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Diario de una Pasión Española Latina

7556 palabras

Diario de una Pasión Española Latina

Querido diario de una pasión español latino, hoy no puedo más con esta quemazón que me recorre el cuerpo como si me hubieran prendido fuego con tequila y chile. Me llamo Ana, tengo veintiocho pirulos y vivo en Cancún, donde el mar Caribe me lame las playas cada amanecer. Pero nada se compara con lo que me está pasando desde que llegó él, Javier, ese español latino que parece sacado de una novela de pasión prohibida. Lo vi por primera vez en la playa de Playa del Carmen, con su piel bronceada por el sol de Madrid, músculos marcados bajo esa camisa blanca que se pegaba a su pecho húmedo por el sudor y el salitre. Sus ojos negros me clavaron como un arpón, y su sonrisa pícara, con ese acento andaluz que hace que cada palabra suene como un ronroneo, me dejó las piernas temblando.

Estábamos en un palapa bar, con el sonido de las olas rompiendo fuerte, el olor a coco y mariscos asados flotando en el aire caliente. Yo tomaba una michelada helada, el limón picante en mis labios, cuando él se acercó con una cerveza en la mano. "Órale, guapa, ¿esta silla está tomada o puedo sentarme a admirar esa vista mexicana?" dijo, con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Le contesté con una risa coqueta, sintiendo ya el cosquilleo entre las piernas. Charlamos horas, él contando de sus viajes por Latinoamérica, yo de mis noches locas en los antros de la zona hotelera. Su mano rozó la mía al pasar el sal, y fue como una descarga eléctrica, piel contra piel, cálida y áspera por el trabajo manual que decía tener en España.

¿Por qué carajos me siento así? Como si este pendejo español me hubiera hechizado con su olor a hombre, a colonia barata mezclada con sudor fresco. Quiero que me bese ya, neta.

La tensión crecía con cada trago. El sol se ponía, tiñendo el cielo de naranja y rosa, y el aire se volvía espeso, cargado de humedad y promesas. Javier me miró fijo, su aliento con sabor a cerveza cerca de mi oreja: "Ana, desde que te vi, no dejo de imaginar cómo sabes tú, más dulce que este maldito paraíso." Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo, y sin pensarlo, lo jalé de la mano hacia la arena oscura. Caminamos descalzos, la arena tibia aún del día, pegándose a nuestros pies, el rumor de las olas como un secreto compartido.

Nos detuvimos detrás de unas palmeras, donde la luz de la luna bailaba en el agua. Sus labios encontraron los míos en un beso que sabía a sal y deseo puro. Su lengua exploró mi boca con hambre, suave pero insistente, mientras sus manos grandes me apretaban la cintura, subiendo despacio por mi espalda desnuda bajo el vestido ligero. Olía a mar y a macho en celo, ese aroma terroso que me mareaba. Mierda, qué rico se siente esto, pensé, mientras mis uñas se clavaban en su nuca, tirando de su cabello oscuro y revuelto.

La noche avanzaba y la pasión se encendía como fogata en la playa. Regresamos a mi hotel, un cuchitril chido con vista al mar, el ventilador zumbando perezoso contra el bochorno. En la habitación, el olor a sábanas frescas y mi perfume de jazmín se mezclaba con su esencia masculina. Me quitó el vestido con dedos temblorosos de anticipación, besando cada centímetro de mi piel expuesta: el cuello, donde mi pulso galopaba; los pechos, que lamía con la lengua caliente, haciendo que mis pezones se endurecieran como piedras bajo la lluvia. "Eres una diosa mexicana, Ana, con curvas que matan", murmuró, su voz ronca contra mi vientre.

Yo no me quedaba atrás. Le arranqué la camisa, sintiendo el calor de su torso bajo mis palmas, los músculos duros contrayéndose al toque. Bajé la cremallera de sus shorts, liberando su verga gruesa y palpitante, que olía a deseo crudo, salado. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y él gimió bajito, un sonido gutural que me erizó la piel. Qué chingón se siente tenerlo así, mío para devorarlo. Lo empujé a la cama, montándome encima, frotándome contra él con mi humedad resbalando, el roce delicioso que nos hacía jadear.

Este diario de una pasión español latino no miente: Javier me está volviendo loca, su cuerpo contra el mío es fuego puro, y aún no hemos llegado al fondo.

La intensidad subía como marea alta. Sus manos me amasaban las nalgas, firmes y posesivas, mientras yo lo besaba con furia, mordiendo su labio inferior hasta saborear un toque de sangre dulce. Me volteó con facilidad, su fuerza juguetona me excitaba más. Se hundió en mí despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome con placer que dolía rico, llenándome hasta el fondo. El sonido de nuestra piel chocando era obsceno, húmedo, acompañado de mis gemidos y sus gruñidos en ese acento español que me derretía: "¡Joder, qué prieta y caliente estás, mi reina!"

Movimientos rítmicos, profundos, el sudor nos unía en una capa brillante, goteando entre nosotros. Sentía cada vena de él pulsando dentro, rozando ese punto que me hacía arquear la espalda, el olor a sexo impregnando el aire, almizclado y embriagador. Mis uñas le rastrillaban la espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían chido. Él aceleraba, mis caderas respondiendo al unísono, el clímax construyéndose como tormenta en el Golfo. No aguanto más, carnal, dame todo, le susurré al oído, lamiendo el lóbulo salado.

El mundo explotó en oleadas. Mi orgasmo me sacudió entera, contracciones que lo ordeñaban, mientras él se tensaba, gruñendo mi nombre como oración pagana. Su semen caliente me inundó, derramándose dentro con espasmos que prolongaban mi placer. Colapsamos jadeantes, piel pegajosa, corazones tronando al unísono. El ventilador nos refrescaba apenas, el mar susurrando afuera como testigo.

Después, en la penumbra, fumamos un cigarro compartido –el humo dulce subiendo en espirales–, sus dedos trazando lazy círculos en mi muslo. "Esto fue más que una noche, Ana. Vuelve a España conmigo, o quédate aquí y hagamos de esto nuestro diario eterno." Reí suave, besando su pecho velludo, oliendo a nosotros. No sé qué pasará mañana, si será un adiós en el aeropuerto o más noches de pasión española latina. Pero por ahora, me acurruco en sus brazos fuertes, el sabor de él aún en mi lengua, el eco de nuestros placeres resonando en mi alma.

Fin de esta entrada en mi diario de una pasión español latino. Mañana, quién sabe qué más escribiremos con el cuerpo.

El sol sale tiñendo la habitación de dorado, y Javier duerme a mi lado, su respiración profunda y calmada. Me estiro, sintiendo el leve ardor entre las piernas, un recordatorio delicioso de la noche. Bajo a la playa sola, el arena fresca bajo mis pies descalzos, el mar lamiendo mis tobillos con caricias frías. Pienso en cómo empezó todo con una mirada, cómo su acento me envolvió como niebla caliente, y ahora no imagino mi Cancún sin él. ¿Será amor? ¿O solo una pasión fugaz que quema y se va? Neta, no importa. Lo que sentimos anoche fue real, consensual, empoderador, dos adultos entregándonos al deseo puro.

Regreso al hotel, y ahí está, esperándome con café negro y una sonrisa que promete rondas dos, tres y más. Su mano en mi nuca, un beso lento que sabe a futuro incierto pero excitante. Este diario de una pasión español latino apenas comienza, y yo, Ana, estoy lista para más páginas llenas de fuego.

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