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Pasión de Gavilanes Versiones Ardientes

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Pasión de Gavilanes Versiones Ardientes

El sol del mediodía caía a plomo sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara, tiñendo de oro los campos de agave que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Yo, Ana, había llegado esa mañana para visitar a mi carnala Rosa, pero ella se había ido a la ciudad por un mandado urgente. Me quedé sola con su hermano mayor, Juan, un moreno alto y fornido, con esa mirada de güey que te derrite las rodillas. Llevaba una camisa ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans gastados que abrazaban sus muslos como una segunda piel. Olía a tierra húmeda, sudor fresco y un toque de colonia barata que me hacía cosquillas en la nariz.

¿Por qué carajos mi corazón late así cuando lo veo? Es como si el aire se pusiera espeso, cargado de promesas.

Juan me invitó a pasar al porche, donde una mesa de madera cruda sostenía una jarra de agua de jamaica helada y unos limones partidos. Nos sentamos frente a frente, el ventilador zumbando perezosamente sobre nosotros. "Órale, Ana, ¿qué onda? ¿Viste la novela esa que está chingona, Pasión de Gavilanes?", me dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Asentí, sintiendo un calor subir por mi cuello. "Sí, wey, esas hermanas Elizondo y los Reyes... pura pasión prohibida. Me encanta cómo se miran, como si se fueran a comer vivos".

Él rio, una carcajada ronca que me erizó la piel. "Neta, pero yo me imagino pasion de gavilanes versiones más calientes, ¿sabes? Donde no hay tanto drama y sí mucho acción". Sus ojos se clavaron en los míos, oscuros como el fondo de un pozo, y sentí un cosquilleo entre las piernas. El aire olía a jazmín del jardín cercano, mezclado con el aroma masculino de él. Tomé un trago de jamaica, el sabor ácido y dulce explotando en mi lengua, mientras mi mente volaba a escenas prohibidas.

La tarde avanzó lenta, como melaza. Hablamos de todo: de la vida en la hacienda, de cómo Juan manejaba los caballos al amanecer, de sus sueños de expandir el terreno. Cada palabra suya era un roce invisible, avivando el fuego en mi vientre. Cuando el sol empezó a bajar, tiñendo el cielo de rosas y naranjas, sacó una botella de tequila reposado. "Pa' celebrar que Rosa no regresó todavía", dijo guiñándome un ojo. Brindamos, el líquido ardiente bajando por mi garganta, calentándome desde adentro. Nuestras rodillas se rozaron bajo la mesa, un contacto eléctrico que me hizo jadear bajito.

Acto primero: la chispa. Ahí empezó la tensión, wey. Juan se acercó más, su aliento tibio con olor a tequila rozando mi oreja. "Ana, ¿y si jugamos a pasion de gavilanes versiones nuestras? Tú eres una Elizondo, yo un Reyes. Pero en esta versión, no hay venganza, solo deseo puro". Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando como un tambor ranchero. Asentí, la boca seca, el cuerpo vibrando de anticipación. Sus dedos grandes y callosos tomaron mi mano, trazando círculos en mi palma, enviando ondas de placer hasta mi centro.

Nos levantamos y entramos a la casa, el piso de loseta fría bajo mis sandalias contrastando con el calor de su palma en mi espalda baja. La sala era sencilla: un sofá de piel gastada, un televisor viejo y cortinas que filtraban la luz crepuscular. Me sentó en el sofá, arrodillándose frente a mí como en la novela, pero con ojos lujuriosos. "Eres mía, mi Elizondo", murmuró, su voz un ronroneo que me mojó al instante. Olía a él por todos lados: sudor limpio, tequila y hombre en celo. Sus labios rozaron mi rodilla, subiendo lento por mi muslo, el roce áspero de su barba incipiente haciendo que mi piel cantara.

¡Qué rico! Quiero que me devore entera, que me haga suya sin piedad.

Mi respiración se volvió jadeos entrecortados mientras sus manos subían por mis piernas, abriendo el vestido floreado que traía. El aire fresco besó mi piel expuesta, pero su boca caliente lo contrarrestaba todo. Lamía la cara interna de mis muslos, el sabor salado de mi sudor volviéndolo loco. "Estás chingona, Ana, hueles a miel y pecado", gruñó, sus dedos enganchando mi tanga y bajándola despacio. Sentí el aire en mi panocha húmeda, palpitante, rogando por él.

Acto segundo: la escalada. Ahí la cosa se puso intensa, carnal. Me recargó en el sofá, su cuerpo cubriendo el mío como una manta pesada y deliciosa. Nuestros labios se encontraron en un beso feroz, lenguas danzando con sabor a tequila y deseo. Sus manos amasaban mis tetas por encima del brasier, pellizcando pezones duros como piedras. Gemí en su boca, el sonido ahogado por su lengua invasora. Bajó el vestido, liberando mis chichis, y chupó uno con hambre, el tirón enviando descargas directas a mi clítoris.

Lo empujé suave, queriendo mi turno. "Ahora yo, mi Reyes", susurré, desabrochando su cinturón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con el corazón de un toro. Olía a masculinidad pura, un aroma almizclado que me embriagó. La tomé en mi mano, la piel aterciopelada sobre acero, y lamí la punta, saboreando la gota salada de precum. Juan rugió, sus caderas empujando instintivo. "¡Mamacita, qué chido! Chúpamela toda". Obedecí, engulléndola hasta la garganta, el grosor estirándome la boca, sus gemidos roncos llenando la habitación como música prohibida.

La tensión crecía, wey. Nos desnudamos mutuo, piel contra piel, sudor mezclándose en un baile resbaloso. Él me cargó al cuarto, la cama king con sábanas frescas oliendo a lavanda. Me tendió boca arriba, abriendo mis piernas como alas. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo círculos rápidos, chupando con succión que me arqueó la espalda. "¡Ay, Juan, no pares, cabrón! Me voy a venir", grité, las uñas clavadas en su cuero cabelludo. El orgasmo me azotó como un rayo, jugos inundando su boca, mi cuerpo convulsionando en olas de placer cegador.

Pero no paró. Se posicionó entre mis muslos, la cabeza de su verga rozando mi entrada húmeda. "Dime que sí, Ana. Quiero cogerte como en pasion de gavilanes versiones salvajes". "¡Sí, métemela toda, amor!", rogué, las caderas elevándose. Entró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente, el dolor placer mezclándose. Lleno por completo, empezó a bombear, fuerte y profundo, la cama crujiendo al ritmo de sus embestidas. El slap de piel contra piel, sus bolas golpeando mi culo, mis gemidos altos como sirenas. Sudor goteaba de su frente a mis tetas, el olor a sexo saturando el aire.

Internamente luchaba:

Esto es demasiado bueno, pero ¿y si Rosa llega? No mames, que espere, esto es nuestro.
Cambiamos posiciones, yo encima, cabalgándolo como una amazona. Sus manos en mis caderas guiando, pellizcando. Rebotaba, su verga tocando spots profundos, mis chichis saltando. Él se incorporó, chupando un pezón mientras yo giraba las caderas, el roce en mi clítoris building another orgasm.

Acto tercero: la liberación. El clímax se acercaba, inevitable. "Me vengo, Ana, ¡joder!", bramó Juan, sus embestidas volviéndose erráticas. "¡Dentro, lléname!", supliqué, y explotamos juntos. Su leche caliente inundándome, pulsos calientes uno tras otro, mientras mi coño lo ordeñaba en espasmos. Grité su nombre, el mundo disolviéndose en blanco puro, oídos zumbando, piel hipersensible.

Colapsamos, entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose. Su semen goteaba de mí, cálido en mis muslos. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El cuarto olía a sexo satisfecho, jazmín lejano mezclándose. "Eres lo máximo, mi Elizondo", murmuró, acariciando mi cabello. Yo sonreí, el cuerpo lánguido, el alma plena.

Después, en la afterglow, nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, manos explorando tiernas. Salimos al porche al anochecer, estrellas salpicando el cielo, un mariachi lejano sonando corridos. Tomamos más tequila, planeando más pasion de gavilanes versiones. Rosa nunca llegó esa noche. Y yo supe que esto era solo el principio de nuestra propia telenovela ardiente.

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