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La Musica de la Pasion de Cristo en Nuestra Piel

6919 palabras

La Musica de la Pasion de Cristo en Nuestra Piel

Era Viernes Santo en las calles empedradas de San Miguel de Allende, el aire cargado con el aroma dulce del incienso y las velas derretidas. Yo, Ana, caminaba sola entre la multitud devota, mi blusa de algodón blanco pegándose un poco a mi piel por el calor de la tarde. Las procesiones llenaban el ambiente con música de la pasión de Cristo, esos cantos profundos y dolientes que resonaban desde las trompetas y violines, vibrando en mi pecho como un latido prohibido. Neta, siempre me ha puesto esa música, con su ritmo lento y apasionado que te eriza la piel, como si evocara no solo sufrimiento, sino un fuego oculto, carnal.

De repente, lo vi. Alto, moreno, con ojos negros que brillaban bajo el sombrero charro. Estaba recargado en una pared colonial, fumando un cigarro con esa calma de quien sabe que el mundo gira a su alrededor. Nuestras miradas se cruzaron y ¡órale! sentí un cosquilleo en el estómago, como si la música se hubiera metido directo en mis venas. Él sonrió, una de esas sonrisas pendejas pero chingonas que te hacen mojar sin remedio. Me acerqué, fingiendo interés en una mantita bordada de un puesto cercano.

¿Qué chiste, güey? ¿Vienes a la procesión o nomás a ver el desmadre?
me dijo, su voz grave compitiendo con los tambores lejanos.

Le contesté con una risa coqueta: No mames, las dos cosas. Esta música de la pasión de Cristo me tiene bien prendida. No era mentira. Cada nota me recordaba lo mucho que necesitaba soltarme, dejar que el deseo me invadiera como la Semana Santa invade la ciudad.

Nos quedamos platicando ahí mismo, él se llamaba Javier, un carpintero local que tallaba santos pero que, según él, prefería tallar cuerpos de mujer. Su olor a madera fresca y sudor masculino me mareaba, mezclado con el humo del incienso. La tensión crecía con cada acorde de la música, que ahora parecía sonar solo para nosotros. ¿Y si nos echamos un cafecito? O algo más fuerte, propuso, y yo asentí, sintiendo mis pezones endurecerse bajo la blusa.

Acto primero: la invitación. Caminamos por callejuelas iluminadas por faroles, la procesión siguiéndonos como un testigo silencioso. Llegamos a su taller, un espacio acogedor con olor a cedro y pintura fresca, lejos del bullicio. Cerró la puerta y el mundo afuera se apagó, solo quedaban los ecos de la música de la pasión de Cristo filtrándose por la ventana entreabierta. Se acercó despacio, su mano rozando mi brazo, enviando chispas por mi espina dorsal.

Desde que te vi, supe que eras fuego puro, Ana
, murmuró, y yo sentí mi corazón galopando como los tambores.

Lo besé primero, no pude aguantar. Sus labios eran firmes, con sabor a tabaco y menta, su lengua explorando la mía con hambre santa. Mis manos se colaron bajo su camisa, palpando el calor de su pecho velludo, los músculos tensos por el trabajo. Él gimió bajito, un sonido que vibró en mi boca, y me apretó contra la pared, su verga ya dura presionando mi vientre. Qué rico hueles, como a jazmín y mujer en celo, dijo entre besos, y yo reí, arqueándome para sentirlo más.

Pero no era solo físico. En mi cabeza daba vueltas:

¿Qué pedo, Ana? ¿Sexo con un desconocido al ritmo de la pasión de Cristo? Neta, estás loca, pero qué chido se siente soltar el control
. La música afuera subía de intensidad, violines llorando notas largas que me ponían la piel de gallina. Javier me quitó la blusa con delicadeza, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba mi clavícula. Sus manos grandes amasaron mis tetas, pellizcando los pezones hasta que jadeé, un gemido que se mezcló con el coro lejano.

Acto segundo: la escalada. Me cargó como si no pesara nada y me tendió en su catre, rodeado de herramientas y esculturas a medio terminar. El aire estaba espeso, cargado de nuestro aliento agitado y el aroma almizclado de la excitación. Le desabroché el pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Chúpala, mi reina, pidió, y yo obedecí con gusto, saboreando su piel salada, el pre-semen dulce en mi lengua. Él gruñó, enredando sus dedos en mi pelo, guiándome con ritmo lento, como la música que ahora parecía marcar nuestros movimientos.

Me volteó, besando mi espalda, bajando hasta mi culo redondo. Sus dedos se colaron en mi panocha empapada, resbalosos de mis jugos. Estás chorreando, cabrona, dijo riendo, y yo gemí cuando metió dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas. El sonido húmedo de su mano follándome se unía al violín sollozando afuera, un concierto obsceno y perfecto. Lo quería dentro, ya.

Javier, métemela, no aguanto más
, supliqué, mi voz ronca de necesidad.

Se puso encima, su peso delicioso aprisionándome, y empujó despacio, centímetro a centímetro. Sentí cada vena rozando mis paredes, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, wey, qué grande la tienes! grité, clavando uñas en su espalda. Empezó a moverse, embestidas profundas y lentas al principio, sincronizadas con los tambores distantes. El sudor nos unía, resbaloso y caliente, su olor masculino invadiendo mis sentidos. Aceleró, el catre crujiendo, mis tetas botando con cada choque. Yo le mordí el hombro, probando su piel salobre, mientras la música alcanzaba su clímax, coros elevándose como nuestros gemidos.

La tensión psicológica era brutal:

Esto es pecado, pero qué pecado tan rico, como si la pasión de Cristo se convirtiera en nuestra propia pasión carnal
. Él me volteó a cuatro patas, agarrando mis caderas, follándome con fuerza, sus bolas golpeando mi clítoris. El placer subía en olas, mi cuerpo temblando, el olor a sexo impregnando el aire. Vente conmigo, Ana, córrete en mi verga, jadeó, y yo exploté, un orgasmo que me dejó ciega, gritando su nombre mientras él se vaciaba dentro, chorros calientes llenándome.

Acto tercero: el afterglow. Nos quedamos tirados, jadeantes, la música de la pasión de Cristo apagándose afuera como un suspiro final. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse, yo acariciando su pelo revuelto. El cuarto olía a nosotros, a semen y sudor mezclado con madera. Qué chingón fue eso, ¿verdad? dijo él, besando mi ombligo. Yo sonreí, sintiendo una paz profunda, como si hubiéramos profanado lo sagrado pero lo hubiéramos hecho nuestro.

Nos vestimos despacio, prometiendo vernos después de la resurrección, cuando la ciudad volviera a la vida. Salí a la calle fresca de noche, la música un eco lejano en mi piel aún sensible. Esa noche, la pasión no fue solo de Cristo, fue nuestra, ardiente y eterna. Caminé con una sonrisa pendeja, sabiendo que la Semana Santa nunca volvería a sonar igual.

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