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Labial Rojo Pasion

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Labial Rojo Pasion

Me miré en el espejo del baño, con la luz cálida del atardecer colándose por la ventana de mi depa en la Condesa. El labial rojo pasión que acababa de aplicarme brillaba como una promesa pecaminosa, delineando mis labios carnosos con un rojo intenso, casi hipnótico. Órale, Sofia, hoy vas a romperla, pensé, mientras pasaba la yema del dedo por el borde para difuminarlo un poquito, haciendo que pareciera aún más jugoso. El aroma dulce y almendrado del cosmético se mezclaba con mi perfume de vainilla, y sentí un cosquilleo en el estómago, esa anticipación que me ponía la piel de gallina.

Salí del baño ajustándome el vestido negro ajustado, que se pegaba a mis curvas como una segunda piel. Mis tacones resonaban en el piso de madera, un clic-clac que aceleraba mi pulso. Bajé las escaleras del edificio, el aire fresco de la calle me rozó las piernas desnudas, y caminé hacia el bar de la esquina, donde él me esperaba. Diego, mi carnal del alma, el wey que me hacía temblar con solo una mirada. Llevábamos meses en esto, un romance ardiente que empezaba con mensajes calientes y terminaba en sábanas revueltas. Hoy era especial, neta, porque le había dicho que traería algo nuevo: mi labial rojo pasión, el que sabía que lo volvía loco.

Lo vi desde la puerta del bar, sentado en la barra con una chela en la mano, su camisa blanca arremangada dejando ver esos antebrazos fuertes. Sus ojos oscuros se clavaron en mí al instante, y una sonrisa pícara se le dibujó en la cara. "¡Mamacita! Ven pa'cá", me dijo con esa voz grave que me erizaba el vello de la nuca. Me acerqué contoneándome, sintiendo todas las miradas del lugar sobre mí, pero solo importaba la de él. Me senté a su lado, cruzando las piernas, y el roce de mi falda subiendo un poco me hizo jadear bajito.

Pedí un margarita helado, el vaso frío contra mis labios pintados dejó una marca roja perfecta. Diego no quitaba los ojos de mi boca. Ya está, ya lo tengo en la palma de la mano, pensé, mientras sorbía el trago salado y dulce, el tequila quemándome la garganta con placer. Hablamos de tonterías, de la banda que pusieron en el bar, de cómo el pinche tráfico de Reforma nos tenía harto, pero el aire entre nosotros crepitaba. Su rodilla rozó la mía bajo la barra, un toque casual que no lo era, y sentí el calor subir por mis muslos.

Después de dos rondas, su mano se posó en mi cintura, tirando de mí para susurrarme al oído: "Ese labial rojo pasión te queda de poca madre, Sofia. Me estás matando". Su aliento cálido olía a cerveza y a hombre, y mordí mi labio inferior, dejando que viera el brillo húmedo.

Quiero besarte ya, wey, pero voy a hacerte sufrir un ratito más
, me dije, mientras le pasaba un dedo por el cuello de la camisa, sintiendo su pulso acelerado bajo la piel morena.

Salimos del bar tomados de la mano, el bullicio de la Condesa nos envolvía: risas, música de mariachi moderno saliendo de algún antro, el olor a tacos al pastor de la taquería cercana. Caminamos rápido hacia mi depa, sus dedos entrelazados con los míos apretando con urgencia. En el elevador, no aguantamos más. Me empujó contra la pared, su boca devorando la mía. El labial rojo pasión se extendió en un beso salvaje, saboreando el tequila en su lengua, el roce áspero de su barba incipiente raspándome la barbilla. Gemí contra sus labios, mis manos enredándose en su pelo negro, tirando suave para que profundizara el beso. Su sabor, ay Dios, su sabor es como chile en nogada, dulce y picante.

Llegamos al depa jadeantes, la puerta se cerró con un bang y ya estábamos arrancándonos la ropa. Su camisa voló al suelo, revelando ese pecho ancho que tanto me gustaba lamer. Yo me quité el vestido de un tirón, quedando en encaje negro y ese labial intacto, brillando bajo la luz tenue del cuarto. Diego me miró como si fuera un manjar, sus ojos recorriendo mis pechos, mi vientre plano, bajando hasta donde la humedad ya me traicionaba. "Eres una diosa, pinche Sofia", murmuró, y me cargó hasta la cama, sus manos grandes amasándome las nalgas.

Caímos sobre las sábanas frescas, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso. Empecé por besos lentos en su cuello, dejando huellas rojas de mi labial pasión por su piel. Él gruñía bajito, "Qué rico, nena, no pares", mientras sus dedos se colaban entre mis piernas, rozando mi centro con una lentitud tortuosa. Sentí el calor de su palma, el roce húmedo de mis pliegues abriéndose para él, y arqueé la espalda, oliendo mi propia excitación mezclada con su sudor masculino. Esto es lo que necesitaba, neta, esta conexión que me hace explotar.

Le bajé los pantalones, liberando su verga dura, palpitante, que saltó contra mi muslo. La tomé en la mano, sintiendo las venas gruesas bajo mi palma, el calor irradiando como fuego. La besé en la punta, dejando un sello rojo pasión, y él maldijo en voz baja: "¡No mames, Sofia, me vas a volver loco!". Lo lamí despacio, saboreando la sal de su pre-semen, mi lengua girando alrededor del glande mientras él se retorcía, sus caderas empujando suave. El sonido de mi boca chupándolo, húmedo y obsceno, llenaba el cuarto, junto con sus gemidos roncos.

Pero no quería que terminara así. Lo empujé boca arriba y me subí encima, frotándome contra él, mi clítoris hinchado rozando su longitud. Siento cada vena, cada pulso, como si fuera mío. Bajé despacio, empalándome en él centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme por completo. Era grueso, perfecto, estirándome con un placer que rayaba en dolor dulce. Empecé a moverme, mis caderas girando en círculos, el slap-slap de piel contra piel resonando. Sus manos en mis tetas, pellizcando los pezones duros, enviando chispas directo a mi núcleo.

El sudor nos cubría, perlas resbalando por su pecho, goteando hasta unirnos. Olía a sexo puro, a deseo desatado, y el labial rojo pasión ahora manchaba su boca, su cuello, su verga, marcas de mi posesión. Aceleré el ritmo, cabalgándolo como una loca, mis uñas clavándose en sus hombros. "¡Más duro, Diego, dame todo!", le exigí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo con fuerza brutal pero consentida, sus ojos clavados en los míos, llenos de esa pasión que nos consumía.

La tensión crecía, un nudo apretándose en mi vientre, mis muslos temblando. Sentía cada roce interno, su punta golpeando ese punto que me hacía ver estrellas.

Ya viene, ya casi, no pares wey
. Él jadeaba, "Me vengo contigo, amor, agárrate", y explotamos juntos. Mi orgasmo me atravesó como un rayo, contracciones milking su verga, chorros de placer mojándonos. Él gruñó profundo, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos que sentía palpitar dentro.

Colapsamos, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos, mientras yo besaba su pecho, saboreando el salado de su piel. El labial rojo pasión ahora era un desastre glorioso, borroneado pero victorioso. Esto es vida, carnal, esta conexión que no se apaga. Nos quedamos así, en el afterglow, con la ciudad zumbando afuera, prometiendo más noches como esta. Diego me miró, sonriendo: "Tu labial rojo pasión es mi perdición, Sofia". Y yo reí bajito, sabiendo que era verdad.

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