Pasion Prohibida Capitulo 99
Ana sentía el corazón latiéndole como tamborazo en la pecho mientras esperaba en la penumbra de su recámara. La casa en la colonia Roma estaba en silencio, salvo por el lejano rumor de los coches en Insurgentes y el zumbido del ventilador viejo que giraba perezoso. Su marido, Carlos, se había ido a un viaje de negocios a Monterrey, dejándola sola con ese vacío que solo Javier podía llenar. Javier, el carnal de su esposo, el wey que la volvía loca con solo una mirada. Neta, era una pinche locura, pero esa pasión prohibida ya llevaba meses quemándolos vivos.
Se recargó en la cabecera de la cama, con una camisola de satín negro que apenas cubría sus muslos. El aroma de su perfume, Jazmín de noche, flotaba en el aire, mezclándose con el olor a lluvia fresca que entraba por la ventana entreabierta. ¿Y si Carlos regresa temprano? ¿Y si alguien nos ve? pensó, mordiéndose el labio. Pero el deseo era más fuerte que el miedo. Recordaba cada encuentro, cada roce robado en las fiestas familiares, y ahora, en este pasion prohibida capitulo99 de su historia secreta, no podía parar.
De repente, un golpecito suave en la puerta trasera. Órale, ahí estaba. Ana se levantó de un brinco, las piernas temblorosas, y corrió a abrir. Javier entró como sombra, alto, moreno, con esa sonrisa chueca que la desarmaba. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus pectorales y jeans desgastados que colgaban perfectos de sus caderas. Olía a colonia barata y a sudor fresco, como hombre de verdad.
—Mamacita, no sabes las ganas que traía —murmuró él, cerrando la puerta con llave y jalándola contra su cuerpo.
Ana jadeó al sentir su calor, sus manos grandes recorriendo su espalda. El vello de sus brazos le erizaba la piel, y el latido de su corazón retumbaba contra el de ella.
No seas pendejo, Javier, si nos cachan estamos fritos, pensó ella, pero sus labios ya buscaban los de él.
Se besaron con hambre, lenguas enredándose como serpientes, saboreando el tequila que él había tomado antes. Sus manos bajaron a sus nalgas, apretándolas con fuerza, y Ana gimió bajito, sintiendo cómo se mojaba entre las piernas.
La llevaron al borde de la cama, donde cayeron enredados. Javier la volteó boca abajo, besando su cuello, lamiendo la sal de su piel. —Eres tan rica, Ana, tan puta para mí —le susurró al oído, con voz ronca que le vibraba en el alma.
Ella arqueó la espalda, empujando contra él. —Cállate y fóllame ya, wey, respondió, riendo entre jadeos. Pero no era solo carnalidad; había amor, ese amor torcido que los unía más que cualquier lazo familiar.
En el principio de todo, meses atrás, había empezado en una carne asada familiar en Xochimilco. Javier la miró de forma distinta, y ella sintió el chispazo. Carlos era bueno, estable, pero Javier era fuego puro. Hablaron en secreto, se tocaron disimulando, y una noche, solos en la cocina, se comieron a besos. Desde entonces, cada capítulo era más intenso, más riesgoso.
Ahora, Javier deslizó la camisola por sus hombros, exponiendo sus tetas firmes. Las tomó en sus manos, pellizcando los pezones hasta que dolieron rico. Ana olió su aroma masculino, sintió el roce áspero de su barba en su vientre mientras bajaba. Lamía su ombligo, mordisqueando suave, y ella se retorcía, las sábanas frías contra su piel caliente.
—Te voy a comer entera —dijo él, separando sus muslos. El aire fresco le dio en el coño húmedo, y Ana soltó un gemido largo cuando la lengua de Javier la tocó. Lamió despacio, saboreando sus jugos, chupando el clítoris con maestría. Ella agarró su pelo, empujándolo más adentro, el sonido chapoteante llenando la habitación junto a sus jadeos.
Esto es el paraíso, neta, pensó Ana, mientras oleadas de placer subían por su espinazo. El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, mezclado con el jazmín y la lluvia. Javier metió dos dedos, curvándolos justo ahí, y ella explotó en un orgasmo que la dejó temblando, gritando su nombre bajito para no despertar a los vecinos.
Pero no pararon. Javier se quitó la ropa rápido, su verga dura saltando libre, gruesa y venosa, goteando pre-semen. Ana la tomó en la mano, sintiendo el pulso caliente, el terciopelo sobre acero. La masturbó despacio, lamiendo la punta, saboreando su sabor salado y amargo. —Qué chula está, carnal —dijo ella, mirándolo a los ojos.
Él gruñó, jalándola arriba. Se montó en él, frotando su coño contra su polla, lubricándola. El roce era eléctrico, piel contra piel resbalosa. Lentamente, se hundió en ella, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ana sintió cada vena, cada latido, llenándola por completo.
—¡Ay, cabrón, qué grande! —gimió, empezando a moverse. Arriba y abajo, sus tetas rebotando, Javier agarrándolas. El sudor les corría por los cuerpos, pegajosos, el sonido de carne chocando como palmadas rítmicas. Él embestía desde abajo, profundo, golpeando ese punto que la volvía loca.
En su mente, Ana revivía los conflictos. ¿Por qué no puedo dejarlo? Carlos me da todo, pero Javier me da vida. Habían hablado de huir, de empezar de cero en Cancún, pero el miedo a la familia, al qué dirán, los ataba. Esta noche, sin embargo, no pensaban en eso. Solo en el placer, en el fuego que los consumía.
Javier la volteó a cuatro patas, entrando de nuevo con fuerza. Sus bolas chocaban contra su clítoris, y ella empujaba hacia atrás, pidiendo más. —Más duro, pendejo, rómpeme —suplicó. Él obedeció, jalándole el pelo suave, azotando su nalga con una palmada que resonó. El dolor se mezcló con el placer, intensificando todo.
El cuarto olía a sexo puro, a sudor y fluidos. El ventilador movía el aire caliente, secándoles la piel húmeda. Ana sentía su orgasmo building again, como tormenta en el horizonte. Javier aceleró, gruñendo como animal, sus manos clavándose en sus caderas.
—Me vengo, Ana, me vengo adentro —avisó él, y ella asintió, apretándolo con sus paredes internas.
Explotaron juntos. Javier se vació en chorros calientes, llenándola, mientras Ana gritaba en silencio, su coño convulsionando, ordeñándolo. Colapsaron en la cama, jadeantes, cuerpos entrelazados, pegajosos de sudor y semen.
Después, en el afterglow, Javier la abrazó por detrás, besando su hombro. El corazón de ella latía calmado ahora, el aire fresco secando sus pieles. —Esto no puede seguir así, mi reina —murmuró él.
Ana suspiró, girando para mirarlo. Sus ojos cafés brillaban en la oscuridad. —Lo sé, pero ¿qué hacemos? Es nuestra pasion prohibida, wey, el capitulo99 de locuras.
Se besaron suave, tierno. Hablaron de planes, de un futuro posible. Carlos volvería en dos días, pero esta noche era suya. Ana sintió paz, empoderada en su elección, sabiendo que el amor verdadero no respeta reglas.
Al amanecer, Javier se fue por la puerta trasera, como fantasma. Ana se quedó en la cama, oliendo a él en las sábanas, sonriendo. Que venga el capitulo100, pensó, lista para más.