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Pasión Cap 34 Llamas Eternas

7052 palabras

Pasión Cap 34 Llamas Eternas

Era una noche calurosa en el corazón de la Roma, con el bullicio de los carros zumbando como un enjambre lejano y el aroma a tacos al pastor flotando en el aire desde la esquina. Yo, Ana, acababa de salir del gym, con el cuerpo sudado y la piel brillando bajo las luces neón de los bares. Llevaba mi leggin negro ajustado que marcaba cada curva de mis caderas y una blusa crop que dejaba ver mi ombligo piercingado. Neta, me sentía poderosa, lista para lo que viniera.

Ahí estaba él, Marco, esperándome en la terraza del bar de la esquina, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Alto, moreno, con tatuajes asomando por las mangas de su camisa guayabera desabotonada. "Órale, mami, ¿lista pa'l desmadre?", me dijo mientras me jalaba pa' sentarme en su regazo. Su voz ronca, con ese acento chilango puro, me erizó la piel. Olía a colonia barata mezclada con sudor fresco, un olor que me ponía caliente al instante.

Pedimos unas chelas heladas, y mientras chocábamos las botellas, su mano se coló por mi espalda baja, rozando la curva de mi nalguita. Pinche Marco, siempre sabiendo cómo encender la mecha. Hablamos de la semana, de lo chido que había sido el rolón en el antro el sábado pasado, pero mis ojos no dejaban de bajar a sus labios carnosos, imaginando cómo se sentirían chupando mi cuello. El deseo crecía como una ola, lento pero imparable. "Sabes, wey, hoy es como Pasión Cap 34", le susurré al oído, recordando esa novela erótica que leíamos juntos en secreto, el capítulo donde los amantes se rinden al fuego total.

La tensión era palpable. Cada roce de sus dedos en mi muslo mandaba chispas por mi espinazo. Podía oír mi corazón latiendo fuerte, como tambores de cumbia en una fiesta. El sabor salado de la chela en mi lengua se mezclaba con el antojo de probar su piel.

¿Por qué carajos espero tanto? Este pendejo es mío esta noche.
Me levanté, lo jalé de la mano y salimos caminando hacia su depa, a unas cuadras. La brisa nocturna lamía mi piel húmeda, y su brazo alrededor de mi cintura me hacía sentir protegida y salvaje a la vez.

Acto dos, el verdadero despelote empezó en el elevador. Apenas se cerraron las puertas, Marco me acorraló contra la pared, su boca devorando la mía con hambre de lobo. Sus labios sabían a limón y cerveza, ásperos pero tiernos. Gemí bajito cuando su lengua invadió mi boca, bailando con la mía en un ritmo frenético. Sus manos expertas se metieron bajo mi blusa, amasando mis chichis con fuerza, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. ¡Ay, cabrón, qué rico! Olía su excitación, ese almizcle macho que me empapaba la panocha sin piedad.

Llegamos al depa tambaleándonos, riendo como tontos. La luz tenue del foco iluminaba su cuarto minimalista, con posters de luchadores y una cama king size que gritaba promesas. Me quitó la blusa de un tirón, exponiendo mis tetas al aire fresco. "Eres una diosa, Ana", murmuró mientras lamía mi cuello, bajando hasta morder suavemente un pezón. El sonido de su chupeteo húmedo me volvía loca, y mis uñas se clavaron en su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensos bajo la piel morena.

Lo empujé a la cama y me subí encima, frotando mi entrepierna contra el bulto enorme en sus jeans. Su verga palpitaba como un corazón salvaje, dura y lista pa' mí. Le desabroché el cinturón con dientes, saboreando la sal de su piel expuesta. "Quieta, fiera", rio él, volteándome para quitarse los pantalones. Ahí estaba, su pito grueso y venoso, goteando precum que olía a deseo puro. Lo tomé en mi mano, masturbándolo lento, sintiendo cada vena pulsar. Él jadeaba, "Neta, me vas a matar, mami".

La intensidad subía como el volumen en una rola de Peso Pluma. Me bajé el leggin, quedando en tanguita empapada. Marco la apartó con un dedo, rozando mi clítoris hinchado. ¡Joder, qué cosquilleo eléctrico! Introdujo dos dedos en mi concha chorreante, curvándolos para darme en el punto G. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes. Podía oler mi propia excitación, dulce y salada, mezclada con su sudor. "Más, wey, no pares", le rogué, montándome en su cara. Su lengua experta lamió mi raja de abajo pa'rriba, chupando mi juguito como si fuera el mejor mezcal. Mis caderas se movían solas, grinding contra su boca barbuda que raspaba delicioso.

Pero quería más. Quería sentirlo todo. Lo volteé en 69, tragándome su verga hasta la garganta. El sabor era adictivo: salado, con un toque de su esencia masculina. Él devoraba mi panocha mientras yo lo mamaba profundo, gimiendo alrededor de su grosor.

Esto es Pasión Cap 34, el clímax que tanto anhelábamos.
La habitación se llenó de slurps húmedos, jadeos y el crujir de la cama. Mi cuerpo temblaba, el orgasmo acercándose como un tren de carga.

Acto tres, la liberación total. Me puse de rodillas, arqueando la espalda. "Cógeme, Marco, hazme tuya". Él no se hizo de rogar. Se colocó atrás, frotando la cabeza de su verga contra mi entrada resbalosa. Empujó lento al principio, estirándome delicioso, centímetro a centímetro. ¡Pinche plenitud, llenándome hasta el fondo! Gruñó al sentir mis paredes apretándolo, calientes y húmedas. Empezó a bombear, primero suave, luego como animal, sus bolas chocando contra mi clítoris con cada estocada.

El sonido era obsceno: piel contra piel, chapoteos de mi chorreo lubricando todo. Sudábamos a chorros, el olor a sexo impregnando el aire. Agarró mis caderas con fuerza, jalándome contra él. "¡Eres tan rica, Ana, tan apretada!", rugió. Yo gritaba, "¡Sí, cabrón, más duro! ¡Dame todo!". El placer subía en espiral, mis tetas rebotando, pezones rozando las sábanas frescas. Sentía cada vena de su pito frotando mis paredes sensibles, golpeando mi cervix con precisión letal.

Cambié de posición, montándolo a mí. Control total. Rebotaba en su verga, mis nalguitas cacheteando sus muslos. Él pellizcaba mis chichis, chupándolas mientras yo cabalgaba como jinete en rodeo. El orgasmo me golpeó primero: un estallido de fuego desde mi clítoris, expandiéndose en olas que me hacían convulsionar. "¡Me vengo, wey! ¡Aaaah!", chillé, mi concha ordeñando su pito en espasmos. Él no aguantó: "¡Yo también, mami!", y se corrió dentro, chorros calientes pintando mis paredes. Sentí cada pulso, su semen derramándose, mezclándose con mis jugos.

Colapsamos, enredados en sábanas revueltas y cuerpos exhaustos. Su pecho subía y bajaba contra mi mejilla, el latido de su corazón calmándose como el mío. Besos suaves, caricias perezosas. El aroma a sexo y sudor nos envolvía como manta tibia. Esto es lo que necesitaba, pura pasión sin filtros. "Pasión Cap 34 superada, amor", murmuré riendo. Él me apretó más fuerte. "Simón, y hay más capítulos por venir".

Nos quedamos así, en afterglow perfecto, con la ciudad zumbando afuera y nuestro mundo en calma. Neta, no hay nada como esto.

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