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Reflexión Carnal Sobre la Pasión Muerte y Resurrección de Jesús

7427 palabras

Reflexión Carnal Sobre la Pasión Muerte y Resurrección de Jesús

Era Viernes Santo en la Ciudad de México, pero mi casa en Polanco olía a incienso y a algo más prohibido, como el sudor fresco de un cuerpo que despierta. Yo, Ana, de treinta y cinco años, con curvas que neta volvían locos a los weyes, me recostaba en mi cama king size, las sábanas de algodón egipcio rozando mi piel morena. Afuera, el bullicio de la procesión se colaba por la ventana entreabierta: tambores graves, murmullos de oración, el aroma a cera quemada de las velas. Pero dentro, mi reflexión sobre la pasión muerte y resurrección de Jesús tomaba un giro que el cura del barrio nunca imaginaría.

Él llegó puntual, mi amante secreto, Javier, un chulo de ojos negros y manos callosas de tanto trabajar en su galería de arte en la Roma. Alto, con esa barba recortada que picaba rico, vestía una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales. "Órale, Ana, ¿ya estás lista para pecar?" me dijo con esa sonrisa pícara, cerrando la puerta con un clic que sonó como un latido acelerado. Me incorporé, mi camisón de seda negra resbalando por mis hombros, dejando ver mis pechos firmes, los pezones ya duros como piedras de obsidiana.

Nos besamos lento al principio, sus labios salados por el calor de la tarde, su lengua explorando mi boca con hambre contenida. Sentí su aliento caliente contra mi cuello, oliendo a menta y a deseo crudo. "Piensa en la pasión de Cristo", murmuré entre jadeos, mis manos bajando por su espalda, arañando suave esa piel tensa. "Pero esta vez, la resurrección será en mi cuerpo". Él rio bajito, un sonido ronco que vibró en mi pecho, y me empujó contra las almohadas. Sus dedos trazaron mi clavícula, bajando hasta mis senos, pellizcando los pezones hasta que un gemido se me escapó, agudo como el llanto de María en el Calvario.

¿Y si la cruz no era solo madera? ¿Y si era este ardor que me quema por dentro, esta necesidad de ser clavada en el placer?

Acto primero de nuestra misa privada: Javier se arrodilló entre mis piernas, separándolas con gentileza pero firmeza. El aire fresco de la habitación rozó mi panocha húmeda, ya brillando de jugos. Olía a mí, a esa esencia almizclada que lo enloquecía. Su boca se acercó, el calor de su aliento me erizó la piel. Lamidas lentas primero, su lengua plana recorriendo mis labios mayores, saboreando el salado dulce de mi excitación. "Deliciosa, morra", gruñó, metiendo la lengua más adentro, chupando mi clítoris como si fuera el pan del Señor. Mis caderas se arquearon, mis uñas enredadas en su pelo negro, tirando suave. El sonido era obsceno: lamidas chapoteantes, mis jadeos mezclados con los rezos lejanos de la calle.

Pero no era solo físico. En mi mente, la reflexión sobre la pasión muerte y resurrección de Jesús se entretejía como hiedra en una reja. Jesús cargando la cruz, sudando sangre, y yo aquí, sudando por Javier, mi cuerpo un vía crucis de caricias. Cada beso en mi muslo interior era un azote, cada roce de sus dientes un clavo. Lo jalé hacia arriba, besándolo con furia, probando mi propio sabor en su boca. "Cógeme ya, pendejo", le susurré al oído, mi voz ronca de pura lujuria mexicana.

El medio tiempo llegó con la luz del atardecer tiñendo la habitación de rojo sangre. Javier se quitó la camisa, revelando su torso marcado por horas en el gym, vello oscuro bajando hasta su abdomen. Desabrochó su pantalón, y su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza roja y brillante de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado, caliente como hierro forjado. La masturbé despacio, viéndolo cerrar los ojos, su pecho subiendo y bajando. "Así, Ana, no pares", suplicó, y yo aceleré, el sonido de piel contra piel llenando el cuarto.

Me puse a cuatro patas, ofreciéndole mi culo redondo, las nalgas separadas invitándolo. Él se posicionó atrás, frotando su verga contra mi entrada, lubricándonos mutuamente. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! El estiramiento ardía delicioso, mis paredes internas apretándolo como un puño. Empezamos a movernos, lento al principio: él saliendo casi todo, volviendo a hundirse, el choque de sus bolas contra mi clítoris enviando chispas. El olor a sexo nos envolvía, sudor mezclado con mi perfume de jazmín.

La muerte se acerca, como en el Gólgota. Mi pasión es este ritmo, este latir compartido. ¿Resucitaré en su semen?

La tensión crecía, mis pechos balanceándose con cada embestida, mis gemidos volviéndose gritos ahogados. Javier me agarró las caderas, sus dedos hundiéndose en mi carne suave, marcándome con moretones que llevaría con orgullo. Cambiamos: yo encima ahora, cabalgándolo como una amazona en Semana Santa. Sus manos en mis tetas, amasándolas, pellizcando. Bajé la cabeza, besando su cuello salado, mordiendo suave. "Más fuerte, wey, rómpeme", le ordené, y él obedeció, clavándose desde abajo con fuerza brutal pero consentida, nuestros cuerpos chocando en un slap slap húmedo.

El clímax se cernía como la oscuridad del Viernes Santo. Sentía el orgasmo construyéndose en mi vientre, una presión ardiente, mis muslos temblando. Javier jadeaba debajo, su verga hinchándose más dentro de mí. "Voy a venir, Ana", avisó, y yo aceleré, mis uñas en su pecho, dejando surcos rojos. El mundo se redujo a sensaciones: el roce de su pubis contra mi clítoris, el sabor de su piel en mi lengua, el sonido de nuestras pieles aplastándose, el olor almizclado de nuestra unión.

La muerte llegó primero para mí. Un espasmo me recorrió, mi panocha contrayéndose en oleadas, ordeñando su verga. Grité su nombre, el placer tan intenso que vi estrellas, mi visión nublándose. Javier me siguió segundos después, gruñendo como un animal, su semen caliente inundándome, chorro tras chorro, hasta que goteó por mis muslos. Colapsamos juntos, sudorosos, pegajosos, respiraciones entrecortadas sincronizadas con los tambores de la procesión que ahora sonaban lejanos.

En el afterglow, el Sábado Santo de nuestra pasión, yacimos enredados. Su mano acariciaba mi espalda, trazando círculos perezosos. El aire olía a sexo satisfecho, a paz carnal. "¿Qué piensas, mi reina?" murmuró él, besando mi frente húmeda.

Esta reflexión sobre la pasión muerte y resurrección de Jesús no es de sermón ni libro viejo. Es mi verdad: la pasión en tus brazos, la muerte en el éxtasis, la resurrección en este abrazo que me hace nueva. Domingo de Gloria en mi alma pecadora.

Nos duchamos juntos después, el agua caliente lavando los restos, pero no el recuerdo. Sus manos jabonosas en mi cuerpo, risas compartidas, besos suaves bajo la regadera. Salimos a la terraza, envueltos en albornoz, viendo las luces de la ciudad encenderse. México palpitaba abajo, viva como nosotros. Javier me sirvió un tequila reposado, el cristal frío contra mis labios, el líquido quemando dulce la garganta.

"La próxima Semana Santa, repetimos", dijo guiñando. Yo sonreí, mi mano en su muslo, sintiendo el calor renacer. La resurrección no era mito; era esto, este ciclo de deseo eterno. Mi cuerpo, templo profanado y sagrado a la vez, listo para la próxima pasión.

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