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Abismo de Pasion Cap 45

7388 palabras

Abismo de Pasion Cap 45

El sol de Puerto Vallarta se colaba por las cortinas de lino blanco, tiñendo la habitación de un naranja ardiente. Sofía se recargaba en el balcón de la villa, con el rumble constante de las olas rompiendo en la playa como un latido lejano. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel sudada por el calor húmedo, y el aroma salino del mar se mezclaba con su perfume de jazmín. Hacía semanas que no veía a Marco, su carnal de toda la vida, el wey que la volvía loca con solo una mirada. Neta, el deseo la carcomía por dentro, como un fuego que no se apagaba.

Desde que se reencontraron después de esa pelea tonta por celos, todo había sido un vaivén de mensajes calientes y llamadas a medianoche. "Ven, mamacita, no aguanto más", le había dicho él anoche por teléfono, con esa voz ronca que le erizaba la piel. Sofía sonrió para sí, sintiendo un cosquilleo entre las piernas. Qué chido sería si ya estuviera aquí, pensó, mientras el viento jugaba con su cabello negro largo.

De repente, oyó el motor de la camioneta Jeep acercándose por el camino de grava. Su pulso se aceleró. Ahí estaba Marco, bajándose con esa camisa guayabera desabotonada que dejaba ver su pecho moreno y tatuado, pantalones caqui ajustados que marcaban todo lo que ella adoraba. "¡Órale, Sofi!", gritó él, con una sonrisa pícara. Corrió hacia ella y la levantó en brazos como si no pesara nada, besándola con hambre. Sus labios sabían a menta y tequila, ásperos por la barba de tres días. Sofía gimió bajito, enredando las piernas en su cintura, sintiendo la dureza de él presionando contra su vientre.

Este wey me tiene en el abismo de pasion cap 45 de nuestra historia, pensó ella, recordando cómo siempre numeraban sus noches locas como capítulos de una telenovela propia.

La llevó adentro, depositándola en la cama king size cubierta de sábanas de hilo egipcio. El aire acondicionado zumbaba suave, contrastando con el bochorno exterior. Marco se quitó la camisa de un tirón, revelando músculos tensos por el gimnasio y el surf. "Te extrañé, corazón", murmuró, arrodillándose entre sus piernas. Sus manos grandes subieron por sus muslos, levantando el vestido hasta la cadera. Sofía jadeó cuando sintió sus dedos rozando el encaje de sus panties, ya húmedas de anticipación. El olor a su excitación flotaba en el aire, mezclado con el salitre que traía él de la playa.

"¿Cuánto me extrañaste?", preguntó ella, con voz juguetona, arqueando la espalda para que él viera sus pezones endurecidos bajo la tela fina.

"Tanto que me duele aquí", respondió Marco, presionando su erección contra su palma. Sofía rio, un sonido ronco y sensual, y lo jaló hacia ella para otro beso. Sus lenguas danzaron, explorando bocas con sabor a mar y deseo. Él le mordisqueó el cuello, dejando un rastro de besos húmedos que la hicieron temblar. Qué rico se siente su boca, pensó Sofía, mientras sus uñas se clavaban en su espalda, arañando suave la piel salada.

El primer acto de su pasión era siempre así: lento, como saboreando un taco al pastor bien sazonado. Marco deslizó el vestido por su cabeza, exponiendo sus senos plenos. Los tomó en sus manos, masajeándolos con pulgares que rozaban los pezones, enviando chispas directas a su clítoris. Sofía gimió más fuerte, el sonido rebotando en las paredes de adobe. "Sí, así, carnal", susurró, empujando sus caderas contra las de él. Él bajó la cabeza, chupando un pezón con avidez, lamiéndolo como si fuera miel de agave. El placer era eléctrico, un cosquilleo que subía por su espina dorsal.

Pero la tensión crecía. Sofía quería más, necesitaba sentirlo dentro. Lo volteó sobre la cama, montándose a horcajadas. "Hoy mando yo", dijo con una sonrisa maliciosa, desabrochando su cinturón. El sonido del metal tintineando fue como una promesa. Sacó su verga gruesa, venosa, ya goteando precum. Qué chula está, dura como piedra, pensó ella, lamiéndose los labios. La acarició con la mano, sintiendo el calor pulsante, el terciopelo sobre acero. Marco gruñó, sus caderas buckeando hacia arriba. "No juegues, Sofi, métetela ya".

Ella se quitó las panties de un jalón, exponiendo su panocha depilada, hinchada y brillante. Se posicionó sobre él, frotando la cabeza contra su entrada húmeda. El roce fue delicioso, un preview de lo que vendría. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirándola, llenándola por completo. "¡Pinche rico!", exclamó Marco, agarrando sus nalgas con fuerza, amasándolas. Sofía empezó a moverse, subiendo y bajando, el slap de piel contra piel uniéndose al zumbido del AC y las olas lejanas.

El medio tiempo de su abismo era puro fuego psicológico. Mientras cabalgaba, Sofía revivía sus recuerdos: las primeras veces en la playa de Sayulita, robándose besos en fiestas de Guadalajara, las noches en moteles de la Roma donde juraban amor eterno. Este wey es mi vicio, pensaba, acelerando el ritmo. Marco se incorporó, chupando sus tetas mientras embestía desde abajo, sus abdominales contrayéndose con cada thrust. El sudor les corría por la piel, goteando entre sus cuerpos. El aroma era embriagador: sexo crudo, sal, colonia masculina.

"Más fuerte, pendejo", lo provocó ella, clavando las uñas en su pecho. Él la volteó sin sacarla, poniéndola a cuatro patas. El cambio de ángulo la hizo gritar; ahora tocaba ese punto profundo que la volvía loca. Marco la cogía con pasión controlada, una mano en su cadera, la otra enredada en su pelo, jalando suave. "Eres mía, Sofi, toda mía", gruñía, su aliento caliente en su oreja. Cada embestida era un boom sónico, ondas de placer expandiéndose desde su centro. Ella metió una mano entre las piernas, frotando su clítoris hinchado, sintiendo el orgasmo construyéndose como una ola gigante.

La habitación olía a ellos: almizcle, sudor, jugos mezclados. Los gemidos subían de volumen, ahogando el mar. Sofía sentía su coño contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. "Me vengo, Marco, ¡no pares!", chilló, explotando en un clímax que la dejó temblando, estrellas detrás de los párpados cerrados. Él la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que la hicieron estremecer de nuevo.

Colapsaron juntos, enredados en sábanas revueltas. Marco la besó la frente, su pecho subiendo y bajando rápido. "Eso fue el abismo de pasion cap 45 más cabrón", murmuró riendo, acariciando su espalda. Sofía sonrió contra su piel, saboreando el salado de su cuello. El afterglow era paz pura: pulsos calmándose, respiraciones sincronizándose, el mar susurrando bendiciones.

Se quedaron así, hablando pendejadas sobre el futuro: un viaje a Los Cabos, tacos de mariscos en la costa, más capítulos de su novela privada. Con él, cada día es una aventura, pensó Sofía, mientras el sol se ponía, pintando el cielo de rosa y morado. El deseo no se había apagado del todo; ya sentía un nuevo hormigueo. Pero por ahora, el abismo los había soltado, dejándolos flotar en éxtasis compartido.

En la quietud, con su mano en su verga floja pero aún cálida, Sofía supo que este era su hogar: en los brazos de Marco, en el corazón de su pasión infinita.

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