Pasión en Cada Letra
Estaba sentada en el balcón de mi depa en la Condesa, con el sol de la tarde bañándome la piel como una caricia tibia. El aroma del café recién molido se mezclaba con el dulzor de las bugambilias que trepaban por la reja. Tomé el sobre en mis manos, el papel grueso y cremoso que había llegado sin remitente. Mi nombre escrito con una letra elegante, cursiva, como si cada trazo estuviera cargado de promesas. Lo abrí con el corazón latiéndome un poco más rápido, sin saber por qué.
Las palabras saltaron ante mis ojos: "Pasión letra a letra, mi reina. Recuérdame cómo mi boca devoraba tu cuello, cómo mis dedos trazaban mapas en tu espalda. Quiero oler tu esencia de nuevo, probar el salado de tu piel sudada bajo las sábanas." Era de él, de Alex, ese wey que conocí en una fiesta en Polanco hace meses. Su pasión letra me erizó la piel, neta. Cada curva de la tinta negra me hacía sentir su aliento caliente en la nuca. Me recargué en la silla, cruzando las piernas para calmar el cosquilleo que subía por mis muslos. ¿Qué pendejada era esta? ¿Un jueguito o una invitación real?
¿Y si voy? ¿Y si dejo que me folle como la última vez, con esa hambre que me deja temblando?
La noche cayó como un velo morado sobre la ciudad. Me puse un vestido negro ceñido, ese que marca mis curvas como un guante, y unas botas que crujen al caminar. El taxi me dejó frente al bar en la Roma, luces neón parpadeando como pulsos acelerados. Ahí estaba Alex, en una mesa al fondo, con una chela en la mano y esa sonrisa de cabrón que me deshace. Sus ojos oscuros me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis tetas, en mis caderas.
—Órale, güera, qué buena pinta —dijo, levantándose para darme un beso en la mejilla que duró un segundo de más, su barba raspándome la piel como lija suave.
Nos sentamos cerquita, nuestras rodillas rozándose bajo la mesa. El lugar olía a tequila ahumado y jazmín de algún perfume caro. Hablamos de pendejadas: el tráfico de la mañana, esa banda chida que pusieron en Spotify. Pero sus dedos jugaban con el borde de mi vaso, y yo sentía el calor de su pierna presionando la mía. Saqué el sobre de mi purse y lo puse entre nosotros.
—Tu pasión letra me prendió fuego, wey. ¿Qué se te ofrece?
Él rio bajito, un sonido ronco que me vibró en el pecho. —Neta, quería verte. Esas palabras... las escribí pensando en ti, en cómo gimes cuando te toco justo ahí.
El aire se cargó de electricidad. Pedimos otra ronda, pero ya no importaba el alcohol. Sus ojos me decían todo: quería arrancarme el vestido ahí mismo. Yo también, carajo. Mi cuerpo recordaba su peso encima, el sudor pegándonos como miel caliente.
Salimos del bar tomados de la mano, el viento fresco de la noche lamiéndonos la cara. Caminamos hasta su hotel en la Juárez, un lugar fancy con lobby de mármol y jazz suave de fondo. En el elevador, no aguantamos. Me acorraló contra la pared, sus labios devorando los míos con urgencia. Sabía a tequila y menta, su lengua explorando mi boca como si fuera territorio virgen. Mis manos se enredaron en su pelo, tirando suave, mientras sus caderas se apretaban contra las mías. Sentí su verga dura presionándome el vientre, y un gemido se me escapó.
—Te necesito ya —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel hasta que ardió.
La puerta de la habitación se abrió con un clic, y entramos tropezando, riendo como adolescentes pendejos. La cama king size nos esperaba, sábanas blancas crujientes oliendo a lavanda fresca. Me quitó el vestido de un jalón, sus manos ásperas deslizándose por mis hombros, bajando hasta mis pechos. Los amasó con hambre, pulgares rozando mis pezones hasta ponérmelos duros como piedritas.
Su toque es fuego puro, me quema delicioso. Quiero que me rompa en mil pedazos.
Me tumbó en la cama, su cuerpo cubriéndome como una manta pesada y caliente. Besó mi clavícula, bajando lento por mi pecho, lamiendo el sudor que ya perlaba mi piel. El sonido de su respiración agitada llenaba la habitación, mezclándose con mis jadeos. Sus dedos se colaron entre mis piernas, encontrándome empapada. —Estás chingona de mojada, mi amor —gruñó, metiendo dos dedos adentro, curvándolos justo en ese punto que me hace arquear la espalda.
Yo no me quedé atrás. Le bajé el pantalón, liberando su verga gruesa y venosa, latiendo en mi palma. La apreté, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel suave. La chupé despacio al principio, saboreando el gusto salado de su pre-semen, mi lengua girando alrededor del glande. Él maldijo en voz baja, "pinche diosa", sus caderas empujando suave contra mi boca. El olor almizclado de su excitación me mareaba, delicioso.
Pero quería más. Lo empujé sobre la cama y me subí encima, frotándome contra él como gata en celo. La fricción de su verga contra mi clítoris me hacía ver estrellas, chispas blancas bailando en mis párpados. — Fóllame ya, Alex, no mames —le rogué, guiándolo a mi entrada.
Se hundió en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. Grité, el placer doliendo rico, estirándome alrededor de su grosor. Empezamos a movernos, un ritmo salvaje, piel contra piel chapoteando con mis jugos. Sus manos agarraban mis nalgas, guiándome arriba y abajo, mientras yo clavaba las uñas en su pecho, dejando marcas rojas. El cuarto se llenó de nuestros gemidos, del crujir de la cama, del slap-slap de nuestros cuerpos chocando.
Sudor corría por su torso definido, goteando sobre mis tetas. Lo lamí, salado y salado, mientras él me chupaba un pezón, mordiendo lo justo para doler placer. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola gigante en mi vientre, apretándome alrededor de su verga. —Más fuerte, cabrón —le exigí, y él obedeció, embistiéndome como bestia.
Exploté primero, un grito ronco saliendo de mi garganta mientras mi coño se contraía en espasmos, ordeñándolo. Él me siguió segundos después, gruñendo mi nombre, su leche caliente inundándome, goteando por mis muslos. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos y temblorosos.
Después, en la calma, nos quedamos abrazados. Su dedo trazaba letras invisibles en mi espalda, como si escribiera otra pasión letra. —Esto no termina aquí, ¿verdad? —preguntó, su voz ronca de satisfacción.
Sonreí contra su pecho, oliendo su piel masculina. —Neta que no, wey. Quiero más de tu letra... y de ti.
La ciudad zumbaba afuera, pero adentro solo estábamos nosotros, envueltos en el afterglow de nuestra pasión. Sabía que volvería por más, por esa pasión letra que encendía todo.