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A La Una Pasión Infinita

6935 palabras

A La Una Pasión Infinita

Era una noche calurosa en la Roma, de esas que te pegan el vestido a la piel como si el aire mismo quisiera abrazarte. Yo, Ana, acababa de salir del bar con ese cosquilleo en el estómago que solo te da cuando ves a alguien que te prende el foco de inmediato. Él se llamaba Diego, un morro alto, de ojos negros como el café de olla y una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Nos habíamos topado en la barra, charlando de tonterías sobre tacos al pastor y la neta de la vida en la CDMX. Órale, este wey me va a volver loca, pensé mientras caminábamos por la calle, el bullicio de los carros y las risas lejanas envolviéndonos como un rebozo.

¿Y si seguimos la fiesta en mi depa? —me dijo, con esa voz ronca que olía a tequila reposado y deseo fresco.

Le sonreí, sintiendo el calor subir por mis muslos. —Chido, pero no me hagas esperar mucho, ¿eh?

Subimos las escaleras de su edificio viejo pero chulo, con ese olor a jazmín que se colaba por las ventanas abiertas. Adentro, la luz tenue de una lámpara de lava pintaba sombras suaves en las paredes llenas de posters de Frida y murales callejeros. Me sirvió un mezcal en un vasito de barro, y al chocar los bordes, sentí su mirada clavada en mis labios. El primer sorbo quemó dulce, como un beso anticipado. Nos sentamos en el sillón de piel gastada, tan cerca que podía oler su colonia mezclada con el sudor ligero de la noche, ese aroma macho que me eriza la piel.

A la una, pasión infinita. ¿De dónde saqué esa frase? Tal vez del reloj de pared que marcaba la hora exacta, tic-tac, tic-tac, como un corazón acelerado.

Empecé contándole de mi pinche trabajo en la agencia, de cómo odiaba las juntas eternas, y él reía, tocándome el brazo con dedos firmes. Cada roce era electricidad, un chispazo que bajaba directo a mi entrepierna. Ya, Ana, no seas pendeja, ve por él, me dije. Me acerqué, mis labios rozando su oreja. —¿Sabes qué? Me gustas un chingo.

Su respuesta fue un beso que me dejó sin aire. Sus labios carnosos, saboreando a mezcal y a él mismo, fresco y salado. Me jaló hacia su regazo, y sentí su verga dura presionando contra mí a través de los jeans. ¡Qué chingonería! Mis manos se enredaron en su cabello negro, ondulado, mientras su lengua exploraba mi boca con hambre, chupando, mordiendo suave. El sonido de nuestros besos, húmedos y urgentes, se mezclaba con la música de un mariachi lejano que se oía en la calle.

Acto primero: la chispa. Nos quitamos la ropa con prisa juguetona, riendo cuando mi blusa se atora en la cabeza. Su pecho ancho, con vellos oscuros que bajaban en una línea tentadora hasta su abdomen marcado. Lo toqué, piel caliente bajo mis palmas, oliendo a jabón y hombre. Él desabrochó mi brasier, liberando mis tetas, y las miró como si fueran el mejor mole del mundo. —Eres una diosa, Ana —murmuró, antes de lamer un pezón, succionándolo hasta que gemí alto, el placer punzando como chile fresco.

Me recostó en el sillón, sus manos bajando por mis caderas, quitándome el calzón con dientes. El aire fresco besó mi concha húmeda, expuesta y palpitante. Él se arrodilló, inhalando profundo. —Hueles a miel y pecado. Su lengua tocó mi clítoris, un lametón largo y lento que me hizo arquear la espalda. Sí, cabrón, así. Lamía con maestría, círculos perfectos, chupando mis labios hinchados, metiendo la lengua adentro mientras sus dedos me abrían. El sonido era obsceno, chapoteos jugosos, mi jugo corriendo por sus labios. Gemía contra mí, vibrando mi piel, y yo agarraba su cabeza, empujándolo más hondo. El olor de mi excitación llenaba el cuarto, almizclado y dulce, mezclado con su sudor.

Pero no quería correrme todavía. Lo jalé arriba, desabrochando su chamarra y jeans. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza roja y brillante de precum. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo caliente. —Qué vergota, Diego —le dije, lamiendo la punta, salada y musgosa. La chupé despacio, metiéndomela hasta la garganta, escuchando sus gruñidos roncos, ¡Órale, qué rico!. Mis tetas rozaban sus muslos, pezones duros como piedras.

Acto segundo: la hoguera. Me levantó como si no pesara nada, cargándome al cuarto. La cama king size con sábanas de algodón egipcio crujió bajo nosotros. A la una en punto, el reloj sonó suave, y él susurró: A la una pasión infinita, riendo contra mi cuello. Me abrió las piernas, su verga rozando mi entrada, lubricada y ansiosa. —Dime si quieres, jadeó.

Cógeme ya, wey. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Madre santa, qué llena me siento! Llenó mi concha hasta el fondo, sus bolas peludas contra mi culo. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida un golpe sordo, piel contra piel, sudor goteando. El olor a sexo crudo nos rodeaba, su axila cerca de mi nariz, masculino y adictivo. Aceleró, follándome duro, mis tetas rebotando, uñas clavadas en su espalda. —¡Más fuerte, pendejo! —grité, y él obedeció, el colchón chirriando, cabezas golpeando la pared.

Cambié de posición, montándolo como amazona. Su verga entró más hondo, rozando mi punto G con cada bajada. Lo cabalgaba salvaje, mis nalgas aplastando sus bolas, jugo chorreando por sus muslos. Él pellizcaba mis pezones, jalándolos, y yo gemía, el placer subiendo como volcán. Esto es puro fuego mexicano. Sudor nos unía, resbaloso, el sabor salado en mi lengua cuando lo besé. Sus manos en mi culo, guiándome, dedos rozando mi ano, prometiendo más.

La tensión crecía, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose. —Me vengo, Ana —gruñó. Yo aceleré, clítoris frotando su pubis, el orgasmo rompiéndome en olas. Grité, convulsionando, leche chorreado, mientras él explotaba adentro, chorros calientes llenándome, desbordando. El sonido de nuestros jadeos, irregulares, el pulso latiendo en oídos.

Acto tercero: el rescoldo. Colapsamos, enredados, su semen goteando de mí, cálido en mis muslos. Me besó la frente, suave ahora, sus dedos trazando mi espina. —Eres increíble, neta. Reímos bajito, el cuarto oliendo a sexo satisfecho, mezcal y jazmín. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí, en su cama, todo era paz. A la una pasión infinita, y qué chido que apenas empieza, pensé, acurrucándome en su pecho, oyendo su corazón calmarse al unísono con el mío.

Nos quedamos así, charlando pendejadas hasta el amanecer, sabiendo que esto no era un rato, sino el inicio de algo grande. Su mano en mi cadera, posesiva y tierna, me hizo sonreír. México es así: pasión que no se apaga, infinita como el tequila en las fiestas.

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