El Retrato de una Pasión
En mi taller de Coyoacán, donde el sol de la tarde se cuela por las ventanas altas y pinta rayas doradas en las paredes de adobe, conocí a Sofía. Era un martes cualquiera, de esos en que el aire huele a jazmín del jardín vecino y a trementina fresca. Yo, Mateo, pintor de oficio y soñador de pasiones ajenas, la vi entrar con esa gracia que te deja con la boca seca. Vestía un huipil blanco que se pegaba sutil a sus curvas, el cabello negro suelto como cascada de obsidiana, y unos ojos cafés que prometían tormentas.
Órale, neta que esta morra está cañón, pensé mientras ella se presentaba. Quería el retrato de una pasión, dijo, con voz ronca que me erizó la piel. No un retrato cualquiera, no; uno que capturara el fuego que ardía dentro de ella, que la gente mirara el lienzo y sintiera el calor subiendo por sus venas. Le sonreí, sintiendo ya el pulso acelerado en las sienes. Siéntate ahí, guapa. Vamos a ver qué sale
, le contesté, señalando el sillón de terciopelo rojo frente al caballete.
Los primeros trazos fueron puros, solo líneas y sombras. Su perfume, una mezcla de vainilla y algo salvaje como tierra mojada después de la lluvia, llenaba el cuarto. El sonido de mi pincel raspando el canvas era hipnótico, y cada vez que ella movía las piernas, el roce de la tela contra su piel me distraía. Hablamos de todo: de los mercados de Oaxaca donde creció ella, de mis noches locas en la Condesa pintando hasta el amanecer. Esta chava me está volviendo pendejo, me dije, notando cómo sus pezones se marcaban bajo la blusa cuando el viento entraba.
Al día siguiente volvió, y la tensión ya era palpable, como electricidad estática antes de la tormenta. Le pedí que se quitara el huipil para capturar mejor la luz en su piel morena. Dudó un segundo, mordiéndose el labio inferior, pero luego lo hizo con una sonrisa pícara. ¿Así, carnal?
preguntó, quedando en bra de encaje negro y falda ligera. Su pecho subía y bajaba con cada respiro, y el olor de su excitación empezaba a mezclarse con los aceites de pintura. Mis manos temblaban al pincel; trazaba los contornos de sus senos, imaginando su textura suave, cálida como tamales recién hechos.
En la tercera sesión, el calor era insoportable. México en mayo es un horno, y el sudor perlaba su clavícula, resbalando lento hasta perderse en el valle entre sus pechos. Mateo, ¿sientes esto?
murmuró, tocándose el cuello. Me acerqué, pretexto de ajustar la luz, y rocé su hombro con los dedos. Su piel era seda ardiente, y un gemido bajito escapó de sus labios. No mames, ya no aguanto, rugió mi mente. Ella giró la cabeza, ojos clavados en los míos, y sin palabras me jaló de la camisa. Nuestros labios chocaron como olas furiosas; su boca sabía a tequila y miel, lengua juguetona explorando la mía con hambre de loba.
La levanté en brazos, sintiendo sus muslos firmes apretarme la cintura, y la llevé al diván cubierto de telas suaves. Sus manos expertas desabotonaron mi pantalón, liberando mi verga que ya palpitaba dura como piedra prehispánica. Qué chingona estás, Sofía. Me traes loco desde el primer día
, le susurré al oído, lamiendo el lóbulo mientras ella reía ronca. Se quitó el bra de un tirón, ofreciéndome sus tetas perfectas, pezones oscuros erguidos pidiendo atención. Los chupé con ganas, mordisqueando suave, oyendo sus jadeos que llenaban el taller como música de mariachi en fiesta.
El olor a sexo nos envolvía ya, almizcle dulce mezclado con el jazmín afuera. Ella se arqueó cuando mis dedos bajaron por su vientre plano, colándose bajo la falda. Su concha estaba empapada, labios hinchados y calientes, resbalosos de jugos que olían a deseo puro. ¡Ay, cabrón, métemela ya!
suplicó, clavándome las uñas en la espalda. La penetré despacio al principio, sintiendo cada centímetro de su calor apretándome, paredes internas masajeando mi pinga como si me quisiera tragar entero. El sonido de carne contra carne era obsceno, chapoteos húmedos que se mezclaban con nuestros gemidos.
Nos movíamos en ritmo perfecto, ella cabalgándome ahora, caderas girando como en baile de cumbia. Sudor corría por su espalda, y yo lo lamía, salado y adictivo. Sus tetas rebotaban hipnóticas, y la apreté contra mí, besándola con furia mientras el clímax se acercaba. Esto es el retrato de una pasión, neta, pensé en medio del delirio, viendo en su rostro el éxtasis puro que quería pintar. Ella gritó primero, cuerpo convulsionando, concha ordeñándome con espasmos que me llevaron al borde. Eyaculé dentro de ella con un rugido, chorros calientes llenándola mientras nos fundíamos en temblores compartidos.
Después, recostados en el diván, el aire pesado de nuestros aromas, ella trazó círculos en mi pecho con la uña. Ahora sí puedes terminar el cuadro, amor. Ahí está todo
, dijo, señalando el lienzo a medio hacer. Me reí, besándole la frente húmeda. El sol se ponía, tiñendo todo de rojo pasión, y supe que el retrato de una pasión no sería solo de ella, sino de nosotros. Agarré el pincel, aún desnudos, y con manos firmes capturé esa luz post-sexo en sus ojos, el rubor en sus mejillas, el desorden glorioso de su melena.
Semanas después, el cuadro colgaba en mi galería, y la gente se arremolinaba murmurando sobre el fuego que emanaba del canvas. Sofía a mi lado, tomada de la mano, me guiñaba el ojo. Esto es lo que pasa cuando pintas con el alma... y con el cuerpo, reflexioné, sintiendo su calor aún latiendo en mí. Nuestra pasión no era solo un retrato; era viva, eterna, como las pirámides bajo el sol mexicano.