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Pasión Musical Carnal

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Pasión Musical Carnal

Entré al bar de la Condesa esa noche con el corazón latiéndome como tambor de cumbia. El aire estaba cargado de humo de cigarro y ese olor dulzón a tequila reposado que tanto me gustaba. La banda ya estaba armando el desmadre en el escenario, con guitarras roncas y un bajo que retumbaba en mi pecho. Yo, Ana, una chava de veintiocho que trabaja en una galería de arte por las tardes, necesitaba soltar el estrés de la semana. Órale, esta noche me dejo llevar, pensé mientras pedía un paloma en la barra.

Ahí lo vi. El guitarrista principal, un morro alto y moreno con pelo negro revuelto y una playera ajustada que marcaba sus bíceps. Se llamaba Marco, lo supe después, pero en ese momento solo era él, el que hacía vibrar las cuerdas con una pasión que me erizaba la piel. Sus dedos volaban sobre el mástil, y cada nota era como una caricia prohibida. Nuestras miradas se cruzaron durante el solo de la tercera rola, una balada ranchera con toques de rock que hablaba de amores imposibles. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si su música me estuviera desnudando despacito.

La gente bailaba alrededor, cuerpos sudados rozándose en la penumbra. Yo me moví al ritmo, mis caderas ondulando con la percusión. Olía a perfume barato mezclado con sudor fresco, y el sabor del limón de mi trago me refrescaba la boca seca. Marco no quitaba los ojos de mí mientras tocaba.

¿Qué carajos me pasa? Este wey me está viendo como si ya me tuviera en su cama
, me dije, pero no paré de bailar. Al final del set, la banda se bajó entre aplausos y gritos de "¡Otra!". Él se acercó a la barra, directo hacia mí.

Qué buena onda tu forma de moverte, nena —me dijo con una sonrisa pícara, su voz grave como el bajo que acababa de dejar atrás—. Soy Marco. ¿Vienes seguido por acá?

—Ana —respondí, sintiendo el calor de su cuerpo cerca del mío—. Primera vez, pero neta que tu guitarra me prendió. Esa pasión musical que le metes... uff, se siente en las tripas.

Se rio, un sonido ronco que me vibró en los oídos. Pidió dos tequilas y chocamos vasos. Hablamos de música, de cómo él había crecido en Guadalajara tocando en fiestas familiares, de mis pinturas inspiradas en el Frida Kahlo pero con un twist moderno. El bar seguía latiendo, pero nosotros estábamos en nuestro propio ritmo. Sus ojos cafés me devoraban, y yo sentía mi piel ardiendo bajo la blusa de encaje.

La tensión crecía con cada sorbo. Su mano rozó la mía al pasar el limón, y un chispazo eléctrico me subió por el brazo. Quiere algo, y yo también, carajo. Lo invité a bailar una cumbia que sonaba, pegaditos en la pista improvisada. Su pecho duro contra mis tetas, su aliento cálido en mi cuello oliendo a menta y tequila. Sus manos en mi cintura bajaban despacio, explorando la curva de mis caderas. Yo arqueé la espalda, presionándome contra su verga que ya se notaba dura bajo los jeans.

Estás rica, Ana. Me estás volviendo loco con ese meneo —murmuró en mi oreja, su barba raspándome la piel de forma deliciosa.

Entonces haz algo al respecto, guapo —le contesté juguetona, mordiéndome el labio.

Nos fuimos de ahí en su moto, el viento fresco de la noche azotándonos mientras corríamos por Insurgentes. Llegamos a su depa en la Roma, un lugar chiquito pero con posters de rockeros y una guitarra eléctrica en la esquina. Puso una playlist suave, boleros con guitarra acústica que llenaron el aire de promesas. Nos besamos de pie en la sala, sus labios suaves pero urgentes, lengua saboreando la mía con gusto a sal y deseo.

Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que dejaba al descubierto. Sus manos callosas de tanto tocar cuerdas me masajeaban las tetas, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras. Yo gemí bajito, oliendo su aroma masculino, a jabón y sudor limpio.

Esto es pura pasión musical, como si su cuerpo fuera el instrumento y yo la melodía
. Le arranqué la playera, lamiendo su pecho tatuado con una rosa de los vientos, saboreando la sal de su piel.

Caímos en la cama, un colchón king que crujió bajo nuestro peso. Él se arrodilló entre mis piernas, bajándome los shorts y las tangas de un jalón. Su boca se hundió en mi panocha, lengua experta lamiendo mi clítoris hinchado. Sentí el calor húmedo de su saliva mezclándose con mis jugos, el roce áspero de su barba en mis muslos internos. ¡Ay, wey, qué rico! No pares, pensé mientras mis caderas se levantaban solas, follándole la cara. Él gruñía de placer, dedos metiéndose en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.

Lo volteé, queriendo devorarlo yo. Le bajé los jeans y su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillando de precum. La tomé en la mano, sintiendo su pulso acelerado como un redoble de tambores. La chupé despacio al principio, saboreando el gusto salado y almizclado, metiéndomela hasta la garganta mientras él me jalaba el pelo con ternura. —¡Qué chingona chupas, Ana! Me vas a hacer acabar ya —jadeó.

Pero no quería acabar así. Lo empujé sobre la cama y me subí encima, frotando mi coño mojado contra su pito duro. Nuestros ojos se clavaron mientras yo bajaba despacito, empalándome en él centímetro a centímetro. ¡Madre mía, qué llenadera! Llenó mi interior con su calor palpitante, estirándome deliciosamente. Empecé a cabalgarlo lento, sintiendo cada vena rozando mis paredes, el slap slap de piel contra piel mezclándose con la música de fondo.

Él me agarró las nalgas, guiándome más rápido. Sudábamos juntos, gotas resbalando por su abdomen definido hasta unirse en el punto donde nos conectábamos. Olía a sexo puro, a feromonas y pasión desatada. Cambiamos posiciones: él encima, embistiéndome profundo con thrusts potentes que me hacían gritar. —¡Sí, Marco, cógeme más duro! ¡Dame esa pasión musical en la verga! —le supliqué, arañándole la espalda.

Sus bolas chocaban contra mi culo, el ritmo acelerando como un solo de guitarra frenético. Sentí el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago hasta el clítoris. Él lo notó, mordiéndome el cuello mientras me follaba sin piedad. —Vente conmigo, nena, apriétame. Exploto primero, mi coño contrayéndose alrededor de su pito, chorros de placer mojándonos a los dos. Él rugió, llenándome de su leche caliente, pulsos y pulsos hasta que se derrumbó sobre mí.

Jadeando, nos quedamos así, cuerpos pegajosos entrelazados. La música seguía sonando bajito, un bolero que hablaba de amores eternos. Su cabeza en mi pecho, yo acariciándole el pelo húmedo. Esto fue más que un polvo, fue como si su alma musical se fundiera con la mía. Platicamos después, riéndonos de tonterías, planeando ir a tocar a la playa juntos algún día.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, me besó suave. —Vuelve pronto, Ana. Esta pasión musical apenas empieza. Salí de ahí con las piernas temblando, el cuerpo satisfecho y el corazón lleno. Neta, la música nunca sonó tan carnal.

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