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Capitulo 159 Abismo de Pasion Desbordante

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Capitulo 159 Abismo de Pasion Desbordante

El sol del atardecer teñía de naranja la hacienda en las afueras de Guadalajara, donde el aire cargado de jazmín y tierra húmeda me envolvía como un amante impaciente. Yo, Angélica, había regresado a esta casa familiar después de años en la ciudad, huyendo de un matrimonio que se desmoronaba como un pastel viejo. Pero aquí estaba Gael, mi primo lejano, el hombre que siempre había despertado en mí un fuego prohibido. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que gritaba chulo por todos lados, y unos ojos negros que prometían pecados deliciosos.

Nos encontramos en el patio trasero, rodeados de buganvilias que trepaban por las paredes de adobe. Él traía una botella de tequila reposado, de esas que queman dulce en la garganta. "Mamacita, ¿sigues tan dulce como el mezcal?", me dijo con esa voz ronca, jalándome hacia él por la cintura. Mi piel se erizó al sentir sus manos grandes, callosas del trabajo en el rancho, rozando la curva de mis caderas. Olía a sudor limpio, a caballo y a hombre de verdad, no a colonia barata. Mi corazón latía como tamborazo zacatecano, y entre mis piernas ya sentía esa humedad traicionera que me delataba.

Capitulo 159 de abismo de pasion, pensé mientras abría mi diario mental. Esta noche, el abismo me tragaría entera.

Nos sentamos en la hamaca tejida, balanceándonos lento. Él sirvió los shots, el líquido ámbar brillando bajo la luz mortecina. "Por los viejos tiempos, carnalita", brindó, y al chocar los vasos, su rodilla rozó la mía. Ese toque fue eléctrico, como un rayo en la sierra. Hablamos de todo y nada: de las fiestas en el pueblo, de cómo el tequila nos hacía recordar sabores olvidados. Pero sus ojos devoraban mi escote, donde el vestido ligero de algodón se pegaba a mis pechos por el calor. Yo no era tonta; veía cómo su pantalón se tensaba, esa bultona que gritaba deseo puro.

La tensión crecía como tormenta de verano. Mi mente daba vueltas: ¿Y si alguien nos ve? ¿Y si esto arruina todo? Pero el alcohol aflojaba mis miedos, y su mano subió por mi muslo, despacio, explorando la piel suave hasta el borde de mis panties de encaje. "Angélica, desde chavos te quería así, abierta pa' mí", murmuró, su aliento caliente en mi cuello. Gemí bajito, el sonido perdido en el canto de los grillos. El olor de su excitación, ese almizcle varonil, me mareaba más que el tequila.

Lo besé primero, harta de esperar. Sus labios eran firmes, sabían a sal y tequila, y su lengua invadió mi boca con hambre de lobo. Me recargué en él, sintiendo su pecho duro contra mis tetas, los pezones endureciéndose como piedritas. Sus manos amasaron mis nalgas, apretando con fuerza juguetona. "¡Ay, wey, qué rico!", solté entre besos, riendo como pendeja enamorada. Él me levantó en brazos, fuerte como toro, y me llevó al cuarto de huéspedes, donde la cama king size nos esperaba con sábanas de hilo egipcio.

Acto dos: la escalada. Me tiró suave sobre el colchón, el aire fresco besando mi piel caliente. Se quitó la camisa, revelando abdominales marcados por el sol, vello oscuro bajando hasta su ombligo. "Mírate, Gael, pareces Dios hecho hombre", le dije, lamiéndome los labios. Él se rio, esa carcajada grave que vibraba en mi clítoris. Se arrodilló entre mis piernas, subiendo mi vestido hasta la cintura. Sus dedos juguetearon con el encaje húmedo, rozando mi rajita hinchada. "Estás chorreando, mi reina", gruñó, y metió un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas.

Mi cuerpo se arqueó, jadeos escapando como suspiros de mariachi. El sonido de mis jugos chapoteando con sus movimientos era obsceno, delicioso. Olía a sexo puro, a mujer en celo mezclada con su sudor. Lamí su cuello, saboreando la sal, mientras él chupaba mis tetas por encima del vestido, mordisqueando los pezones hasta doler placenteramente. "Más, cabrón, no pares", le rogué, clavando uñas en su espalda. Él bajó su boca, besando mi vientre, mi monte de Venus, hasta enterrar la cara en mi coño. Su lengua era mágica: lameditas largas, círculos en el clítoris, succionando como si fuera pulque fresco.

Yo temblaba, el placer subiendo como ola en Acapulco. Pensamientos locos: Esto es mi abismo, y quiero ahogarme. Lo empujé hacia arriba, desesperada por sentirlo dentro. Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre: gruesa, venosa, la cabeza morada brillando de precum. La tomé en mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso furioso. "Te la chupo, papacito", dije, y la metí en mi boca, saboreando el gusto salado, musgoso. Él gimió fuerte, enredando dedos en mi pelo, follando mi garganta con cuidado, pero profundo.

La intensidad crecía. Me puse encima, cabalgándolo como jinete en palenque. Su pija me llenaba entera, estirándome delicioso, rozando cada paredeta sensible. Rebotaba, tetas saltando, sudor chorreando entre nosotros. Él pellizcaba mis nalgas, azotando suave: clap clap contra su piel. "¡Sí, así, montame!", rugía. El cuarto olía a sexo crudo, a pieles chocando, a orgasmos cercanos. Mi clítoris frotaba su pubis, chispas de placer acumulándose.

Cambié de posición, él encima ahora, misionero intenso. Sus embestidas eran profundas, salvajes, el catre crujiendo como vaquero en rodeo. Me besaba el cuello, mordiendo oreja: "Te amo, Angélica, siempre". Lágrimas de emoción mezcladas con placer. Mi orgasmo llegó primero: un tsunami, contracciones apretando su verga, gritando "¡Me vengo, wey!". Él no tardó, hinchándose dentro, chorros calientes llenándome, gimiendo mi nombre como oración.

El afterglow fue puro paraíso. Nos quedamos pegados, sudorosos, respiraciones entrecortadas calmándose. Su peso sobre mí era reconfortante, su verga ablandándose aún dentro. Besos suaves, caricias perezosas. "Esto no fue un error, ¿verdad?", pregunté, voz ronca. Él sonrió, limpiando una lágrima mía: "No, mi vida. Es nuestro principio". El viento traía olor a tierra mojada de la lluvia lejana, y en mi mente, cerraba el capítulo con paz.

Fin del Capitulo 159 de abismo de pasion. Pero el deseo... ese nunca acaba.

Afuera, las estrellas guiñaban, testigos mudos de nuestro abismo compartido. Mañana sería otro día, pero esta noche, éramos invencibles en nuestra pasión desbordante.

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