Jesucristo La Pasion Desatada
Era Semana Santa en el corazón de Taxco, Guerrero, donde las calles empedradas se llenaban de incienso y murmullos devotos. Yo, Ana, de treinta y tantos, con mi piel morena brillando bajo el sol abrasador, ayudaba en la representación de Jesucristo la pasion, esa obra que cada año atraía a cientos de turistas y locales. Llevaba el vestido blanco de María Magdalena, ajustado a mis curvas generosas, y el aire olía a cempasúchil y sudor mezclado con el aroma terroso de las procesiones.
Desde el primer ensayo, mis ojos no se despegaban de él: Jesús, el wey que interpretaba a Jesucristo. Alto, fornido, con barba espesa y ojos negros que parecían atravesarte el alma. Caminaba con esa corona de espinas falsa, cargando la cruz de madera, y cada paso suyo hacía que mi chucha se humedeciera sin remedio. ¿Qué pedo conmigo? me preguntaba, mientras lo veía sudar, las gotas resbalando por su pecho velludo expuesto bajo la túnica raída.
—Órale, Ana, ¿ya te late el carnal? —me picó mi compadre Lupe, la que hacía de Verónica, mientras nos arreglábamos en el camerino improvisado de la iglesia.
—Cállate, pendeja, nomás lo estoy midiendo pa' la escena —mentí, sintiendo el calor subir por mis muslos. Pero neta, cada vez que él gritaba "Padre, perdónalos", mi cuerpo respondía con un cosquilleo traicionero, como si su voz ronca me lamiera por dentro.
El primer acto del deseo empezó esa tarde, después del ensayo. Todos se fueron a las posadas con pozole humeante, pero yo me quedé recogiendo las velas derretidas. El aire estaba cargado de jazmín del atrio y el eco lejano de saetas. De repente, sus pasos pesados.
—Ana, ¿necesitas una mano? —dijo, su voz grave como trueno suave.
Me giré y ahí estaba, sin la corona, el pelo revuelto, oliendo a hombre puro: sal, tierra y un toque de colonia barata que me mareaba.
Jesucristo la pasion... ¿será que este wey es mi salvación o mi pecado?
Asentí, y mientras juntábamos las cosas, nuestras manos se rozaron. Electricidad. Su piel áspera contra la mía suave. Chingao, pensé, mi corazón latiendo como tamborazo zacatecano.
—Estás chingona en el papel, Magdalena —me soltó, sonriendo con dientes blancos—. Haces que uno crea en la redención de verdad.
Reí nerviosa, mi risa ahogada en el pecho acelerado. —Tú tampoco te quedas atrás, Cristo. Esa cruz te queda como anillo al dedo.
Nos miramos fijo, el silencio espeso como el humo de los cuetes. Su aliento cálido rozó mi cuello cuando se acercó a apagar una vela. Mi pezón se endureció bajo la tela fina. Tensiones del primer acto: el roce accidental que no lo era, las miradas que prometían más que el guion.
Al día siguiente, en el segundo ensayo, la cosa escaló. Durante la escena del azote, él atado al poste, yo tenía que llorar y limpiarle la sangre falsa. Me acerqué tanto que sentí su verga semi-dura contra mi cadera. Neta, el cabrón estaba excitado. Su olor a macho sudado me invadió las fosas nasales, y probé el sabor salado de una lágrima mía que cayó en su piel.
Después, en el descanso, nos escabullimos al callejón detrás del templo. El sol del mediodía quemaba, pero el fresco de la sombra nos envolvió. Sus manos grandes en mi cintura, tirando de mí.
—No aguanto más, Ana. Desde que te vi moviendo ese culo en el ensayo... —gruñó, su boca capturando la mía.
El beso fue fuego: labios carnosos devorándome, lengua invadiendo como conquistador, sabor a chicle de menta y café de olla. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. Tocábamos todo: sus dedos amasando mis tetas plenas, yo palpando la dureza de su vergón a través del pantalón.
—¡Ay, wey! —jadeé, cuando me levantó contra la pared áspera, mis piernas envolviéndolo—. Esto es pecado mortal.
—Pecado chido, Magdalena. Déjame redimirte —susurró, mordiendo mi oreja, su aliento caliente enviando ondas de placer a mi entrepierna empapada.
Nos frenamos a duras penas cuando oímos voces. Acto dos en ascenso: el conflicto interno rugía en mí. ¿Y si nos cachan? ¿Y mi reputación en el pueblo? Pero el deseo era más fuerte, como la pasión de la obra que ensayábamos. Esa noche, no dormí. Mi mano entre las piernas, imaginando su verga gruesa abriéndome, el sonido de su respiración jadeante en mi oído, el olor de su semen imaginario.
La víspera del Viernes Santo, el clímax. La función principal estaba por empezar, pero antes, en el camerino vacío, nos encerramos. El lugar olía a talco, linimento y anticipación. Él me despojó del vestido con urgencia reverente, exponiendo mi cuerpo desnudo: pechos pesados con pezones oscuros duros como piedras, mi panocha rasurada brillando de jugos.
—Eres una diosa, Ana —dijo, arrodillándose como en la obra, pero esta vez su lengua lamió mi clítoris hinchado.
El placer explotó: su boca chupando, sorbiendo mis fluidos dulces y salados, el sonido húmedo de succión mezclándose con mis gemidos ahogados. ¡Jesucristo la pasion! grité en mi mente, mientras mis caderas se mecían contra su cara barbuda, el roce raspando deliciosamente.
Lo jalé arriba, desabrochando su túnica. Su verga saltó libre: venosa, cabezota morada palpitando, goteando precum que lamí con avidez. Sabor almizclado, varonil, me hizo tragar saliva.
—Chíngame, Cristo. Hazme tuya —rogué, guiándolo a mi entrada resbaladiza.
Entró de un embiste, llenándome hasta el fondo. ¡Madre santísima! El estiramiento ardiente, sus bolas peludas golpeando mi culo, el ritmo salvaje: slap-slap-slap contra la piel sudada. Sudor goteando de su frente a mis tetas, mezclándose con mis propios jugos. Olía a sexo puro, a pasión desatada.
Me volteó contra el espejo empañado, viéndonos: yo arqueada, él embistiendo por detrás, sus manos apretando mis caderas, pellizcando mi clítoris. Mis paredes lo ordeñaban, contrayéndose.
—Me vengo, Ana... ¡juntos! —rugió, su voz quebrada.
El orgasmo nos azotó como latigazos: mi chocha convulsionando, chorros calientes mojando sus muslos, él inundándome con chorros espesos de leche caliente. Gritos mudos, pulsos latiendo en unisono, el mundo disolviéndose en éxtasis.
Caímos exhaustos al suelo fresco, cuerpos entrelazados, pegajosos de fluidos. Su corazón tronando contra mi oreja, el olor de nuestro amor carnal impregnando el aire. Me besó la frente, tierno ahora.
—Esto fue más que la obra, ¿verdad? —murmuró.
Sonreí, trazando su pecho con el dedo. —Neta, Jesús. Jesucristo la pasion... en carne propia.
Salimos a la función como si nada, pero dentro de mí ardía una nueva fe: la del placer compartido, consensual, empoderador. En el afterglow, mientras la multitud aplaudía la crucifixión falsa, yo saboreaba el verdadero éxtasis. Y supe que esto no acababa aquí; la resurrección vendría con el amanecer.