Perfume Quizás Quizás Pasión
Entré a esa perfumería en Polanco con el sol de la tarde pegándome en la nuca, el aire cargado de ese olor dulzón a jazmín y vainilla que flotaba por todo el pasillo. Órale, pensé, necesito algo que me haga sentir viva, algo que despierte esa chispa que andaba perdida entre el estrés del jale y las noches solas. Me llamo Carla, tengo treinta y dos, y esa tarde mi instinto me llevó directo a un frasco que brillaba bajo las luces LED: Perfume Quizás Quizás Pasión. El nombre me sacó una sonrisa pícara, como si el destino me guiñara el ojo.
El dependiente, un morro alto y guapo con ojos café que parecían café molido fresco, se acercó con una sonrisa que me erizó la piel. "¿Buscas algo especial, preciosa?", me dijo con esa voz grave, mexicana de pura cepa, que vibra en el pecho. Se llamaba Alex, olía a sándalo y a hombre que sabe lo que quiere. Me roció un poco en la muñeca, y joder, el aroma explotó: notas de bergamota picante, rosas calientes y un fondo de ámbar que se pegaba a la piel como un beso húmedo. "Quizás quizás pasión", murmuró él, citando la vieja rola de Nat King Cole que sonaba bajito en los altavoces. Me miró fijo, y sentí un cosquilleo subiendo por mi brazo, directo al ombligo.
"¿Y si probamos en el cuello? Ahí se siente mejor", dijo, y su aliento cálido rozó mi oreja. ¿Estoy loca o esto es el comienzo de algo chido?
Le seguí el juego. Su dedo índice trazó una línea suave desde mi clavícula hasta la base del cuello, y el perfume se mezcló con mi sudor ligero, creando un olor que era puro fuego lento. "¿Qué te parece?", preguntó, tan cerca que podía oler su colonia mezclada con el mío. "Pura pasión", respondí yo, mordiéndome el labio. Nos reímos, pero el aire se cargó de esa tensión que pica en la piel, como electricidad estática antes de la tormenta. Hablamos de tonterías: de la CDMX que no para, de tacos al pastor que extrañamos cuando andamos de viaje, de cómo un buen perfume puede voltear el mundo de cabeza. Compré el frasco, pero salí con su número en el teléfono y una promesa de café esa misma noche.
La cafetería en la esquina era de esas con mesas de madera rústica y olor a café de Chiapas tostándose en vivo. Llegué oliendo a perfume quizás quizás pasión, y él ya estaba ahí, con una camisa ajustada que marcaba sus hombros anchos. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas rozándose bajo la mesa. "¿Sabes qué?, desde que te vi en la tienda no dejo de pensar en ese aroma en tu piel", confesó, su mano cubriendo la mía. El calor de sus dedos era como lava, y yo sentí mi pulso acelerarse, bum-bum, bum-bum, latiendo en las sienes. Pedimos lattes con canela, y mientras charlábamos, su pie jugaba con el mío, un roce casual que no lo era. ¿Y si esto es solo un quizás?, me dije, pero mi cuerpo gritaba ¡sí, carajo!
La plática fluyó como tequila suave: de sueños postergados, de cómo la vida en la ciudad nos come el alma si no nos rebelamos. Él era diseñador gráfico, freelance, con un estudio chiquito en la Roma. Yo, publicista, cansada de campañas vacías. "Ven a ver mi espacio, te muestro unos diseños inspirados en perfumes", propuso, y sus ojos decían más que sus palabras. Asentí, el corazón en la garganta. Caminamos por las calles empedradas, el bullicio de la ciudad como banda sonora: cláxones, risas de borrachos, vendedores de elotes. Su mano en mi cintura era posesiva pero tierna, guiándome como si ya fuéramos algo.
Al llegar a su depa, un loft luminoso con plantas colgando y arte callejero en las paredes, el aire olía a incienso y a él. Cerró la puerta y me acorraló suave contra la pared, su boca a centímetros de la mía. "¿Quizás?", susurró, y yo respondí con un beso que sabía a café y deseo. Sus labios eran firmes, su lengua explorando con hambre contenida. Manos por todos lados: las mías en su cabello negro revuelto, las suyas bajando por mi espalda, apretando mis nalgas con fuerza juguetona. "Ay, pendejo, me traes loca", le dije entre jadeos, y él rio bajito, mordisqueando mi cuello donde el perfume aún ardía.
Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba. El roce de sus labios era fuego, su aliento caliente contra mis pezones que se endurecían al instante. Olía a perfume quizás quizás pasión mezclado con nuestro sudor, un elixir embriagador que me mareaba. Lo empujé al sofá, desabrochando su camisa con dedos temblorosos. Su pecho era duro, pectorales marcados por gym, y bajé la boca a saborearlo: salado, masculino, con un vello suave que raspaba mi lengua. "Neta, eres una diosa", gruñó él, sus manos enredadas en mi pelo.
Esto es lo que necesitaba: piel con piel, sin quizás, pura pasión desatada.
La cosa escaló rápido pero con ese ritmo que te hace gemir antes de explotar. Me recostó en el sofá, sus dedos hábiles desabrochando mi jeans, bajándolo junto con las panties. El aire fresco besó mi sexo húmedo, y él se arrodilló, inhalando profundo. "Hueles a paraíso, Carla", dijo, y su lengua trazó un camino lento desde mis muslos hasta mi clítoris hinchado. ¡Madre mía! Las sensaciones me volaron: lamidas suaves, círculos precisos, succión que me hacía arquear la espalda. Mis manos apretaban las almohadas, uñas clavándose en la tela, mientras olas de placer subían por mi vientre. Gemí su nombre, "¡Alex, no pares, cabrón!", y él obedeció, metiendo dos dedos que curvaba justo ahí, en ese punto que me deshacía.
Lo volteé, queriendo devolvérselo. Le bajé el pantalón, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con mi aliento. La tomé en la mano, sintiendo su calor, su pulso acelerado como tamborazo zacatecano. La lamí de abajo arriba, saboreando la gota salada en la punta, y él gruñó profundo, caderas moviéndose instintivas. "Chíngame con la boca, mi reina", jadeó, y yo lo hice, chupando con hambre, mi lengua jugando en la cabeza sensible. El sonido era obsceno: slurps húmedos, sus gemidos roncos, mi propia excitación goteando en el sofá.
No aguantamos más. Me levantó en brazos como si nada, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Me puso a cuatro patas, y entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. "¡Sí, así, pendejo!", grité, empujando contra él. Sus embestidas empezaron lentas, profundas, cada una golpeando mi cervix con un plaf húmedo que resonaba en la habitación. El sudor nos unía, piel resbalosa, sus bolas golpeando mi clítoris. Aceleró, manos en mis caderas, jalándome fuerte. Olía a sexo puro: almizcle, perfume, fluidos mezclados. Mi orgasmo llegó como tsunami, contrayéndome alrededor de él, gritando sin control, visión borrosa de placer.
Se corrió segundos después, caliente dentro de mí, rugiendo mi nombre. Colapsamos juntos, jadeantes, cuerpos enredados. Su corazón latía contra mi espalda, rápido como el mío. Besos perezosos en la nuca, risas suaves. "¿Quizás quizás pasión? Neta que sí", murmuró él, oliendo mi pelo. Me quedé ahí, envuelta en su calor, el perfume aún en mi piel como recordatorio. Esa noche dormimos pegados, y al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, supe que esto no era un quizás: era el comienzo de algo que ardía de verdad.