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El Libro El Precio de la Pasion

6833 palabras

El Libro El Precio de la Pasion

Entré a la librería en el corazón de Polanco, con el sol de la tarde tiñendo todo de un naranja cálido que se colaba por las vitrinas. El aroma a papel viejo y café recién molido me envolvió como un abrazo familiar. Buscaba algo que me sacara de la rutina, algo que encendiera esa chispa que andaba perdida en mi vida de oficina y cenas solitarias. Mis ojos se posaron en un estante de novedades, y ahí estaba: el libro El Precio de la Pasion. La portada, con una silueta de cuerpos entrelazados bajo una luz tenue, prometía secretos prohibidos. Lo tomé, sintiendo el lomo suave bajo mis dedos, y una corriente eléctrica me recorrió la piel.

¿Qué rayos me pasa? Solo es un pinche libro, pensé mientras hojeaba las primeras páginas. Palabras que describían toques hambrientos, respiraciones entrecortadas, el sabor salado del deseo. Mi pulso se aceleró, y noté cómo mis pezones se endurecían contra la blusa de algodón. Justo entonces, una voz grave y ronca interrumpió mi trance.

—Neta, ese libro es una bomba. Te va a dejar con las calzones empapados.

Me giré y ahí estaba él: alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el tequila bajo la luna. Vestía una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que abrazaban sus muslos fuertes. Olía a sándalo y algo más, algo masculino que me hizo tragar saliva.

¿Perdón? —respondí, riendo nerviosa, sintiendo el calor subir a mis mejillas.

—Soy Alex, el carnal que trabaja aquí. Y tú... pareces lista para pagar el precio de la pasion que promete ese libro.

Su sonrisa pícara me desarmó. Charlamos un rato, coqueteando con frases del libro que él ya había leído. Me contó que era de Guadalajara, pero que la Ciudad de México lo había atrapado con su caos vibrante. Yo, Ana, una morra de 28 años harta de tipos aburridos, sentí esa tensión inicial crecer como una ola. Le compré el libro, pero antes de irme, me invitó a un café en la terraza de al lado. ¿Por qué no? La vida es pa' vivirse, me dije.

Nos sentamos bajo un toldo, con el bullicio de la avenida de fondo: cláxones lejanos, risas de transeúntes, el vapor del café mexicano subiendo en espirales. Hablamos de todo: de cómo el libro describía besos que queman la piel, de pasiones que exigen un precio alto pero valen cada suspiro. Sus rodillas rozaron las mías bajo la mesa, un toque casual que envió chispas por mis piernas. Olía su colonia mezclada con el dulzor de las flores cercanas, y mi mente ya volaba a escenarios prohibidos.

—Ven a mi depa esta noche —me dijo al fin, su voz baja como un ronroneo—. Leemos juntos el libro El Precio de la Pasion. Sin compromisos, solo... curiosidad.

¿Curiosidad? Ese pendejo sabe lo que provoca. Asentí, el corazón latiéndome en la garganta.

El departamento de Alex estaba en una colonia chida, con vistas al skyline iluminado. Entramos riendo, con una botella de mezcal en la mano. El aire olía a incienso de copal y a él, ese aroma que ya me tenía loca. Nos sentamos en el sofá de piel suave, el libro entre nosotros. Empezó a leer en voz alta, su tono grave haciendo que cada palabra se sintiera como una caricia.

—"Sus dedos trazaron la curva de su cadera, bajando lento hasta el calor húmedo..." —leyó, y su mano imitó el gesto en mi muslo, por encima de la falda.

Sentí el calor de su palma a través de la tela, mi piel erizándose. El mezcal ardía en mi lengua, dulce y ahumado, mientras mi respiración se aceleraba. Lo miré, sus labios entreabiertos, y no pude más. Lo besé, un beso hambriento que sabía a tequila y promesas. Sus manos subieron por mi espalda, desabrochando mi blusa con maestría. La tela cayó, exponiendo mis senos al aire fresco, mis pezones duros como piedras.

Qué rico se siente esto, sin prisas, solo puro instinto.

Me recostó en el sofá, su boca bajando por mi cuello, lamiendo el sudor salado que ya perlaba mi piel. Gemí bajito, el sonido ahogado por el zumbido de la ciudad allá afuera. Sus dientes rozaron mi clavícula, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Olía mi aroma, ese almizcle femenino mezclado con perfume de vainilla, y gruñó de aprobación.

—Eres deliciosa, Ana. Déjame pagarte el precio de la pasion como se debe.

Me quitó la falda, sus dedos explorando mis muslos internos, rozando la humedad de mis calzones. Los deslizó con lentitud, besando cada centímetro de piel expuesta. El roce de su barba incipiente en mis ingles me hizo arquear la espalda. Finalmente, su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con hambre, saboreando mi néctar dulce y salado. Chillé, mis manos enredándose en su cabello negro, el sofá crujiendo bajo nosotros. Cada lamida era un fuego, mi pulso retumbando en mis oídos como tambores.

Pero quería más. Lo jalé arriba, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi vientre. La tomé en la mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo la piel. La masturbé lento, oyendo sus jadeos roncos, oliendo el sudor fresco de su excitación.

—Cógeme ya, Alex. No aguanto.

Se posicionó, frotando la punta contra mi entrada húmeda. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemimos juntos, el sonido crudo y animal. Sus caderas empezaron a moverse, un ritmo pausado al principio, cada embestida profunda rozando ese punto dentro de mí que me volvía loca. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, mezclado con nuestros alaridos. Sudor goteaba de su pecho al mío, salado en mi lengua cuando lo lamí.

Esto es el precio: perderse en el otro, pagar con el alma.

Aceleró, sus manos apretando mis nalgas, levantándome para penetrar más hondo. Mis uñas se clavaron en su espalda, dejando marcas rojas. El orgasmo me golpeó como un tren, olas de placer convulsionando mi cuerpo, mi panocha apretándolo como un vicio. Él siguió, gruñendo mi nombre, hasta que explotó dentro, su semen caliente llenándome, su cuerpo temblando sobre el mío.

Nos quedamos así, enredados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. El libro caído en el suelo, abierto en una página de redención post-pasión. Su cabeza en mi pecho, oyendo mi corazón ralentizarse. Olía a sexo, a nosotros, a algo nuevo y adictivo.

El libro El Precio de la Pasion no miente —murmuró, besando mi piel húmeda—. Vale cada gota.

Sonreí, acariciando su cabello. Por primera vez en mucho tiempo, me sentía viva, empoderada, dueña de mi deseo. Afuera, la noche mexicana cantaba con luces y promesas. Mañana quién sabe, pero esta noche, el precio estaba pagado con creces.

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