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Dibujo de Pasión (1)

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Dibujo de Pasión

En mi taller de Coyoacán, con el sol filtrándose por las ventanas empañadas y el aroma a óleo fresco flotando en el aire, preparé el lienzo para ella. Sofía llegó puntual, como siempre, con esa sonrisa que me hacía sentir un pendejo nervioso. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, y su pelo negro caía en ondas salvajes hasta la cintura. "Órale, Diego, ¿listo para capturar mi esencia hoy?", dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel.

La acomodé en el diván rojo, rodeado de plantas de bugambilia que perfumaban el cuarto con su dulzor floral. Le pedí que se quitara el vestido, y lo hizo sin titubear, quedando solo en unas bragas de encaje negro que apenas cubrían lo esencial. Su piel morena brillaba bajo la luz dorada, los pezones endurecidos por el aire fresco del atardecer. Tomé el carboncillo, mi mano temblando un poco mientras trazaba las primeras líneas de su silueta. Dibujo pasión, murmuré para mí, pensando en cómo cada trazo era un roce prohibido.

Desde el principio, la tensión era palpable. Sus ojos cafés me seguían, intensos, como si me desnudaran a mí también. "Me encanta cómo me miras, wey", soltó de repente, rompiendo el silencio. Mi pulso se aceleró, el carboncillo resbalando en el papel mientras delineaba el arco de sus caderas. El sonido del lápiz raspando era hipnótico, mezclado con su respiración profunda que hacía subir y bajar sus senos perfectos. Olía a vainilla y a algo más salvaje, como el calor de su entrepierna que ya empezaba a humedecer el aire.

¿Por qué carajos me afecta tanto? Es solo un modelo, pero neta, quiero devorarla entera.

Pasaron minutos que parecieron horas. Le pedí que posara de lado, con una pierna flexionada, exponiendo la curva interna de su muslo. Mi mirada se demoró ahí, donde la tela del encaje se hundía ligeramente. "Diego, ¿te gusta lo que ves?", preguntó juguetona, mordiéndose el labio inferior. Asentí, la garganta seca, y cambié al pincel suave para sombrear sus pechos. Cada pasada era un beso fantasma, el óleo tibio goteando como sudor.

En el medio del acto, algo rompió la barrera. Se incorporó un poco, el diván crujiendo bajo su peso, y extendió la mano para tocar mi antebrazo. Su piel era fuego contra la mía, suave como terciopelo caliente. "Ven, déjame ver cómo va ese dibujo pasión", susurró, su aliento cálido rozando mi oreja. Me acerqué, el corazón latiéndome como tambor en las costillas. Nuestras miradas se enredaron, y sentí su mano subir por mi brazo, hasta el cuello, tirando de mí con una fuerza dulce.

Nos besamos entonces, un beso que sabía a menta y deseo reprimido. Sus labios carnosos se abrieron para mí, la lengua danzando con la mía en un ritmo frenético. La tumbé de espaldas en el diván, el lienzo olvidado a un lado, manchado de nuestras sombras. Mis manos exploraron su cuerpo: los senos firmes, pesados en mis palmas, los pezones duros como piedritas que chupé con avidez. Ella gimió, un sonido gutural que vibró en mi pecho, "¡Ay, cabrón, sí, así!". Olía a su excitación ahora, almizclado y dulce, haciendo que mi verga se pusiera dura como piedra dentro de los jeans.

Le quité las bragas despacio, revelando su sexo depilado, hinchado y brillante de jugos. Metí un dedo, luego dos, sintiendo su calor apretado, las paredes pulsando alrededor. "Estás chingón mojada, Sofía", le dije, y ella rio bajito, arqueando la espalda. "Es por ti, pendejo, por cómo me dibujas con los ojos". La lamí entonces, la lengua trazando círculos en su clítoris, saboreando su salinidad mezclada con el néctar de su placer. Sus muslos me aprisionaron la cabeza, temblando, mientras sus uñas se clavaban en mi cuero cabelludo.

La tensión crecía como una tormenta en el Golfo. Me desvestí a tirones, mi polla saltando libre, venosa y palpitante. Ella la tomó en su mano suave, masturbándome con movimientos lentos que me hicieron gruñir. "Qué rica verga tienes, Diego, neta la quiero adentro". La penetré de un solo empujón, su coño envolviéndome como guante de terciopelo húmedo. Empezamos despacio, mis caderas chocando contra las suyas con un slap slap rítmico, el sudor perlando nuestras pieles. El taller se llenó de nuestros jadeos, el olor a sexo crudo dominando el de las pinturas.

Cada embestida es un trazo en mi alma, borrando todo menos esta pasión desenfrenada.

Aceleramos, ella clavando las piernas en mi espalda, urgiéndome más profundo. "¡Más fuerte, wey, rómpeme!". La cogí como poseído, el diván bamboleándose, sus tetas rebotando hipnóticas. Sentí su orgasmo venir primero: su coño se contrajo como un puño, ordeñándome, mientras gritaba mi nombre en un alarido que erizó mi vello. "¡Diego, me vengo, chingado!". Eso me llevó al borde. Me corrí dentro de ella con un rugido, chorros calientes llenándola, nuestro sudor mezclándose en un charco pegajoso bajo nosotros.

Caímos exhaustos, respiraciones entrecortadas sincronizándose poco a poco. La abracé, su cabeza en mi pecho, el corazón martilleando aún. El lienzo nos miraba desde el suelo, el dibujo pasión incompleto pero vivo, testigo de nuestra entrega. "Esto fue mejor que cualquier arte", murmuró ella, trazando círculos en mi piel con el dedo. Sonreí, besando su frente salada. Afuera, la noche de Coyoacán susurraba con risas lejanas y mariachis, pero aquí dentro, solo existía esta calma ardiente.

Nos quedamos así un rato, cuerpos entrelazados, el aire espeso con el aroma de nuestro amor líquido. Sofía se incorporó primero, recogiendo el pincel del suelo con picardía. "Ahora termina el dibujo, amor, pero con nosotros como musas". Reí, sintiendo una paz profunda, sabiendo que esto era solo el principio de muchas sesiones de pasión desenfrenada. El taller, nuestro santuario, olía a promesas futuras, a pieles que se buscarían una y otra vez.

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