Pasion Capitulo 79 El Reencuentro Inolvidable
Entré al departamento en la Roma con el corazón latiéndome a mil por hora. El aroma del mole poblano que Luis estaba preparando me envolvió como un abrazo cálido, mezclado con ese olor tan suyo a jabón fresco y un toque de sudor del día. Habían pasado dos semanas desde la última vez que nos vimos, por sus viajes de trabajo a Guadalajara y mis reuniones eternas en la agencia. Neta, wey, te extrañé tanto que duele, pensé mientras colgaba mi bolso en el perchero.
Luis salió de la cocina, con su camisa blanca arremangada dejando ver esos antebrazos fuertes que tanto me gustan. Sus ojos cafés brillaban bajo la luz tenue de las velas que había puesto en la mesa. "¡Órale, mi reina! Al fin llegaste", dijo con esa sonrisa pícara que me derrite. Me acerqué y lo abracé fuerte, sintiendo su pecho firme contra mis tetas, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela. Su mano bajó por mi espalda hasta mi nalga, apretándola juguetona. "Estás cañón con ese vestido rojo, Ana. Me traes loco desde que te vi en el chat esta mañana".
¡Ay, cabrón, si supieras lo que me provocas! Cada noche sola en la cama, tocándome pensando en ti, imaginando tu verga dura entrando en mí.
Nos sentamos a cenar, platicando de todo y nada: del pinche tráfico en Insurgentes, de su nuevo proyecto en Polanco, de mis ideas locas para una campaña de tequila. Pero el aire estaba cargado, como antes de una tormenta en el DF. Cada roce de su pie contra mi pierna bajo la mesa enviaba chispas por mi piel. Bebimos un vino tinto de Valle de Guadalupe, y con cada sorbo, el deseo crecía. "Sabes, amor, esta noche quiero que sea especial", murmuró él, su voz ronca rozándome el oído. Yo asentí, mordiéndome el labio, sintiendo mi calzón ya húmedo.
Después de la cena, puso música en el Spotify: un playlist de cumbia rebajada sensual, con Maluma susurrando promesas al oído. Me jaló a bailar en la sala, sus caderas pegadas a las mías, moviéndose lento, provocador. Sentí su erección presionando contra mi vientre, dura como piedra. "Mmm, Luis, qué chingón te sientes", le susurré, pasando mis uñas por su cuello. Él me besó el hombro, bajando el tirante de mi vestido. El roce de sus labios era fuego puro, su aliento caliente oliendo a vino y mole. Mis pezones se endurecieron al instante, rozando la tela.
La tensión subía como el calor de un comal. Sus manos exploraban mi espalda, bajando hasta mis muslos, subiendo el vestido poco a poco. Yo le desabotoné la camisa, besando su pecho moreno, lamiendo el salado de su piel. "Te deseo tanto, mi vida. Neta, no aguanto más", gemí. Él me cargó como si no pesara nada, llevándome al cuarto. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio frescas, iluminada por la luna que entraba por el ventanal con vista al skyline de la ciudad.
Me recostó suave, pero con urgencia. Se quitó la camisa, revelando ese six pack que tanto me enloquece, y yo me quité el vestido de un jalón, quedando en tanga negra y bra de encaje. "¡Qué mamacita tan rica!", exclamó él, sus ojos devorándome. Se acercó gateando sobre la cama, besándome desde los tobillos hacia arriba. Cada beso era una tortura deliciosa: su lengua trazando caminos húmedos en mis piernas, el roce de su barba incipiente erizándome la piel. Llegó a mis muslos internos, oliendo mi excitación. "Hueles a paraíso, Ana. Quiero comerte entera".
¡Virgen de Guadalupe, sus palabras me prenden como mecha! Siento mi concha palpitando, rogando por su boca.
Separó mis piernas con gentileza, besando mi monte de Venus a través de la tanga. La tela estaba empapada, y él la lamió, succionando mi clítoris hinchado. Grité bajito, arqueando la espalda. "Sí, así, mi rey... no pares". Se quitó mi tanga de un tirón y hundió la cara entre mis pliegues. Su lengua era mágica: lamía lento, círculos perfectos alrededor del clítoris, metiendo la punta dentro de mí, saboreando mis jugos. El sonido era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con mis gemidos. Olía a sexo puro, a deseo acumulado. Mis manos enredadas en su pelo negro, jalándolo más cerca. El placer subía en olas, mi vientre contrayéndose.
Pero no quería correrme aún. Lo empujé suave y lo volteé. "Ahora me toca a mí, pendejo". Me subí encima, besando su torso, bajando hasta su pantalón. Lo desabroché, liberando su verga gruesa, venosa, goteando precum. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el grosor que apenas cabe en mi boca. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el salado almizclado. Él gruñó, "¡Carajo, Ana, qué chida chupas!". La engullí profunda, moviendo la cabeza, mis tetas rebotando. Su mano en mi nuca guiándome, pero siempre suave, consensual, puro fuego mutuo.
La intensidad crecía. Me subí a horcajadas, frotando mi concha mojada contra su polla. "Entra en mí, Luis. Fóllame ya". Él asintió, ojos encendidos. Agarró mis caderas y me penetró de un empujón lento, milímetro a milímetro. ¡Dios! Lo sentía estirándome, llenándome hasta el fondo. El placer era abrumador: su grosor rozando mis paredes, el glande besando mi cervix. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. Nuestros jadeos llenaban la habitación, piel contra piel chapoteando, sudor perlando nuestros cuerpos.
Aceleramos. Él se sentó, abrazándome fuerte, chupando mis tetas mientras yo rebotaba. Mordisqueaba mis pezones, enviando descargas directas a mi clítoris. "¡Más fuerte, amor! Dame todo", rogaba yo. Cambiamos: él encima, misionero profundo, sus embestidas potentes pero cariñosas. Mis piernas alrededor de su cintura, uñas clavadas en su espalda. El olor de nuestro sudor, del sexo, era embriagador. Sentía el orgasmo acercándose, ese nudo en el estómago desenredándose.
Esto es pasión pura, capítulo 79 de nuestra historia de amor y lujuria. Cada vez mejor, más intenso, más nuestro.
"Me vengo, Luis... ¡juntos!", grité. Él aceleró, gruñendo mi nombre. El clímax nos golpeó como tsunami: mi concha contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándola, chorros de placer saliendo de mí. Él se derramó dentro, caliente, profundo, llenándome con su leche. Gemimos largo, temblando unidos. Colapsamos, su peso sobre mí reconfortante, nuestros corazones galopando al unísono.
Después, en la afterglow, nos quedamos abrazados, besos suaves, caricias perezosas. El aire olía a sexo satisfecho, a nosotros. "Te amo, Ana. Esta noche fue épica", murmuró él, besando mi frente. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. "Yo más, mi vida. Pasion Capitulo 79 de nuestra vida, inolvidable". Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban, pero en nuestro mundo, todo era paz y promesas de más capítulos ardientes. Dormimos entrelazados, sabiendo que el fuego nunca se apaga.