Relatos Prohibidos
Inicio Hetero Crimen de Pasion en la Piel Crimen de Pasion en la Piel

Crimen de Pasion en la Piel

6464 palabras

Crimen de Pasion en la Piel

La noche en la colonia Roma ardía como un chile habanero fresco del mercado. El aire olía a mezcal ahumado y jazmines callejeros, mezclado con el bullicio de risas y cláxones lejanos. Yo, Ana, con mi vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa mexica, entré al bar El Parnita buscando un rato de olvido. Hacía meses que mi ex, ese pendejo infiel, me había dejado con el corazón hecho mierda, pero esa noche no quería dramas, solo algo que me acelerara el pulso.

Ahí lo vi, recargado en la barra, con una camisa blanca arremangada que dejaba ver unos antebrazos morenos y fuertes, como los de un torero. Javier, se llamaba. Neta, sus ojos cafés me clavaron como un puñal. Pidió un tequila reposado para mí sin que yo lo pidiera, y su sonrisa chueca me derritió. Órale, wey, este cuate sabe lo que quiere, pensé mientras chocábamos vasos. Hablamos de todo: del pinche tráfico de la Reforma, de tacos al pastor en la esquina, de cómo la vida en la Ciudad de México te chinga pero también te pone la piel chinita de emoción.

La tensión crecía con cada sorbo. Su rodilla rozaba la mía bajo la mesa, un toque casual que mandaba chispas por mi espina. Olía a colonia fresca con un toque de sudor varonil, ese aroma que te hace cerrar los ojos y imaginar cosas sucias. "Eres una chula peligrosa", me dijo bajito, su aliento cálido contra mi oreja. Yo reí, pero por dentro ya estaba mojada, sintiendo ese cosquilleo traicionero entre las piernas.

¿Qué carajos, Ana? ¿Vas a dejar que este desconocido te vuelva loca?
Pero la respuesta era obvia: simón, wey.

Salimos del bar tambaleándonos un poquito, no por el alcohol, sino por la electricidad que nos unía. La calle estaba viva con luces neón y parejas besándose en las sombras. Javier me jaló hacia un callejón angosto, su mano grande en mi cintura, y me besó como si el mundo se acabara esa noche. Sus labios eran firmes, con sabor a tequila y menta, su lengua explorando mi boca con hambre. Gemí contra él, mis uñas clavándose en su espalda. Sentía su verga dura presionando mi vientre, gruesa y prometedora. "Ven a mi depa, está a dos cuadras", murmuró, su voz ronca como un rugido contenido.

Entramos a su loft minimalista, con ventanales que daban a las luces de la ciudad. Olía a madera pulida y a él, puro macho listo para devorar. Me quitó el vestido despacio, sus dedos ásperos rozando mi piel erizada. Quedé en tanga negra y bra, mis tetas subiendo y bajando con la respiración agitada. Él se desvistió rápido, revelando un torso marcado por gym y vida al aire libre, vello oscuro bajando hasta esa verga tiesa, venosa, que me hizo salivar. Chingón, qué pedazo de hombre.

Nos tumbamos en su cama king size, sábanas frescas contra mi piel ardiente. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando suave, dejando huellas húmedas que olían a mi perfume de vainilla. Lamía mis pezones duros, chupándolos con succiones que me arqueaban la espalda. "Qué ricas tetas, mami", gruñó, y yo solo pude jadear. Mis manos exploraban su pecho, bajando a su abdomen firme, hasta agarrar su pito palpitante. Lo apreté, sintiendo el calor pulsante, la gota precorial resbalosa en mi palma. Él gimió, un sonido gutural que vibró en mi clítoris.

La tensión subía como el volcán Popo en erupción. Me abrió las piernas, su aliento caliente en mi monte de Venus. "Estás chorreando, pinche rica", dijo con esa voz mexicana cruda que me ponía más caliente. Su lengua se hundió en mi coño, lamiendo lento al principio, saboreando mis jugos salados y dulces. Gemí fuerte, mis caderas moviéndose solas contra su cara barbuda. Olía a sexo puro, a mi excitación mezclada con su sudor. Metió dos dedos gruesos, curvándolos contra mi punto G, mientras su boca chupaba mi clítoris hinchado.

¡No pares, cabrón! Esto es demasiado bueno, me voy a venir ya
. Explosé en su boca, ondas de placer sacudiéndome, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco.

Pero no paró. Me volteó boca abajo, su cuerpo cubriéndome como una manta pesada y deliciosa. Besos en la nuca, mordidas en los hombros, sus manos amasando mis nalgas redondas. Sentí la cabeza de su verga rozando mi entrada, resbalosa de mis fluidos. "Dime que sí, Ana. Quiero cogerte duro". "¡Sí, pendejo, métemela toda!", rogué, empinando el culo. Empujó despacio al principio, estirándome deliciosamente, centímetro a centímetro. Llenó mi coño hasta el fondo, su pubis peludo chocando contra mis cachetes. El sonido era obsceno: piel contra piel, chapoteos húmedos, mis gemidos ahogados en la almohada.

Empezó a bombear, lento y profundo, cada embestida mandando chispas por mis nervios. Sudábamos juntos, el olor almizclado llenando la habitación. Aceleró, sus bolas golpeando mi clítoris, sus gruñidos en mi oído: "Eres tan apretada, chula. Me vas a sacar la leche". Yo empujaba hacia atrás, follándome a mí misma en su pito, sintiendo cada vena frotando mis paredes internas. La tensión psicológica explotaba: recordé a mi ex, pero Javier lo borraba con cada estocada. Esto es un crimen de pasión, puro fuego prohibido que nos consume. Él me volteó de nuevo, piernas sobre sus hombros, penetrándome más hondo. Nuestros ojos se clavaron, sudor goteando de su frente a mis tetas. "Ven conmigo, Ana", jadeó.

El clímax nos golpeó como un terremoto. Su verga se hinchó dentro de mí, chorros calientes inundando mi útero mientras yo contraía alrededor, ordeñándolo, olas interminables de éxtasis. Grité, arañando su espalda, el placer tan intenso que dolía rico. Colapsamos, su peso sobre mí reconfortante, su corazón latiendo contra el mío como tambores aztecas.

Después, en el afterglow, nos quedamos enredados, piel pegajosa y sonrisas bobas. Él me acariciaba el cabello, besando mi frente. "Neta, eso fue un crimen de pasión, wey. Nunca había sentido algo tan cabrón". Reí bajito, oliendo su cuello, saboreando la sal en su piel. Por primera vez en meses, me sentía viva, empoderada, dueña de mi deseo. La ciudad zumbaba afuera, pero adentro solo estábamos nosotros, en esa burbuja de placer puro.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, nos despedimos con un beso largo, prometiendo más noches locas. Salí a la calle, piernas flojas pero alma llena.

El crimen de pasión no mata, revive. Y yo, Ana, acabo de nacer de nuevo
.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.