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Pasión de Gavilanes Capítulo 138 Noche de Fuego

7280 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 138 Noche de Fuego

La noche caía sobre el rancho como un manto caliente de verano, con ese olor a tierra húmeda y jazmines que se colaba por las ventanas abiertas. Yo, Gabriela, estaba recostada en el sillón de la sala, con las piernas cruzadas sobre el ottoman, sintiendo el fresco del piso de loseta contra mis pies descalzos. Mateo, mi hombre, mi chulo rey de las llanuras, acababa de llegar del corral, oliendo a cuero y sudor fresco, ese aroma macho que me ponía la piel chinita.

¡Neta, wey! pensé mientras lo veía quitarse la camisa, dejando ver esos músculos duros forjados en el trabajo del campo. Habíamos estado juntos un año, pero cada vez que lo miraba, sentía esa chispa, como si fuera la primera vez. Esa noche planeábamos ver Pasión de Gavilanes capítulo 138, nuestra telenovela favorita, porque decíamos que los Reyes eran como nosotros: fieros, apasionados, listos para todo por amor.

—Ven pa'cá, mamacita —me dijo con esa voz ronca, tirándose a mi lado y jalándome contra su pecho—. ¿Ya pusiste la tele?

Asentí, sintiendo su calor filtrarse por mi blusa ligera. El control remoto estaba en mi mano, y con un clic, la pantalla se iluminó. El tema de Pasión de Gavilanes empezó a sonar, esa música que te eriza el alma, con violines y guitarras que hablaban de venganza y deseo. Capítulo 138: justo el de la confrontación en el río, donde Juan Dario y Norma se encuentran a solas, con el agua lamiendo sus cuerpos y la tensión sexual explotando como pólvora.

¡Dios mío, cómo me prende esa escena!, pensé. ¿Y si Mateo y yo...?

Nos acurrucamos más, su mano grande descansando en mi muslo, subiendo despacito por la piel suave. Yo mordí mi labio, el corazón latiéndome fuerte contra sus costillas. En la tele, Norma jadeaba mientras Juan Dario la besaba con hambre, sus manos explorando curvas bajo la luz de la luna. El sonido del agua chapoteando, los gemidos ahogados... todo se sentía tan real que mi cuerpo empezó a responder, un calor húmedo creciendo entre mis piernas.

—Míralos, carnal —susurró Mateo en mi oreja, su aliento caliente rozándome el lóbulo—. Como si fuéramos nosotros en el río del rancho.

Volteé a verlo, mis ojos clavados en los suyos, oscuros y llenos de promesas. Puta madre, qué guapo estaba con esa barba incipiente. Sin decir nada, me lancé a sus labios, besándolo con la misma furia de la telenovela. Sus manos me apretaron la cintura, jalándome encima de él. Sentí su dureza presionando contra mí a través de los jeans, y un gemido se me escapó, vibrando en su boca.

La tensión del día se deshizo en ese beso. Yo era la jefa del rancho, manejando cuentas y caballos, pero con él me volvía gelatina. Sus dedos se colaron bajo mi blusa, rozando mis pezones que ya estaban duros como piedras. ¡Ay, cabrón! El roce era eléctrico, enviando chispas directo a mi centro.

Acto primero del rancho: el deseo despertaba como el sol al amanecer.

Nos separamos solo para respirar, pero sus ojos no me soltaron. La tele seguía sonando de fondo, Pasión de Gavilanes capítulo 138 avanzando hacia el clímax dramático, pero nosotros ya estábamos en el nuestro propio. Mateo me quitó la blusa con un movimiento fluido, exponiendo mis senos al aire fresco de la noche. Sus labios bajaron, lamiendo un pezón, chupándolo suave al principio, luego con más fuerza. Yo arqueé la espalda, mis uñas clavándose en su nuca, oliendo su shampoo de hierbas mezclado con su esencia varonil.

—Te quiero tanto, mi reina —murmuró contra mi piel, su voz temblando de emoción—. Eres mi Norma, y yo tu Juan Dario.

¿Por qué me dice esas cosas? Me derrite, el pendejo, pensó mi mente nublada por el placer.

Le desabroché el cinturón, bajando el zipper con dedos ansiosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La piel era suave como terciopelo sobre acero, y el olor almizclado de su excitación me invadió las fosas nasales. La apreté, sintiendo el pulso acelerado, y él gruñó, un sonido animal que me mojó más.

Lo empujé al sillón, montándome a horcajadas. Mis shorts volaron al piso, y solo con mi tanga, froté mi concha contra él, el roce de la tela contra su carne desnuda era tortura deliciosa. El sonido de nuestros jadeos se mezclaba con la telenovela: gritos de pasión en la pantalla, nuestros cuerpos chocando en la realidad. Sudor perló su frente, goteando hasta su pecho, y yo lo lamí, salado y adictivo en mi lengua.

La intensidad subía como la marea del río en la novela. Sus manos amasaron mis nalgas, separándolas, un dedo rozando mi entrada trasera, juguetón pero respetuoso. Sí, justo ahí, pensé, pero él sabía leer mi cuerpo mejor que nadie. Me bajó la tanga, exponiéndome al aire, y sentí su mirada devorándome.

—Estás chorreando, corazón —dijo con una sonrisa pícara—. Neta, me vuelves loco.

Me penetró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con esa plenitud que solo él me daba. Gemí alto, el sonido rebotando en las paredes de adobe. Sus caderas se movieron en ritmo lento, profundo, cada embestida rozando mi clítoris hinchado. El sillón crujía bajo nosotros, el cuero pegándose a mi piel sudorosa.

Acto segundo: la escalada, donde el alma se desnuda tanto como el cuerpo.

Cambié de posición, de espaldas a él, guiando su verga de nuevo adentro. Sus manos subieron a mis chichis, pellizcando pezones mientras yo cabalgaba, mis nalgas chocando contra su vientre con palmadas húmedas. El olor a sexo llenaba la sala: almizcle, sudor, mi jugo resbalando por sus bolas. Escuchaba su respiración entrecortada en mi oído, sus dientes mordisqueando mi hombro sin lastimarme.

¡Más fuerte, Mateo! Quiero sentirte hasta el fondo, pensé, perdida en la vorágine.

Él obedeció, como siempre, sus caderas aporreando con fuerza controlada. Mi vientre se contraía, el orgasmo construyéndose como tormenta en el horizonte. En la tele, la escena del río llegaba al beso final, pero nosotros... nosotros explotábamos. Grité su nombre, mi concha apretándolo en espasmos, leche caliente inundándome mientras él se vaciaba dentro, gruñendo como toro.

Colapsamos juntos, jadeantes, su verga aún latiendo suave dentro de mí. El sudor nos unía, piel contra piel, el corazón de él martilleando contra mi espalda. La telenovela terminó con créditos rodando, pero nuestra historia apenas empezaba el afterglow.

Me giró con ternura, besándome la frente, los labios, el cuello. —Mi vida, eso fue mejor que cualquier capítulo —dijo, riendo bajito.

Yo sonreí, trazando círculos en su pecho con mi uña. Pasión de Gavilanes capítulo 138 nos había prendido la mecha, pero el fuego era nuestro, puro y mexicano, forjado en rancho y amor verdadero.

Qué chido es tenerlo así, mío para siempre, pensé, mientras el sueño nos envolvía en paz.

La noche siguió su curso, con estrellas testigos afuera y nuestro amor latiendo adentro. Mañana sería otro día de trabajo, pero esta pasión... esta nos hacía invencibles.

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