Pasion Prohibida Capitulo 52 El Fuego que Nos Consume
Ana se miró en el espejo del baño de su departamento en Polanco, el corazón latiéndole como tambor en fiesta de pueblo. Llevaba un vestido negro ajustado que abrazaba sus curvas como manos ansiosas, el escote dejando ver justo lo suficiente para volver loco a cualquiera. Hacía meses que no se sentía así de viva, desde que su matrimonio con Roberto se había convertido en una rutina fría como el piso de mármol de la casa. Pero esta noche era diferente. Esta noche era Pasion Prohibida Capitulo 52, como si su vida secreta con Diego fuera una novela que no podía dejar de leer.
El timbre sonó, y Ana sintió un cosquilleo en la piel, como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad. Abrió la puerta y ahí estaba él, Diego, con esa sonrisa pícara que la desarmaba. Alto, moreno, con ojos café que prometían pecados deliciosos. Vestía una camisa blanca remangada, dejando ver los antebrazos fuertes de quien trabaja en construcción pero sueña con más. Era el carnal de Roberto, su cuñado, el secreto prohibido que las hacía temblar de emoción y culpa.
—Órale, Ana, estás chida —dijo él, entrando con esa confianza de güey que sabe lo que provoca—. ¿Roberto ya se fue a su viaje de negocios?
—Sí, carnal, hasta el lunes no regresa. Ven, pasa, no vaya a ser que los vecinos chismosos nos vean.
Se sentaron en el sofá de la sala, con vistas a las luces de la Ciudad de México parpadeando como estrellas coquetas. Ana sirvió tequila en vasos de cristal, el aroma fuerte y ahumado llenando el aire. Sus rodillas se rozaron accidentalmente, y el calor de su piel la hizo jadear bajito. ¿Por qué tiene que ser tan tentador? Somos familia por matrimonio, pendejos, esto está mal... pero qué rico se siente, pensó ella, mientras su mente revivía las noches pasadas robadas.
Hablaron de todo y nada: del tráfico infernal de Reforma, de la última novela de Televisa, de cómo la vida los había unido en esta danza peligrosa. Diego la miró fijo, su mano subiendo despacio por su muslo, el roce de sus dedos callosos enviando chispas por su espina dorsal.
—Ana, neta, no aguanto más. Cada vez que te veo con mi hermano, me hierve la sangre. Eres mía, aunque sea en secreto.
Ella no respondió con palabras. Se inclinó y lo besó, un beso hambriento que sabía a tequila y deseo reprimido. Sus lenguas danzaron, explorando, el sabor salado de su boca mezclándose con el dulzor de la fruta que había comido antes. Diego la atrajo hacia él, sus manos grandes cubriendo su cintura, el olor de su colonia fresca invadiendo sus sentidos como una droga adictiva.
Esto es pasion prohibida, susurró su conciencia, pero su cuerpo gritaba sí.
El beso se profundizó, y Ana sintió su verga endureciéndose contra su vientre, dura y palpitante. Se separaron jadeantes, el sonido de sus respiraciones entrecortadas llenando la habitación. Diego la cargó en brazos, riendo bajito, y la llevó al cuarto. La cama king size los esperaba, sábanas de algodón egipcio suaves como caricia.
La recostó con gentileza, pero sus ojos ardían. Se quitó la camisa, revelando un torso marcado por horas en el gym improvisado de su taller. Ana lo miró, lamiéndose los labios, el pulso acelerado en su cuello. Él se arrodilló entre sus piernas, subiendo el vestido lento, besando cada centímetro de piel expuesta. El roce de sus labios en sus muslos internos la hizo arquearse, un gemido escapando de su garganta.
—Diego... ay, güey, me traes loca —murmuró ella, las uñas clavándose en las sábanas.
Sus dedos encontraron su tanga de encaje, húmeda ya de anticipación. La apartó con delicadeza, inhalando su aroma almizclado, ese olor a mujer excitada que lo volvía feral. Su lengua la tocó primero, un lametón largo que la hizo gritar. Saboreó su clítoris hinchado, chupando suave, luego fuerte, el sonido húmedo de su boca contra ella resonando como música prohibida. Ana se retorcía, el placer subiendo en olas, sus pechos subiendo y bajando con cada respiración agitada.
La penetró con dos dedos, curvándolos justo ahí, el punto que la hacía ver estrellas. Qué chingón es él, sabe mi cuerpo mejor que nadie, pensó, mientras el orgasmo la barría como tormenta en el desierto. Gritó su nombre, el cuerpo convulsionando, jugos calientes mojando su mano.
Diego se levantó, quitándose el pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la punta brillando de pre-semen. Ana la tomó en mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre acero. La masturbó lento, mirándolo a los ojos, luego se la llevó a la boca. El sabor salado la embriagó, chupando la cabeza, lamiendo el tronco, sus bolas pesadas en su palma. Él gruñó, las caderas moviéndose instintivo.
—Ana, mi reina, qué rico chupas... pero ya quiero estar dentro de ti.
Se posicionó, frotando la punta contra su entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, el estiramiento delicioso llenándola por completo. Ambos jadearon al unísono, el sonido de piel contra piel iniciando el ritmo. Diego embestía profundo, sus caderas chocando, el sudor perlando sus cuerpos, oliendo a sexo crudo y pasión desatada.
Ana clavó las uñas en su espalda, arañando leve, sintiendo los músculos tensos bajo sus dedos. Él le mordió el cuello, suave, el dolor placentero mezclándose con el éxtasis. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona, sus tetas rebotando, pezones duros rozando su pecho. El control era suyo ahora, bajando duro, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas.
—Más fuerte, carnal, dame todo —exigió ella, el cabello revuelto cayendo como cascada.
El clímax se acercaba, tensiones acumuladas explotando. Diego la volteó a cuatro patas, penetrándola desde atrás, una mano en su clítoris, la otra jalando su pelo con permiso implícito. El slap-slap de sus cuerpos era hipnótico, el aroma de sus fluidos mezclados embriagador. Ana vino primero, un grito ahogado, su coño apretándolo como vicio.
Él la siguió, gruñendo como animal, llenándola de semen caliente, chorros pulsantes que la hicieron temblar de nuevo. Colapsaron juntos, exhaustos, piel pegajosa contra piel, corazones galopando al unísono.
En el afterglow, Diego la abrazó por detrás, besando su hombro. El aire olía a sexo y sábanas revueltas, la ciudad zumbando afuera como testigo mudo.
Esto es Pasion Prohibida Capitulo 52, pensó Ana, pero no el último. Mientras Roberto no sepa, este fuego nos consumirá deliciosamente.
Se durmieron entrelazados, el amanecer filtrándose por las cortinas, prometiendo más capítulos en su saga secreta. Ana sonrió en sueños, sabiendo que el prohibido siempre sabe más dulce.