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El Color de la Pasión Capítulo 45 La Piel en Llamas

7305 palabras

El Color de la Pasión Capítulo 45 La Piel en Llamas

Ana sentía el calor del sol poniente filtrándose por las cortinas de encaje de la villa en Playa del Carmen. El aroma salino del mar Caribe se mezclaba con el dulzor de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes blancas. Hacía semanas que no veía a Rodrigo, su chulo secreto, el hombre que le aceleraba el pulso con solo una mirada. Él era el dueño de esa hacienda remodelada, un empresario exitoso que había prometido esperarla después de su viaje a la Ciudad de México.

¡Ana, mi reina! —gritó él desde la terraza, su voz grave retumbando como un tambor en su pecho.

Ella salió, el vestido ligero de algodón mexicano ondeando contra sus muslos. Rodrigo la miró de arriba abajo, sus ojos oscuros brillando con ese hambre que ella conocía tan bien. Se acercó, alto y moreno, con la camisa desabotonada dejando ver el vello negro en su pecho. La abrazó fuerte, sus manos grandes apretando su cintura, y ella inhaló su olor: colonia cara mezclada con sudor fresco del día.

Qué neta me pone este wey, pensó Ana, sintiendo ya el cosquilleo entre las piernas. Habían empezado esto como un juego, pero cada encuentro era más intenso, como capítulos de una novela que no podían soltar.

Se sentaron en la terraza a cenar mariscos frescos: camarones cocidos con ajo y limón, el jugo chorreando por sus dedos. Rodrigo le untó mantequilla a un ostión y se lo acercó a la boca.

—Prueba, mamacita, está igual de jugoso que tú —dijo con una sonrisa pícara.

Ella lamió despacio, sus ojos fijos en los de él, saboreando el mar y la promesa de lo que vendría. La tensión crecía con cada bocado, cada roce accidental de sus rodillas bajo la mesa. El sol se hundió en el horizonte, tiñendo el cielo de rojos y naranjas, el color de la pasión.

Después de la cena, entraron a la sala. Rodrigo encendió la tele por capricho.

—Mira, justo está pasando El Color de la Pasión capítulo 45 —dijo riendo—. Como nosotros, ¿no? Toda esa intriga y deseo reprimido.

Ana se acurrucó contra él en el sofá de cuero suave. La telenovela mostraba a los protagonistas en una escena ardiente: besos robados en una hacienda similar, manos explorando bajo la ropa. El corazón de Ana latió más rápido. Rodrigo deslizó una mano por su muslo, subiendo el vestido poco a poco.

Esto es demasiado perfecto, pensó ella.

Sus dedos ásperos contra mi piel suave... ay, Dios, ya estoy mojada.

—No seas pendejo, Rodrigo —susurró ella juguetona, girándose para besarlo—. Apaga esa tele y hazme tuya de una vez.

Él obedeció, pero no sin antes murmurar:

—Este capítulo 45 nos va a inspirar, ya verás.

La llevó en brazos al dormitorio principal, donde la cama king size esperaba con sábanas de hilo egipcio. La luz de la luna entraba por las ventanas abiertas, el sonido de las olas rompiendo en la playa como un ritmo hipnótico. Rodrigo la depositó con gentileza, pero sus ojos ardían. Se quitó la camisa, revelando músculos tensos por el gimnasio, y Ana se lamió los labios al ver el bulto creciente en sus pantalones.

Se arrodilló frente a ella, besando sus tobillos, subiendo por las pantorrillas con labios calientes. El roce de su barba incipiente le erizaba la piel. Ana jadeó cuando llegó a sus muslos internos, el aliento cálido rozando su ropa interior de encaje.

¡Qué rico hueles, mi amor! —gruñó él, inhalando profundo—. A deseo puro, a calentura mexicana.

Ella se incorporó, quitándose el vestido con un movimiento fluido, quedando en bra y tanga. Sus pechos llenos subían y bajaban con la respiración agitada. Rodrigo la miró embobado, como si fuera la primera vez.

—Eres mi diosa, Ana. Neta, no hay otra como tú.

Se besaron con furia contenida al principio, lenguas danzando, saboreando el vino tinto de la cena y el salitre del aire. Las manos de él amasaron sus senos, pellizcando los pezones hasta endurecerlos como piedras preciosas. Ana metió las manos en su pantalón, liberando su verga dura, palpitante. La acarició despacio, sintiendo las venas hinchadas bajo su palma, el calor irradiando.

Está tan grande, tan listo para mí, pensó, mientras él gemía en su boca.

Rodrigo la tumbó boca arriba, bajándole la tanga con dientes. Su lengua encontró su clítoris hinchado, lamiendo en círculos lentos. Ana arqueó la espalda, las uñas clavándose en las sábanas. El sonido de su chupeteo húmedo se mezclaba con sus ayyys y el lejano rumor del mar. Olía a su excitación, almizcle dulce y salado.

¡Más, cabrón, no pares! —suplicó ella, las caderas moviéndose solas.

Él introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. Ana sintió la presión building, el calor subiendo por su vientre como lava. Pero no quería correrse aún; quería sentirlo dentro.

—Ven, métemela ya —dijo, jalándolo hacia arriba.

Rodrigo se quitó el resto de la ropa, su cuerpo desnudo brillando a la luz lunar. Se colocó entre sus piernas, la punta de su verga rozando su entrada húmeda. Se miraron a los ojos, un consentimiento mudo y ardiente.

Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. Ana gritó de placer, el estiramiento delicioso, sus paredes apretándolo como un guante. Él empezó a moverse, primero lento, saboreando cada embestida, el slap de piel contra piel resonando en la habitación.

¡Qué chingón te sientes! —jadeó él, sudando, gotas cayendo en su pecho.

Ana envolvió las piernas alrededor de su cintura, clavándole los talones para que fuera más profundo. Sus pezones rozaban el pecho velludo de él, chispas de placer electricas. El olor de sus cuerpos mezclados —sudor, sexo, mar— era embriagador. Ella mordió su hombro, dejando marca, mientras él aceleraba, gruñendo como animal.

La tensión crecía, espirales de fuego en su bajo vientre. Ana sintió el orgasmo acercándose, olas rompiendo dentro de ella.

Córrete conmigo, mi vida —susurró ella, arañando su espalda.

Rodrigo embistió con fuerza, una mano en su clítoris frotando rápido. Exploto primero ella, el mundo blanco y estrellado, contracciones ordeñando su verga, un grito gutural escapando de su garganta. Él la siguió segundos después, hinchándose dentro, chorros calientes llenándola hasta desbordar.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, cuerpos pegajosos. Rodrigo se quedó encima, besando su cuello sudoroso.

—Eso fue mejor que cualquier capítulo de El Color de la Pasión —murmuró él, riendo bajito.

Ana sonrió, acariciando su cabello revuelto. El aire fresco de la noche entraba, enfriando sus pieles ardientes. Sintió su semen goteando entre sus muslos, una marca íntima de su unión.

Esto es nuestro capítulo 45, pensó.

Pasión pura, sin dramas de novela. Solo nosotros, en llamas.

Se durmieron así, entrelazados, con el mar cantando su nana y el recuerdo de sus cuerpos latiendo en armonía. Mañana sería otro día, pero esta noche, el color de la pasión los había consumido por completo.

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