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Cara de Pasión

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Cara de Pasión

Entraste al bar en Polanco esa noche de viernes, con el aire cargado de ritmos de cumbia rebajada que retumbaban en tus huesos. El lugar estaba a reventar de morros y morras bien puestas, luces neón parpadeando sobre pieles bronceadas y copas de tequila que tintineaban como promesas. Tú, con tu camisa ajustada y jeans que marcaban lo justo, buscabas algo que te sacara del pinche estrés de la semana. Neta, solo querías un trago y ver qué pintaba.

Entonces la viste. Sentada en la barra, con un vestido rojo que se pegaba a sus curvas como segunda piel, el cabello negro cayéndole en ondas salvajes por la espalda. Sus ojos, oscuros y fieros, se clavaron en los tuyos mientras dabas un sorbo a tu chela. Órale, qué chava tan cabrona, pensaste, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur. Ella sonrió, una de esas sonrisas que prometen pecados, y levantó su copa en saludo.

Te acercaste, el olor a su perfume —jazmín mezclado con algo dulce y prohibido— te golpeó como una ola. "Qué onda, guapo", dijo con voz ronca, acento chilango puro. "Me llamo Carla, ¿y tú?". "Javier", respondiste, tu pulso acelerándose mientras su mano rozaba la tuya al chocar copas. Hablaron de pendejadas: el tráfico de Insurgentes, lo chido de los tacos de suadero en la esquina, pero debajo de las risas había fuego. Sus rodillas se tocaban bajo la barra, y cada roce era como electricidad estática en tu piel.

La música subió de volumen, y ella te jaló a la pista. Bailaron pegados, sus caderas moviéndose contra las tuyas en un ritmo que te ponía la verga dura como piedra. Sentías el calor de su cuerpo, el sudor perlándole el escote, el sabor salado cuando le besaste el cuello por primera vez. "No mames, Javier, me estás volviendo loca", murmuró en tu oído, su aliento caliente oliendo a limón y tequila. Tú la apretaste más, tus manos en su cintura, imaginando cómo se sentiría desnuda.

Esta morra es puro fuego, carnal. No la dejes ir.

Salieron del bar tomados de la mano, el aire fresco de la noche mexicana rozándoles la piel ardiente. Tomaron un Uber hasta su depa en Lomas, un lugar chido con vistas al skyline de la Ciudad. Apenas cerraron la puerta, se devoraron. Sus labios eran suaves y hambrientos, lengua danzando con la tuya en un beso que sabía a deseo crudo. La cargaste hasta el sofá, quitándole el vestido con dedos temblorosos de anticipación. Debajo, lencería negra que enmarcaba sus tetas firmes y su panza plana.

La recostaste, besando cada centímetro: el hueco de su clavícula, donde olía a vainilla; los pezones endurecidos que chupaste hasta hacerla gemir. "Ay, wey, qué rico", jadeó ella, arqueando la espalda. Tus manos bajaron, explorando el calor húmedo entre sus muslos. Estaba empapada, su concha resbalosa invitándote. Metiste un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hizo gritar. El sonido de sus jadeos llenaba la habitación, mezclado con el lejano tráfico de Reforma.

Pero querías más. Te quitaste la ropa rápido, tu verga saltando libre, palpitante. Ella la miró con ojos hambrientos, lamiéndose los labios. "Ven, cabrón, dame todo". Se puso de rodillas, su boca envolviéndote en calor húmedo. Sentiste su lengua girando alrededor de la cabeza, succionando con maestría, el sabor de su saliva mezclándose con tu pre-semen. Tus manos en su pelo, guiándola, pero suave, porque todo era puro acuerdo entre adultos que se deseaban a morir.

La levantaste, la llevaste a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se montó encima, frotando su concha contra tu verga, lubricándote con sus jugos. "Mírame, Javier", dijo, y cuando bajaste la vista a su cara de pasión, te perdiste. Ojos entrecerrados, labios entreabiertos en un gemido eterno, mejillas sonrojadas, sudor brillando en su frente. Era la cara más erótica que habías visto: pura entrega, puro éxtasis contenido.

Se hundió en ti lentamente, centímetro a centímetro, su concha apretándote como un guante de terciopelo caliente. "¡Chingado, qué grande!", exclamó, empezando a cabalgar. Tú embestías desde abajo, manos en sus nalgas redondas, sintiendo el slap-slap de piel contra piel. El aroma de su arousal llenaba el aire, almizclado y adictivo, mezclado con el tuyo. Sus tetas rebotaban, y tú las atrapabas, pellizcando pezones mientras ella aceleraba.

La volteaste, poniéndola a cuatro patas. El espejo de la pared reflejaba todo: su espalda arqueada, tu verga entrando y saliendo de su coño chorreante. "Más fuerte, pendejo, rómpeme", rogó ella, empujando hacia atrás. Le diste lo que pedía, embistiéndola profundo, tus bolas golpeando su clítoris. Sentías cada contracción de sus paredes internas, ordeñándote. El sudor corría por tu pecho, goteando en su espalda, y ella giraba la cabeza para mirarte con esa cara de pasión otra vez: cejas fruncidas, boca abierta en éxtasis, un hilo de baba escapando de sus labios.

Esta es la neta del placer, wey. Su cara de pasión me va a matar.

La tensión crecía como una tormenta. Cambiaron posiciones: ella encima de nuevo, luego de lado, cucharita, donde pudiste acariciar su clítoris mientras la penetrabas lento y profundo. Sus gemidos se volvieron gritos: "¡Sí, cabrón, ahí! ¡No pares!". Tú sentías el orgasmo bullendo en tus bolas, pero aguantabas, queriendo que ella explotara primero. Rozabas su punto G con cada estocada, el sonido húmedo de sus jugos chapoteando.

De repente, su cuerpo se tensó. "¡Me vengo, Javier! ¡Ay, Dios!". Su cara de pasión se contorsionó en puro gozo: ojos en blanco, boca gritando, venas pulsando en su cuello. Su concha se contrajo en espasmos violentos, ordeñándote, chorros calientes mojando las sábanas. Eso te llevó al límite. "¡Yo también, Carla!", rugiste, saliendo justo a tiempo para eyacular en su panza, chorros blancos gruesos marcando su piel. El placer te cegó, pulsos retumbando en tus oídos, el mundo reduciéndose a ese momento.

Cayeron exhaustos, jadeando. Su cabeza en tu pecho, el latido de su corazón sincronizándose con el tuyo. El aire olía a sexo crudo, semen y sudor, pero era embriagador. La besaste en la frente, suave. "Eres increíble, morra", murmuraste. Ella levantó la vista, aún con rastros de esa cara de pasión suavizada en una sonrisa satisfecha. "Tú tampoco estás tan pendejo, wey. Qué noche chingona".

Se ducharon juntos después, agua caliente cascando sobre sus cuerpos entrelazados, jabón deslizándose por curvas y músculos. Rieron de tonterías, manos explorando perezosamente. En la cama, envueltos en las sábanas revueltas, hablaron hasta el amanecer: sueños, miedos, lo chido de la vida en la CDMX. No fue solo sexo; fue conexión, ese fuego que quema y calienta al mismo tiempo.

Al salir el sol, tiñendo el cielo de naranjas y rosas, supiste que esto no acababa ahí. Su cara de pasión se te quedaría grabada, un recuerdo que te pondría duro cada vez que la recordaras. "Vuelve pronto, Javier", dijo en la puerta, besándote con promesa. "Simón, Carla. Neta que sí". Y te fuiste, con el cuerpo saciado y el alma en llamas.

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