Pasión por la Mecánica Automotriz Desnuda
El sol del mediodía caía a plomo sobre el taller en la colonia Narvarte, en el corazón del DF. El olor a aceite quemado y goma caliente impregnaba el aire, mezclado con el ronroneo grave de un motor que acababa de arrancar. Yo, Rodrigo, siempre he tenido esa pasión por la mecánica automotriz que me quema por dentro. Desde morrillo, desarmaba vochitos en el garage de mi carnal, sintiendo cómo las piezas encajaban perfecto, como un rompecabezas que te hace sudar la gota gorda. Pero nada me preparó para ese día cuando ella llegó.
Era una chava de unos veintiocho, con curvas que gritaban ¡métete aquí, cabrón! Llevaba un vestido rojo ajustado que se pegaba a sus chichis firmes y a ese culazo que se movía como pistones en marcha. Su vocho del 72 estaba escupiéndole humo por el capó, y ella bajaba del auto con el pelo negro suelto, oliendo a perfume de jazmín y algo más, algo dulce que me revolvió las tripas.
—Órale, güey, este pinche vocho se me jodió en la avenida —dijo con esa voz ronca que te eriza la piel, mirándome fijo con ojos cafés que brillaban como faros en la niebla.
Me limpié las manos en el overol mugroso, sintiendo el calor subir por mi cuello.
¿Qué chingados? Esta morra es puro fuego, carnal. No la cagues, Rodri, enfócate en el motor, pensé mientras abría el capó. El vapor nos pegó en la cara, caliente y húmedo, como un aliento ardiente.
—Tranquila, jefa. Déjame echarle un ojo. Se ve que el radiador está bien jodido, pero yo le entro con todo.
Se acercó, inclinándose sobre el motor, y su escote me dejó ver esas tetas perfectas, redondas, con un brillo de sudor que las hacía relucir. El olor de su piel se mezcló con el del aceite, y mi verga dio un brinco en los pantalones. Le expliqué el problema, mis manos grasientas rozando las suyas al pasarle una llave. Su toque fue eléctrico, suave contra mi piel callosa.
—Pasión por la mecánica automotriz, ¿verdad? —me dijo sonriendo, mientras yo drenaba el radiador—. Se te nota en los ojos, como si estos fierros te pusieran igual de caliente que a mí.
Me quedé tieso.
¿Está coqueteando la mera verga? No mames, esta chava lee mentes.
Acto uno cerrado, el taller se vació porque era hora de comida. Solo quedamos nosotros dos, con el vocho a medio arreglar sobre el gato hidráulico. Ella se sentó en un cajón de herramientas, cruzando las piernas, el vestido subiéndose un poco para mostrar muslos morenos y suaves.
—Soy Ana —se presentó, pasándome una chela fría que sacó de su bolsa térmica—. Cuéntame de tu pasión por la mecánica automotriz. A mí me encanta ver a un vato que sabe manejar un motor... y otras cosas.
La cerveza bajó helada por mi garganta, contrastando con el calor que subía de mis huevos. Platicamos: ella era diseñadora gráfica, pero de chavita andaba en carreras clandestinas en Ecatepec, sintiendo la adrenalina de los autos rugiendo. Yo le conté de mis noches desvelado tuneando un Tsuru, el sonido del turbo silbando como un amante ansioso. Nuestras risas llenaban el taller, y cada mirada era un roce invisible.
De pronto, un chorro de aceite salpicó su vestido. —¡Ay, cabrón! —gritó riendo, poniéndose de pie. El rojo se manchó de negro, pegándose a su piel.
—Ven, te ayudo —le dije, agarrando un trapo. Me acerqué, mi pecho casi tocando el suyo. Limpié la mancha en su panza, sintiendo el calor de su vientre bajo la tela delgada. Su respiración se aceleró, pechugando contra mi mano. Olía a sudor fresco, a mujer en celo.
—No pares, Rodri —susurró, su mano cubriendo la mía, guiándola más abajo, hacia su cadera.
El aire se espesó, cargado de tensión. Mis dedos temblaron, pero ella me jaló del overol, desabrochando el zipper con urgencia.
Esto no es un sueño, wey. Esta morra quiere lo mismo que tú, dale con todo.
Acto dos: la escalada. La besé ahí mismo, sus labios carnosos sabían a chela y miel, su lengua danzando con la mía como engranajes perfectos. La cargué hasta el vocho elevado, sentándola en el asiento del piloto, el cuero viejo crujiendo bajo su peso. Le quité el vestido de un tirón, revelando lencería negra que apenas contenía sus chichis. Mis manos, aún grasientas, masajearon sus tetas, pellizcando pezones duros como tuercas. Ella gemía bajito, ¡ay, sí, cabrón, así!, arqueando la espalda.
El taller olía a sexo y gasolina, el sol filtrándose por las ventanas sucias pintando su piel de oro. Bajé por su cuerpo, besando su ombligo, lamiendo el sudor salado. Sus muslos se abrieron solos, invitándome. La tanga estaba empapada, olía a su excitación almizclada, como feromonas de motor a punto de explotar. La arranqué con los dientes, y mi lengua encontró su clítoris hinchado, saboreando su jugo dulce y ácido. ¡Chíngame con la boca, Rodri, no pares! gritó, sus uñas clavándose en mi cabeza, piernas temblando.
Me puse de pie, bajándome el overol. Mi verga saltó libre, dura como barra de acero, venosa y palpitante. Ella la miró con hambre, ¡qué chingona, güey!, y se la mamó con ganas, succionando profundo, saliva chorreando por las bolas. El sonido era obsceno, chapoteante, mezclado con mi jadeo ronco.
Su boca es mejor que cualquier carburador, carajo, me va a hacer venir ya.
La penetré despacio, su panocha apretada y resbalosa engulléndome centímetro a centímetro. El vocho se mecía con cada embestida, resortes chirriando como en una carrera. Sus tetas rebotaban, yo las chupaba mientras la cogía fuerte, piel contra piel sudorosa, slap-slap resonando. ¡Más duro, mecánico, dame tu pasión por la mecánica automotriz en mi culo! pedía, volteándose para darme vista a su ano rosado.
Le metí dos dedos aceitados ahí, preparándola, mientras la verga seguía martillando su coño. Ella se retorcía, gimiendo en mexicano puro: ¡No mames, me vengo, ay güey! Su orgasmo la sacudió como un motor en V8, paredes apretándome, jugos chorreando por mis muslos.
No aguanté más. La saqué, volteándola boca abajo sobre el capó caliente —no quemaba, solo calentaba más—. La embestí en su panocha otra vez, luego en el culo, lubricado con nuestro sudor y aceite. ¡Sí, rómpeme, cabrón! Su ano era fuego apretado, ordeñándome. El clímax me pegó como un turbo: grité, vaciándome dentro de ella, chorros calientes llenándola mientras ella se venía de nuevo, temblando.
Acto tres: el afterglow. Nos desplomamos en el piso del taller, jadeando, cuerpos pegajosos de semen, sudor y grasa. El vocho nos miraba desde arriba, testigo mudo. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopando como un motor overrev.
—Eres el mejor mecánico que he conocido, Rodri. Tu pasión por la mecánica automotriz me contagió —dijo riendo bajito, besándome el cuello.
Yo la abracé, oliendo nuestro olor mezclado con el taller.
Esto no fue solo un polvo, carnal. Fue como encajar la pieza perfecta en un motor viejo. Quién sabe, tal vez regrese por más "mantenimiento".
El sol bajaba, tiñendo todo de naranja. Terminamos el vocho esa tarde, pero algo nuevo arrancó entre nosotros: una pasión que rugía más fuerte que cualquier auto.