Luis Alberto Posada Mi Pasion Recordaras
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con promesas. Yo, Ana, acababa de salir de una cena con amigas, pero el verdadero hambre que traía no era de comida. Llevaba semanas sintiendo ese vacío ardiente entre las piernas, un deseo que no se saciaba con vibradores ni fantasías solitarias. El bar estaba lleno de luces tenues, olor a tequila reposado y cigarros electrónicos, con un DJ pinchando cumbia rebajada que hacía vibrar el piso bajo mis tacones.
¿Qué chingados busco aquí? me pregunté mientras me sentaba en la barra, cruzando las piernas para que la falda corta rozara mis muslos. Pedí un margarita con sal, el limón fresco explotando en mi lengua como un beso jugoso. Entonces lo vi. Alto, moreno, con esa mandíbula cuadrada y ojos negros que parecían devorar todo a su paso. Vestía una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales, pantalón de vestir que insinuaba potencia debajo. Se acercó con una sonrisa pícara, como si supiera exactamente lo que mi cuerpo pedía a gritos.
—Buenas noches, preciosa. ¿Me permites invitarte esa bebida? —dijo con voz grave, ronca, como el trueno lejano antes de la lluvia.
—Órale, güey, no soy tan fácil —respondí riendo, pero mi pulso ya se aceleraba, el corazón latiendo fuerte contra mis costillas.
Se presentó: Luis Alberto Posada. El nombre rodó en mi mente como una caricia prohibida. Charlamos de todo y nada: del pinche tráfico de la Ciudad, de cómo la vida en México te obliga a vivir al límite. Sus manos grandes gesticulaban, y cada vez que rozaba mi brazo accidentalmente, un escalofrío me bajaba directo al clítoris. Olía a colonia cara, madera y un toque masculino que me hacía mojarme sin remedio.
Este cabrón me va a follar esta noche, lo siento en las tripas
La tensión crecía con cada shot de tequila. Sus ojos bajaban a mis tetas, que asomaban generosas en el escote, y yo no disimulaba mirando el bulto que empezaba a formarse en sus pantalones. —Ven, bailemos —me dijo, tomándome de la mano. En la pista, sus caderas pegadas a las mías, sentí su verga dura presionando mi vientre. El sudor nos unía, salado en la piel, y su aliento caliente en mi cuello murmuraba: mi pasión recordarás. Lo dijo bajito, como un juramento erótico, y juro que mis chones se empaparon al instante.
Salimos del bar sin decir adiós al mundo. Su auto, un BMW negro reluciente, rugió por Insurgentes hasta su penthouse en Lomas. El elevador subía lento, y ya no aguantamos: sus labios devoraron los míos, lengua invadiendo mi boca con sabor a tequila y deseo puro. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda musculosa. —Te quiero ya, Luis Alberto —jadeé, mientras sus manos subían por mis muslos, dedos expertas encontrando mi humedad.
Entramos al depa, luces de la ciudad parpadeando por las ventanas panorámicas. Me quitó la falda de un tirón, exponiendo mis nalgas redondas y el tanga negro empapado. ¡Qué chingón! exclamó, arrodillándose para oler mi sexo. Su nariz rozó mi clítoris hinchado, y yo temblé, piernas flojas. —Hueles a puta en celo, Ana, me encanta —gruñó, lamiendo el elástico del tanga antes de arrancarlo con los dientes.
Caímos en la cama king size, sábanas de algodón egipcio frías contra mi piel ardiente. Me desnudó despacio, saboreando cada centímetro: besó mis pezones duros como piedras, succionándolos hasta que grité de placer. Mi mano bajó a su entrepierna, liberando esa verga gruesa, venosa, de al menos veinte centímetros, goteando precum que lamí como miel caliente. Sabe a hombre de verdad, pensé, chupándola profunda, garganta relajada por el tequila, mientras él gemía y me jalaba el pelo.
Pero no era solo físico; había algo más. En sus ojos vi hambre acumulada, como si yo fuera el remedio a su propia soledad. —No soy de una noche, Luis Alberto —le dije entre jadeos, montándome en él, frotando mi coño mojado contra su pija tiesa. —Entonces hazme tuyo para siempre —respondió, manos en mis caderas guiándome.
El medio acto era puro fuego lento. Me penetró despacio primero, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena pulsando dentro, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón, qué rico! grité, cabalgándolo con ritmo, tetas rebotando, sudor chorreando entre nosotros. El sonido de piel contra piel era obsceno, chapoteos húmedos mezclados con nuestros ayes. Cambiamos posiciones: él encima, misionero profundo, besándome mientras me taladraba, clítoris frotándose contra su pubis peludo.
Internamente luchaba:
Esto es demasiado bueno, no quiero que acabe, pero mi cuerpo pide explosiónSus dedos jugaban con mi ano, untados en mis jugos, prometiendo más. Le pedí que me diera en cuatro, y obedeció. Desde atrás, sus bolas peludas golpeaban mi clítoris, manos amasando mis nalgas. Olía a sexo puro: almizcle, sudor, corrida reprimida. —¡Más duro, pendejo! —lo azucé, y él aceleró, gruñendo como bestia.
La intensidad subía. Me volteó, piernas en hombros, penetrándome tan hondo que sentía su glande besando mi cervix. Gemidos se volvían gritos: ¡Sí, Luis Alberto, fóllame! Él respondía: Luis Alberto Posada mi pasión recordarás, jadeando el nombre como mantra erótico. Mis paredes se contraían, orgasmo building como ola gigante. Toqué mi clítoris hinchado, frotando furiosa, mientras él me embestía sin piedad.
El clímax llegó como tormenta. Exploto primero yo, coño convulsionando, chorros calientes salpicando su abdomen, visión borrosa de placer cegador. ¡Me vengo, chingado! aullé, uñas en su pecho dejando marcas rojas. Él no tardó: hinchándose dentro, corrió grueso y caliente, pintando mis entrañas de semen espeso. Rugió mi nombre, cuerpo temblando encima mío, pulsos interminables vaciándose en mí.
Quedamos jadeantes, enredados en sábanas revueltas, olor a sexo impregnando el aire. Su pecho subía y bajaba contra mis tetas, corazón latiendo al unísono. Besos suaves ahora, lenguas perezosas explorando. —Recordarás esto, ¿verdad? —murmuró, acariciando mi pelo sudoroso.
—Neta que sí, Luis Alberto. Tu pasión me marcó —respondí, sonriendo con labios hinchados.
Nos quedamos así hasta el amanecer, cuerpos entrelazados, la ciudad despertando abajo. No fue solo un polvo; fue conexión, fuego que quema pero calienta el alma. Salí de ahí con piernas temblorosas, coño adolorido pero satisfecho, sabiendo que Luis Alberto Posada mi pasión recordarás se grabó en mi piel para siempre. Y qué chido, ¿no?