La Pasion de Manuel Hernandez
La música retumbaba en las calles empedradas de la colonia Roma, con ese ritmo de cumbia rebajada que te hace mover las caderas sin querer. Era una de esas noches calurosas de verano en la Ciudad de México, donde el aire huele a tacos al pastor y a jazmines en flor. Yo, Sofia, acababa de salir con mis cuates del trabajo, riéndonos de las pendejadas del jefe. Llevaba un vestido negro ajustado que me hacía sentir chida, como si el mundo fuera mío esa noche.
Ahí lo vi, recargado en la barra del bar, con una cerveza en la mano y una sonrisa que iluminaba todo. Manuel Hernández. Alto, moreno, con ojos cafés profundos que parecían devorarte. Su camisa blanca desabotonada dejaba ver un pecho tatuado con un águila real, y su pelo negro revuelto le daba ese aire de galán de telenovela, pero neta más real, más hombre. Me miró directo, y sentí un cosquilleo en el estómago, como si ya supiera que esa noche iba a ser diferente.
—¿Qué onda, preciosa? ¿Te invito una chela? —me dijo con voz grave, ronca, que me erizó la piel.
Le sonreí, coqueta. —Órale, guapo. Pero que sea fría, ¿eh?
Charlamos un rato, riéndonos de todo. Me contó que era fotógrafo, que capturaba la pasión de la ciudad en sus lentes: las luces neón, los besos robados en el Metro, la vida que hierve en cada esquina. Manuel Hernández pasión hecha hombre, pensé, mientras su mano rozaba la mía al pasarme la cerveza. El olor de su colonia, mezcla de madera y cítricos, me invadió las fosas nasales. Su piel tibia contra la mía era como una promesa.
¿Qué carajos me pasa? Este wey me tiene toda mojadita con solo mirarme. Neta, Sofia, contrólate, pero ¿y si no quiero?
La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. Salimos a la terraza, el viento nocturno jugaba con mi pelo, y él se acercó más. Su aliento olía a cerveza y a menta, fresco. Me besó entonces, suave al principio, probando. Sus labios carnosos se pegaron a los míos, y abrí la boca para él, sintiendo su lengua explorar, caliente y demandante. Gemí bajito, y sus manos bajaron a mi cintura, apretándome contra su cuerpo duro. Sentí su erección presionando mi vientre, gruesa y palpitante bajo los jeans.
—Ven conmigo —me susurró al oído, mordisqueándome el lóbulo. Su voz era pura electricidad.
Asentí, sin palabras. Tomamos un taxi hasta su depa en la Condesa, un lugar chulo con paredes de ladrillo visto y fotos suyas por todos lados. Apenas cerramos la puerta, me empujó contra la pared, besándome con hambre. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, tocando mi piel desnuda. Olía a su sudor limpio, masculino, mezclado con el aroma de su piel morena.
—Mamacita, qué rica estás —gruñó, mientras sus dedos rozaban mis bragas húmedas.
Lo jalé de la camisa, quitándosela. Su pecho era firme, pectorales duros bajo mis palmas. Lamí un pezón, saboreando la sal de su piel, y él jadeó, arqueando la espalda. Bajé la mano a su entrepierna, apretando esa verga que ya pedía guerra. La sentí crecer, caliente como hierro bajo la tela.
Me cargó como si no pesara nada y me llevó a la cama king size, con sábanas de algodón suave que olían a él. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sus labios en mi cuello, chupando, dejando marcas rojas que dolían rico. Bajó a mis tetas, mamándolas con avidez, la lengua girando en los pezones endurecidos. Gemí fuerte, arqueándome, mis uñas clavándose en su espalda musculosa.
¡Chingado, qué bien besa este cabrón! Me va a volver loca, siento mi concha latiendo por él.
Le desabroché los jeans, liberando su verga gruesa, venosa, con la cabeza roja y brillante de precum. La tomé en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma. Él gruñó, profundo, animal. —Chúpamela, corita —me pidió, y yo, ansiosa, me arrodillé.
La metí a la boca, saboreando el gusto salado y almizclado. La chupé hondo, hasta la garganta, mientras él me agarraba el pelo, guiándome. Los sonidos eran obscenos: mis labios succionando, su verga chapoteando en mi saliva. Él jadeaba, —¡Sí, así, qué chingona! El olor de su sexo me mareaba, excitándome más.
No aguantó mucho. Me levantó y me tiró en la cama, quitándome las bragas de un jalón. Su boca fue directo a mi concha, lamiendo mis labios hinchados, chupando el clítoris con maestría. Sentí su lengua caliente, áspera, metiéndose dentro, bebiendo mis jugos. Olía a mi propia excitación, dulce y fuerte. Gemí como loca, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda, que raspaba delicioso.
—Estás empapada, putita rica —dijo, metiendo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. Me corrí fuerte, temblando, gritando su nombre. Manuel Hernández, pura pasión.
Pero él no paró. Se puso un condón rápido y se posicionó entre mis piernas. Su verga rozó mi entrada, lubricada y lista. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Era enorme, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena pulsando dentro, su calor invadiéndome.
—Córrete conmigo, le rogué, y él empezó a bombear, lento al principio, profundo. El sonido de piel contra piel, chap chap chap, llenaba la habitación. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos pegándose. Sus manos amasaban mis nalgas, levantándome para clavarse más hondo. Yo arañaba su espalda, mordiendo su hombro para no gritar tanto.
¡Ay, wey, me vas a partir en dos! Pero qué rico, no pares, dame más de tu pasión.
Aceleró, follándome duro, la cama crujiendo bajo nosotros. El aire olía a sexo crudo, a sudor y fluidos. Sus bolas golpeaban mi culo, rítmicas. Me volteó a cuatro patas, agarrándome las caderas, embistiéndome como toro. Sentí su verga tocar mi cervix, un placer-dolor que me volvía loca. Alcancé mi segundo orgasmo, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo.
—¡Me vengo! —rugió, y se vació dentro, pulsando, caliente incluso a través del látex. Colapsamos juntos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante.
Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados. Su corazón latía fuerte contra mi pecho, su piel pegajosa y tibia. Me besó la frente, suave. —Qué noche, Sofia. Tu cuerpo es fuego puro.
Yo sonreí, trazando sus tatuajes con el dedo. —Tú tampoco estás tan pendejo, Manuel Hernández. Esa pasión tuya... me dejó sin aliento.
Nos quedamos así, escuchando el tráfico lejano y la lluvia que empezaba a caer. Sabía que no era solo un polvo; había conexión, esa chispa mexicana de almas que se reconocen en la noche. Mañana quién sabe, pero esa noche, su pasión me había marcado para siempre.