El Libro de Una Pasion Ardiente
Entré a esa librería antigua en el corazón de Coyoacán, con el sol de la tarde colándose por las ventanas empolvadas. El aire olía a papel viejo y a madera húmeda, un aroma que me erizaba la piel como caricia prohibida. Mis dedos rozaban los lomos ajados mientras buscaba algo que me sacara de la rutina. Ahí estaba: Libro de una pasión, un tomo delgado con tapa de cuero rojo desgastado. Lo abrí y las primeras líneas me hicieron sonrojar. Hablaba de un amor loco, de cuerpos que se buscan en la noche, de susurros que queman.
«Sus labios eran fuego sobre mi piel, y yo, rendida, le entregaba todo».Leí en voz baja, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Neta, qué chingón.
—Ese libro te atrapa, ¿verdad? —dijo una voz grave a mi espalda.
Me volteé y ahí estaba él: Diego, el dueño, con ojos cafés profundos como pozos de chocolate derretido y una sonrisa pícara que prometía travesuras. Vestía una camisa blanca arremangada, dejando ver brazos fuertes, tatuados con motivos prehispánicos. Olía a café recién molido y a algo masculino, como tierra mojada después de la lluvia.
—Sí, wey, parece que cuenta una historia que no se olvida —respondí, sintiendo el pulso acelerado. Nuestras miradas se cruzaron y el aire se cargó de electricidad. ¿Era el libro o él lo que me ponía así de caliente?
Compré el libro y, sin pensarlo dos veces, lo invité a un café en la plaza. Charlamos de lecturas, de la Ciudad de México que bulle de vida, de pasiones que se encienden de repente. Su risa era ronca, vibraba en mi pecho. Cuando rozó mi mano al pasarme el azúcar, un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Quiere algo más, lo siento en su mirada, pensé.
La tarde se estiró como miel. Caminamos por las calles empedradas, el sol tiñendo todo de naranja. Llegamos a mi depa en la colonia, un lugar chulo con balcón y vista al parque. Le ofrecí un mezcal, el humo del cigarro que fumaba se mezclaba con su colonia, envolviéndome en una nube embriagadora.
—Muéstrame qué te gustó del libro —pidió, sentándose en el sofá, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío.
Abrí las páginas, mi voz temblorosa leyendo pasajes ardientes. Él se inclinó, su aliento cálido en mi cuello.
«Sus dedos exploraban mis curvas como un mapa secreto, y yo ardía en deseo».
—Como esto —susurré, y su mano cubrió la mía sobre la página. El toque fue eléctrico, piel contra piel, suave pero firme. Lo miré, y ahí estaba el fuego: deseo puro, mutuo.
—Ana, desde que te vi, supe que eras la pasión que buscaba —dijo, su voz como terciopelo rasgado.
Nuestros labios se encontraron en un beso lento, exploratorio. Sabía a mezcal y a menta, su lengua danzando con la mía, dulce y demandante. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con maestría. Sentí sus palmas callosas contra mi piel desnuda, erizándome los pezones. Qué rico se siente esto, neta no quiero que pare.
Me recargó en el sofá, su boca bajando por mi cuello, lamiendo, mordisqueando suave. Olía mi perfume mezclado con el sudor ligero de excitación. Gemí bajito cuando sus labios atraparon un pezón, chupando con hambre contenida. Mis manos se enredaron en su pelo negro, tirando suave, guiándolo.
—Diego, órale, no pares —jadeé, mientras él bajaba más, besando mi vientre, desabotonando mis jeans.
El sonido de la cremallera fue como un susurro obsceno. Me quitó la ropa interior con delicadeza, exponiéndome al aire fresco de la habitación. Su mirada devoraba mi panocha, húmeda y lista. Se arrodilló, inhalando profundo mi aroma almizclado de mujer en celo.
—Hueles a pecado delicioso, morra —gruñó, y su lengua tocó mi clítoris como una llama.
¡Ay, Dios! El placer me atravesó como rayo. Lamía lento, círculos perfectos, saboreándome como si fuera el mejor postre. Mis caderas se movían solas, buscando más, el sonido húmedo de su boca contra mí llenando el cuarto. Sentía mis jugos en su barbilla, sus dedos abriéndose paso dentro, curvándose justo ahí, en el punto que me volvía loca.
—¡Qué chingón! —grité, arqueándome, las uñas clavadas en sus hombros.
Me llevó al borde una y otra vez, pero se detenía, torturándome deliciosamente. Lo jalé arriba, besándolo, probándome en su lengua. Le arranqué la camisa, besando su pecho ancho, lamiendo sus pezones duros. Bajé a su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo su calor, el pulso acelerado bajo mi palma. Era perfecta, gorda y larga, coronada de una gota perlada.
—Chúpamela, Ana —pidió con voz ronca, y yo obedecí, devorándola con ganas.
El sabor salado me enloqueció, su gemido gutural vibrando en mi garganta. La mamaba profunda, lengua girando en la cabeza, manos apretando sus bolas pesadas. Él se retorcía, pendejo cachondo, jurando en voz baja.
—Ya no aguanto, quiero estar dentro de ti —dijo, levantándome como pluma.
Me llevó a la cama, el colchón hundiéndose bajo nosotros. Me abrió las piernas, frotando su verga contra mi entrada resbalosa. Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. ¡Qué estirada tan rica! Gemí alto, sus embestidas lentas al principio, profundizando, el sonido de piel chocando como tambores.
Sudor perlando su frente, goteando en mi pecho. Olía a sexo puro, a nosotros mezclados. Aceleró, fuerte, profundo, mis tetas rebotando con cada golpe. Mis piernas lo envolvieron, talones clavados en su culo firme.
—Más duro, cabrón, dame todo —supliqué, perdida en el placer.
Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos en mis caderas, guiándome, pellizcando mi clítoris. Rebotaba, sintiendo su verga golpear mi g-spot, olas de éxtasis construyéndose. El cuarto olía a panocha mojada, a verga sudada, a pasión desatada.
—Me vengo, Diego, ¡ahí viene! —grité, explotando en espasmos, mi coño apretándolo como vicio.
Él rugió, corriéndose dentro, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando bajo el mío. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono.
Después, recostados, el libro olvidado en la mesita. Su dedo trazaba círculos en mi vientre, besos suaves en mi sien.
—Ese libro de una pasión nos unió, pero esto es nuestro, real —murmuró.
Sonreí, sintiendo el afterglow cálido, satisfecho. Afuera, la noche mexicana cantaba con grillos y risas lejanas. En sus brazos, supe que esto era solo el principio de nuestra propia historia ardiente. Neta, qué chido.