Cantar Es Mi Pasión Desnuda
La luz tenue del bar en Polanco parpadeaba al ritmo de las luces neón, y el aire estaba cargado con el olor a tequila reposado y cigarros finos. Me subí al escenario con el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano, ajustándome el vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa ranchera moderna. Cantar es mi pasión, me repetía en la cabeza mientras tomaba el micrófono. La guitarra del Mariachi Fusion empezó a sonar, y solté la primera nota de "Cielito Lindo" con un twist sensual, mi voz ronca envolviendo el lugar como humo dulce.
Abajo, entre la multitud de cuates bien vestidos y morras elegantes, lo vi. Alto, moreno, con ojos que brillaban como estrellas en el desierto de Sonora. Me clavó la mirada mientras cantaba, y sentí un cosquilleo en la piel, como si su atención me desnudara nota a nota. Terminé la rola con un vibrato que hizo que varios gritaran ¡Órale, qué chida! Bajé del escenario sudando un poquito, el calor de las luces mezclándose con el del ambiente.
¿Quién es ese wey que me mira como si ya me conociera de toda la vida?
Se acercó a la barra donde pedí un caballito de Patrón. Netamente impresionante tu voz, carnala. Me prendiste con eso
, dijo con una sonrisa pícara, su voz grave como un requinto. Se llamaba Diego, tocaba bajo en una banda de rock alternativo con toques de son jarocho. Charlamos de música, de cómo cantar es mi pasión desde chiquita, de esas noches en que la voz se me escapa del alma. Él olía a colonia fresca con un toque de tabaco, y cada vez que reía, su aliento cálido rozaba mi oreja.
La noche avanzaba, el bar se llenaba de risas y clinks de vasos. Bailamos un huapango moderno, sus manos firmes en mi cintura, el roce de su pecho contra el mío acelerándome el pulso. Ven a mi depa, Ana. Tengo un estudio chiquito donde podemos improvisar algo juntos. Sin presiones, nomás música
, murmuró al oído. Le seguí la corriente, el deseo picándome como chile en nogada. Subimos a su coche, un Tsuru tuneado con bocinas potentes, y en el camino cantamos a grito pelado "La Chona", riéndonos como pendejos felices.
Su depa en la Roma era un oasis: paredes con posters de Caifanes y José Alfredo, una guitarra acústica en la esquina y un colchón king size con sábanas de algodón egipcio. Canta para mí, como en el bar pero más íntimo
, pidió, sirviéndome un mezcal con sal y limón. Me senté en la cama, el vestido subiéndose un poco por los muslos, y empecé "Amor Eterno" bajito, mi voz temblando de anticipación. Él se acercó, arrodillándose frente a mí, sus dedos trazando mi rodilla despacio.
El aire se espesó con el olor de nuestra piel calentándose. Esto es lo que necesitaba, soltar la pasión que llevo dentro, pensé mientras su mano subía por mi muslo, suave como pluma de garza. Nuestros labios se encontraron en un beso salado de mezcal, lenguas danzando como en un bolero. Lo jalé hacia mí, sintiendo su dureza presionando contra mi vientre. Me vuelves loca, Diego. Tu toque es como una rola que no puedo dejar de escuchar
, gemí contra su boca.
Deslicé su camisa por sus hombros anchos, besando el sabor salado de su cuello, inhalando su aroma masculino mezclado con el mío. Él desabrochó mi vestido con dedos temblorosos, exponiendo mis pechos al aire fresco. Sus labios capturaron un pezón, chupando con hambre suave, enviando chispas de placer directo a mi centro. ¡Ay, wey! grité bajito, arqueándome. Mis manos bajaron a su pantalón, liberando su verga tiesa, palpitante, caliente como hierro al rojo.
Cantar es mi pasión, pero esto... esto es mi fuego secreto desatado
Lo empujé sobre la cama, montándome a horcajadas. Froté mi humedad contra él, lubricándonos mutuamente, el sonido húmedo de nuestros cuerpos uniéndose como percusión erótica. Entra en mí, cabrón. Lento, que lo sienta todo
, le ordené, guiándolo adentro. Me llenó por completo, estirándome delicioso, y empecé a moverme al ritmo de una cumbia imaginaria, mis caderas girando, su pelvis chocando contra la mía con palmadas suaves.
El sudor nos cubría, brillando bajo la luz de una lamparita. Olía a sexo puro, a deseo crudo, a esa mezcla de fluidos que enloquece. Sus manos amasaban mis nalgas, guiándome más rápido, mientras yo canturreaba fragmentos de rancheras entre jadeos: ¡Cielito lindo... de la Sierra Morena!
Él reía ronco, Sigue cantando, mami, tu voz me calienta más
. El placer subía como marea en Acapulco, mis paredes apretándolo, su punta rozando ese punto que me hacía ver estrellas.
Cambié de posición, él encima ahora, embistiéndome profundo con thrusts controlados, sus bolas golpeando mi piel sensible. Mordí su hombro, saboreando el salado, mientras mis uñas arañaban su espalda. Esto es empoderador, tomar lo que quiero, darlo todo. El clímax se acercaba, mi voz convirtiéndose en gemidos agudos, su respiración agitada como viento en el desierto. Vente conmigo, Ana... ¡ahora!
rugió, y explotamos juntos, mi coño convulsionando alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas, su semen caliente llenándome en pulsos interminables.
Caímos jadeantes, cuerpos entrelazados, el corazón martillando en unisono. El cuarto olía a nosotros, a satisfacción profunda. Besó mi frente, Eres increíble, neta. Tu pasión por cantar se siente en todo lo que haces
. Sonreí, trazando círculos en su pecho con el dedo. Y tú me haces sentir viva, como si cada nota fuera un orgasmo
.
Nos quedamos así un rato, hablando de sueños musicales, planeando una jam session para la próxima. Me vestí con pereza, su mirada siguiéndome como caricia. Al salir, el amanecer teñía el cielo de rosa, y tarareé bajito cantar es mi pasión, ahora con un matiz nuevo, más carnal, más mío. Diego me abrazó en la puerta, prometiendo más noches así. Caminé a mi coche con las piernas flojas, el cuerpo zumbando de recuerdos táctiles, sabiendo que esto era solo el principio de una sinfonía erótica.