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Pasion Motociclista Desbordante

6857 palabras

Pasion Motociclista Desbordante

El sol del atardecer teñía de naranja las curvas de la carretera federal que serpenteaba hacia la costa de Puerto Vallarta. Yo, Ana, una morra de veintiocho años que había dejado la chamba de oficina en Guadalajara por un viaje de autodescubrimiento, iba en mi coche viejo, con el viento revolviéndome el pelo por la ventanilla abierta. El olor a mar salado ya se colaba, mezclado con el aroma terroso de la sierra. De repente, un rugido gutural me hizo voltear. Una Harley Davidson negra, reluciente como piel de pantera, pasó zumbando a mi lado. El cuate que la manejaba era puro músculo envuelto en chamarras de cuero gastada, jeans ajustados y botas altas. Su casco oscuro no dejaba ver su cara, pero esa figura... órale, me aceleró el pulso.

Paró en un mirador unos metros adelante, y yo, sin pensarlo dos veces, frené detrás. Bajé del coche con las piernas temblorosas, el corazón latiéndome como tambor de banda sinaloense. Él se quitó el casco, revelando un rostro moreno, barba de tres días, ojos negros que brillaban como carbones encendidos y una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. "¿Qué onda, reina? ¿Te dio miedo mi bestia o qué?" dijo con voz ronca, extendiendo una mano callosa llena de tatuajes de calaveras y águilas.

¿Qué chingados estoy haciendo? –pensé–. Pero esa pasion motociclista que siempre he admirado en las películas gringas, esa libertad salvaje, me jalaba como imán.

Me llamo Ana, le dije, intentando sonar casual mientras el viento jugaba con mi falda ligera. Él, Marco, un motociclista nómada de Mazatlán que recorría la república en su máquina. Charlamos de la carretera, de cómo el asfalto te hace sentir vivo, de la adrenalina que corre por las venas como tequila puro. Su olor a cuero, gasolina y hombre sudado me mareaba. Cada vez que se movía, sus bíceps se tensaban bajo la chamarra, y yo sentía un calor subiendo por mi entrepierna.

Acto primero: la chispa. Me invitó a subir a su moto para un tramo corto. Neta, ¿estoy loca? Pero asentí, el deseo ya picándome la piel. Me dio un casco, sus dedos rozaron mi nuca, enviando chispas eléctricas. Me subí atrás, mis tetas presionando su espalda ancha. Arrancó, y el motor rugió como un león enfurecido. El viento azotaba mi cara, el olor a escape y mar se mezclaba con su sudor fresco. Mis manos se aferraron a su cintura, sintiendo los abdominales duros bajo la playera. Cada curva era una caricia, mi cuerpo pegado al suyo, mi coño palpitando contra el asiento vibrante.

Paramos en una playa semioculta, donde las olas lamían la arena dorada y el sol se hundía en el Pacífico como una bola de fuego. Bajamos, y él sacó unas chelas frías de una hielera en su alforja. Brindamos, riendo de tonterías. "Tú tienes fuego adentro, Ana. Se nota en cómo te brillan los ojos cuando hablas de la carretera." Su mirada me desnudaba, y yo sentía mis pezones endureciéndose contra el brasier delgado.

La noche cayó como manta negra, salpicada de estrellas. Nos sentamos en la arena, el rumor de las olas como banda sonora. Hablamos de pasiones reprimidas: yo, harta de novios mamones que no sabían de aventura; él, libre pero solo. Su mano rozó mi muslo, casual al principio, luego intencional. El tacto áspero de sus dedos me erizó la piel.

Esta pasion motociclista no es solo de motos, es de soltarse, de sentir el viento en la piel desnuda –me dije, mientras mi mano subía por su pecho.

Acto segundo: la escalada. Nos besamos con hambre, sus labios gruesos sabiendo a cerveza y sal marina. Su lengua invadió mi boca, explorando como si fuera una carretera virgen. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su cuello. Me quitó la blusa con urgencia, exponiendo mis tetas al aire fresco de la noche. Las lamió, succionando los pezones hasta que dolían de placer. "¡Ay, wey, qué rico!" jadeé, mientras él gruñía bajito.

Sus manos bajaron mi falda, dedos hurgando mi tanga empapada. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce. Me recostó en la arena tibia, aún caliente del sol. Se desvistió, revelando un cuerpo esculpido por kilómetros de ruta: pecho velludo, verga gruesa y venosa, ya tiesa como barra de hierro. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso latiendo, la piel aterciopelada sobre lo duro. La chupé, saboreando el precum salado, mi lengua girando en la cabeza hinchada. Él jadeaba, "¡Pinche morra, me vas a matar!", enredando sus dedos en mi pelo.

Pero no quería acabar así. Lo empujé, montándome a horcajadas. Mi coño resbaladizo se hundió en él, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El dolor inicial se fundió en éxtasis puro. Cabalgaba como en su moto, fuerte, rítmica, el sonido de piel contra piel mezclándose con las olas. Sudábamos, el olor a sexo crudo impregnando el aire. Sus manos amasaban mis nalgas, un dedo rozando mi ano, prometiendo más.

Esto es la verdadera pasion motociclista: rugir, acelerar, explotar –pensé, mientras mi clítoris rozaba su pubis.

La tensión crecía, mis paredes contrayéndose alrededor de su verga. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo suave. Cambiamos: me puso a cuatro patas, penetrándome desde atrás con embestidas profundas. Sentía sus bolas golpeando mi clítoris, el arena raspando mis rodillas, el viento secando el sudor de mi espalda. "¡Más duro, carnal! ¡Dame todo!" grité, y él obedeció, gruñendo como bestia.

Acto tercero: la liberación. El orgasmo me golpeó como tormenta: olas de placer desde el útero, haciendo que mi cuerpo convulsionara, chorros de jugo empapándonos. Él se corrió segundos después, llenándome con chorros calientes, su semen goteando por mis muslos. Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados bajo las estrellas. El mar lamía nuestros pies, fresco contraste al calor residual.

Nos quedamos así un rato, su cabeza en mis tetas, mi mano acariciando su pelo revuelto. "Eres increíble, Ana. Como si hubiéramos nacido para esta carretera." Sonreí, el corazón lleno. No era amor de telenovela, pero sí conexión pura, de esas que dejan huella. Limpiamos con el mar, riendo como pendejos. Me vistió con besos, y volvimos a la moto.

El rugido de la Harley nos llevó de regreso, yo aferrada a él, el cuerpo aún zumbando. Paramos en mi coche, un beso largo de despedida.

La pasion motociclista no acaba aquí –me prometí–. Voy a comprar una moto, a vivir esto siempre.
Se fue en la oscuridad, pero su esencia –cuero, gasolina, sexo– se quedó en mi piel. Maneje a mi hotel con una sonrisa boba, sabiendo que la noche había cambiado todo. Mañana, la carretera me espera, y con ella, más fuego.

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