ella. Ana rió suave, traviesa, y le mordió el lóbulo de la oreja. "Pues yo te vi y pensé: 'este pendejo me va a hacer pecar'". Sus manos bajaron a la hebilla del cinturón de él, desabrochándola con dedos temblorosos de anticipación. El sonido del metal era como un disparo en la quietud del cañaveral.

Miguel no se quedó atrás. Le levantó la falda floreada hasta la cintura, sus callos rozando los muslos suaves de Ana, subiendo hasta encontrar el calor húmedo entre sus piernas. Ella estaba empapada, lista, el olor almizclado de su arousal mezclándose con el dulzor del aire. "Estás chingona de mojada, mi amor", gruñó él, deslizando un dedo dentro, lento, provocador. Ana arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta mientras sus caderas se movían solas, buscando más. El roce era eléctrico, cada movimiento enviando chispas por su cuerpo, el sudor goteando entre sus pechos.

Se tumbaron en el suelo blando, cubierto de hojas caídas que crujían bajo su peso. Miguel se quitó la camisa de un tirón, revelando el torso esculpido por años de trabajo rudo. Ana lo recorrió con las yemas de los dedos, sintiendo el vello áspero, los latidos acelerados de su corazón. Él le sacó la blusa, liberando sus senos plenos, y se lanzó a ellos con hambre, chupando un pezón endurecido mientras masajeaba el otro. El placer era agudo, como un rayo, haciendo que Ana se retorciera, sus uñas clavándose en la tierra húmeda.

Esto es lo que necesitaba, neta. Sentirlo así, todo mío, sin prisas ni testigos más que el viento, pensó ella, perdida en las sensaciones.

La tensión subía como la marea en la costa veracruzana. Miguel bajó besos por su vientre, lamiendo el sudor salado, hasta llegar a su centro. Su lengua experta exploró cada pliegue, saboreándola con gemidos de aprobación. Ana se arqueó, las manos enredadas en su pelo negro, el placer construyéndose en oleadas que la hacían temblar. "¡Ay, cabrón, no pares!" suplicó, su voz ronca, el mundo reduciéndose al roce húmedo, al calor de su boca. Él obedeció, acelerando hasta que ella explotó en un orgasmo que la dejó sin aliento, las piernas temblando, el cañaveral girando a su alrededor.

Pero no era suficiente. Ana lo empujó hacia arriba, volteándolo con una fuerza que lo sorprendió. "Ahora me toca a mí, guapo", dijo con voz juguetona, bajando por su cuerpo. Le bajó los pantalones, liberando su verga dura, palpitante, con venas marcadas que pedían atención. La tomó en la mano, sintiendo el calor, la dureza sedosa, y la lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Miguel gruñó, sus caderas empujando instintivamente. Ella lo tomó entero en la boca, succionando con ritmo, la lengua girando, sus manos masajeando las bolas pesadas. El sonido era obsceno, húmedo, perfecto en esa privacidad verde.

Él no aguantó mucho. "Ya, mi vida, ven", la jaló arriba, posicionándola a horcajadas. Ana se hundió en él lentamente, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. El estiramiento era delicioso, perfecto. Empezaron a moverse, ella arriba, controlando el ritmo, sus senos rebotando con cada embestida. El sudor volaba, sus pieles chocando con palmadas húmedas, el crujir de las cañas como aplausos. Miguel le agarraba las nalgas, guiándola, profundizando cada thrust. El olor a sexo crudo impregnaba el aire, mezclado con la savia dulce.

La intensidad creció, sus respiraciones sincronizadas en jadeos desesperados. Ana sentía el orgasmo construyéndose de nuevo, más profundo, desde el alma. "¡Más fuerte, Miguel, chíngame duro!" exigió, y él obedeció, volteándola para ponerla de rodillas, entrando por detrás con fuerza animal pero tierna. Sus embestidas eran profundas, tocando ese punto que la volvía loca, sus manos en sus caderas, un dedo rozando su clítoris. El clímax los golpeó juntos: Ana gritó su nombre, el cuerpo convulsionando, mientras él se derramaba dentro de ella con un rugido gutural, caliente y abundante.

Se derrumbaron, enredados, el pecho de él contra su espalda, respiraciones calmándose poco a poco. El sol filtraba rayos dorados entre las cañas, pintando sus cuerpos exhaustos. Ana sentía el semen goteando entre sus muslos, el calor residual, la paz profunda. Miguel la besó en el hombro, suave. "Eres lo mejor que me ha pasado en este cañaveral de pasiones", susurró.

Ella sonrió, volteando para mirarlo a los ojos. "Y esto es solo el principio, carnal. Capítulo 1 nomás". Se rieron bajito, sabiendo que el deseo renacería con el próximo amanecer, en ese mar verde de secretos y éxtasis.

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