Las 24 Horas de la Pasion del Libro de Jesus
La noche de la vigilia en la iglesia de la colonia Roma estaba cargada de un silencio pesado, roto solo por el murmullo de las oraciones y el aroma intenso del incienso que se colaba por las narices como un susurro pecaminoso. Yo, Ana, con mi falda floreada ceñida a las caderas y una blusa que dejaba entrever el encaje de mi brasier, hojeaba los estantes de la tiendita parroquial. Mis dedos rozaron la portada gastada de un librito viejo: Las 24 horas de la pasion de jesus. Neta, qué chido título, pensé, imaginando esas horas de sufrimiento que tanto me removían por dentro, como si despertaran algo más que fe en mi cuerpo.
Lo compré sin pensarlo dos veces. Al salir, choqué con él. Diego, alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como chocolate derretido bajo las luces tenues de la iglesia. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y un olor a colonia fresca mezclado con sudor fresco de la procesión. "Perdón, morra", dijo con esa voz grave que me erizó la piel. Nos pusimos a platicar del libro, de cómo la Pasión siempre lo ponía pensativo. Qué wey tan guapo, neta me lo quiero comer, me dije mientras él proponía: "¿Y si lo leemos juntos esta noche? Vivo cerca, en un depa chulo con vista al Parque México".
Acepté. Caminamos por las calles empedradas, el aire fresco de la noche mexicana rozando mis piernas desnudas, haciendo que mis pezones se endurecieran bajo la tela. Su mano rozó la mía accidentalmente, y sentí un cosquilleo que subió directo a mi entrepierna. Llegamos a su depa, un lugar acogedor con velas encendidas y una botella de mezcal esperándonos. Nos sentamos en el sillón de piel suave, tan cerca que podía oler su aliento a menta y algo más primitivo, masculino.
¿Será pecado esto? El libro habla de dolor y entrega total, pero en mi cabeza se transforma en algo sucio, delicioso. Quiero que él sea mi Jesús, que me flagel con placer.
Empezamos a leer en voz alta. La primera hora: Jesús en el huerto, sudando sangre. Describía el jardín oscuro, el peso de la agonía. Diego leía con voz ronca, su aliento caliente en mi oreja. Sentí mi panocha humedecerse, el calor subiendo por mis muslos. "Qué intenso, ¿verdad?", murmuró, y su mano se posó en mi rodilla. No la quité. Al contrario, la abrí un poquito, invitándolo.
La tensión crecía con cada página. La segunda hora, el beso de Judas. Diego se acercó más, sus labios rozaron mi cuello. Su piel sabe a sal y deseo, pensé mientras lo besaba. Nuestras lenguas se enredaron como serpientes en el Edén, húmedas, urgentes. Sus manos subieron por mis muslos, fuertes y callosas, masajeando la carne suave hasta llegar al borde de mis panties empapadas. "Estás mojada, Ana, neta me traes loco", gruñó, y yo respondí apretando su verga dura contra el pantalón. Era gruesa, palpitante, lista para mí.
Paramos de leer. Lo arrastré a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Nos desnudamos despacio, saboreando cada revelación. Su pecho ancho, velludo justo lo necesario, pezones oscuros que chupé hasta hacerlo gemir. "Ay, pendeja, qué rico tu boca", jadeó. Bajé más, libere su verga, venosa y erecta, con un glande brillante de precum. La lamí desde la base, saboreando el gusto salado, mientras él enredaba sus dedos en mi cabello negro largo.
Pero no queríamos correr. Recordamos el libro. "Sigamos las 24 horas", propuse, juguetona. Él sonrió pícaro. La tercera hora: Jesús ante Anás. Lo até simbólicamente con su corbata a la cabecera, besando su cuerpo como si fuera un mártir. Mordí sus pezones, lamí el sudor que perlaba su abdomen marcado. Él temblaba, su verga goteando. Quiero que sufra de placer antes de darme todo.
La noche avanzaba. Cuarta hora, ante Caifás. Le monté la cara, mi chochito depilado rozando su boca ansiosa. Su lengua experta lamió mi clítoris hinchado, chupando mis labios mayores como si fueran néctar. Gemí alto, "¡Sí, carnal, cómemela toda!". El sonido de mis jugos y su succión llenaba la habitación, mezclado con nuestros jadeos. Me corrí primero, un orgasmo que me sacudió como un rayo, arqueando la espalda, mis uñas clavadas en sus hombros.
Lo desaté. Quinta hora, negación de Pedro. Él me volteó boca abajo, abriéndome las nalgas. Su lengua exploró mi ano, húmeda y caliente, mientras dos dedos follaban mi panocha. "Te voy a romper, morrita", prometió. Entró despacio, su verga llenándome centímetro a centímetro. Sentí cada vena rozando mis paredes internas, el estiramiento delicioso. Empezó a bombear, lento al principio, el slap slap de piel contra piel como un ritmo sagrado.
Las horas se fundían. Sexto séptimo octavo: azotes, coronación de espinas. Nos azotamos mutuamente con las manos, leves pero ardientes, dejando marcas rojas que lamíamos después. Él me penetró de lado, su mano en mi garganta suave, controlando mi respiración mientras me follaba profundo. Olía a sexo puro: sudor, semen, mi esencia dulce. Esto es la pasión verdadera, no solo dolor, sino éxtasis compartido.
Al amanecer, novena hora: Jesús cargando la cruz. Lo puse contra la pared, yo de rodillas, mamándosela con furia mientras él gemía mi nombre. Luego, décima: clavado en la cruz. Me levantó en brazos, empalándome en su verga mientras caminaba por el depa, rebotándome como una muñeca de trapo. Mis tetas saltaban, pezones duros rozando su pecho. "¡Más fuerte, Diego, dame todo!".
El sol entró por la ventana, calentando nuestras pieles pegajosas. Undécima duodécima: en la cruz. Nos corrimos juntos en la cama, él dentro de mí, llenándome de leche caliente que sentí chorrear por mis muslos. Pero no paramos. Tomamos un respiro con café y chongos de la esquina, riendo de lo locos que estábamos. "Este libro nos volvió pervertidos", bromeó, besándome la frente.
La tarde trajo más. Decimotercera a vigésima: agonía final. Exploramos todo: 69 donde saboreé su culo mientras él devoraba el mío, dedos en todas partes, vibrador que sacó de un cajón para mi clítoris. Gemidos que debieron oír los vecinos, pero qué importaba. Veinticuatro horas exactas, sincronizadas con el reloj en la pared. Su verga en mi boca, en mi panocha, en mi culo –consensual, lubricado, placentero– hasta el último espasmo.
Al final, exhaustos, envueltos en las sábanas revueltas que olían a nosotros, el libro abierto en la mesita. Diego me abrazó, su corazón latiendo contra el mío. "La pasión de Jesús nos unió, pero esto es nuestro milagro". Sonreí, besando su pecho salado. Neta, las 24 horas de la pasion de jesus cambiaron mi vida, pero tú la encendiste. Dormimos así, en paz carnal y espiritual, con el amanecer pintando promesas en el cielo de México.