Canto Lloro Río con Claveles de Pasión
El sol de mediodía caía a plomo sobre el mercado de flores en el corazón de Coyoacán, tiñendo de rojo intenso los claveles que rebosaban de los puestos. El aire estaba cargado de ese perfume embriagador, dulce y picante, que se mezclaba con el olor terroso de la tierra húmeda y el humo lejano de las antojerías. Yo caminaba entre los colores vibrantes, sintiendo el roce suave de mi falda ligera contra mis muslos, el calor subiendo por mi piel morena. Hacía semanas que no sentía esa cosquilla en el estómago, esa hambre que no se sacia con tacos ni con chismes de amigas.
¿Cuánto tiempo más voy a dejar que la rutina me apague? me pregunté, deteniéndome frente a un puesto repleto de claveles rojos como labios hinchados de deseo. El vendedor, un tipo alto y moreno con ojos negros que brillaban como obsidiana, me miró de esa forma que te hace sentir desnuda sin quitarse ni un botón. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus pectorales firmes, y un tatuaje asomaba por el cuello, serpenteando hacia quién sabe qué secretos.
—Órale, mija, ¿ya te fijaste en estos claveles? Son puros fuego, pa' prender cualquier pasión —dijo con voz grave, ronca, mientras me tendía un ramo. Sus dedos rozaron los míos al pasármelo, un toque eléctrico que me erizó la piel de los brazos.
—Neta que sí, carnal. Me prenden con solo olerlos —respondí, juguetona, inhalando profundo. El aroma me invadió, floral y salvaje, como si prometiera noches de sudor y gemidos.
Se llamaba Diego, güey de veintiocho tacos, originario de Guadalajara pero radicado en la Ciudad. Hablamos de tonterías: del pinche tráfico, de cómo los claveles simbolizan amor ardiente en las rancheras. Sus ojos no se despegaban de mis labios, y yo sentía mi pecho acelerarse, los pezones endureciéndose bajo la blusa delgada. Esto es lo que necesitaba, un hombre que me mire como si fuera su próximo festín.
Media hora después, con el ramo en la mano, acepté su invitación a su taller al fondo del mercado. "Pa' que veas cómo los arreglo, ¿va?", dijo con guiño. Caminamos juntos, su mano rozando mi cintura "accidentalmente", enviando chispas directo a mi entrepierna.
El taller era un rincón mágico, paredes de adobe adornadas con guirnaldas secas, el suelo de laja fresca bajo mis sandalias. Olía a jazmín y a algo más, masculino, como loción mezclada con esfuerzo del día. Diego cerró la puerta de madera, y el mundo exterior se apagó: solo quedamos el zumbido de las abejas, el latido de mi corazón y su respiración pesada acercándose.
—Ven, siéntate aquí —murmuró, guiándome a un catre cubierto de pétalos sueltos. Me senté, el roce suave contra mis nalgas, y él se arrodilló frente a mí, tomando un clavel del ramo. Lo pasó por mi cuello, lento, el pétalo fresco trazando mi clavícula, bajando al escote. Sentí un escalofrío delicioso, mi piel despertando como si llevara meses dormida.
Canto lloro río con claveles de pasión—susurré para mí, recordando una vieja copla que mi abuela cantaba en las fiestas. Era perfecto: el canto del deseo, el llanto de anhelo, la risa de la liberación, todo envuelto en estos pétalos rojos.
Diego rio bajito, su aliento cálido en mi piel. —¿Qué dijiste, preciosa? Suena a que ya estás encendida. Sus labios capturaron el pétalo en mi pecho, succionándolo con mi piel. Gemí suave, el sabor del clavel en su boca ahora en mi mente, dulce y amargo. Sus manos subieron por mis muslos, abriendo la falda con permiso implícito —yo asentí, arqueándome hacia él.
El beso vino como tormenta: bocas chocando, lenguas danzando con urgencia. Sabía a café y a menta, su barba raspando mi barbilla en deliciosa aspereza. Mis dedos se enredaron en su pelo negro, tirando suave mientras él me recostaba sobre los pétalos. El crujir bajo mi espalda era música, mezclado con nuestros jadeos. Qué chingón se siente esto, puro fuego mexicano, pensé, mientras sus manos expertas desabotonaban mi blusa, liberando mis senos al aire tibio.
Él los besó con devoción, lengua girando en los pezones duros, enviando ondas de placer que me humedecían entre las piernas. —Eres una diosa, neta —gruñó, bajando más, besando mi vientre, el ombligo, hasta llegar al borde de mis bragas. Las deslizó con dientes, el roce húmedo de su boca en mi monte de Venus. Olía a mi propia excitación, almizclada y salada, y él inhaló profundo, como si fuera el mejor perfume.
Yo no me quedé atrás: le quité la camisa, lamiendo su pecho salado, mordiendo suave el tatuaje que decía "Pasión Eterna". Mis uñas arañaron su espalda mientras él me penetraba con dedos lentos, curvados justo ahí, donde el placer explota. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes, mis caderas moviéndose al ritmo de su mano. ¡Más, pendejo, no pares! quería gritar, pero solo salían ahogos roncos.
La tensión crecía como volcán: sudor perlando su frente, goteando en mi piel; el calor de su verga dura presionando mi muslo, gruesa y pulsante. Me volteó boca abajo, pétalos pegándose a mi vientre, y entró en mí de un solo empujón suave, consensual, perfecto. —Dime si te gusta, mi reina —preguntó, y yo respondí con un "¡Sí, carajo, qué rico!" mientras me llenaba, centímetro a centímetro, estirándome en éxtasis.
Nos movimos juntos, piel contra piel resbaladiza, el slap-slap de cuerpos chocando como tambores de fiesta. Su aliento en mi nuca, manos apretando mis caderas, yo empujando hacia atrás para tomarlo más hondo. Sentía cada vena de él dentro, rozando mis paredes sensibles, el clítoris hinchado frotándose contra los pétalos. El olor: sexo puro, flores machacadas, sudor almizclado. Grité su nombre cuando el orgasmo me partió, olas y olas, mi cuerpo temblando, jugos empapando las sábanas.
Él se corrió segundos después, gruñendo como animal, caliente y abundante dentro de mí, colapsando sobre mi espalda. Permanecimos así, jadeantes, el mundo quieto salvo por el latido compartido.
Después, en el afterglow, nos besamos lento, saboreando el salado de lágrimas de placer en mis mejillas. Diego trenzó claveles en mi pelo desordenado, riendo bajito. —Eres inolvidable, güera —dijo, y yo sonreí, sintiendo el alma plena.
Canto por el gozo, lloro por la intensidad, río con claveles de pasión, pensé, abrazándolo fuerte. Afuera, el mercado bullía de vida, pero aquí, en su taller, habíamos creado nuestro propio paraíso. Salí caminando leve, pétalos en la piel, sabiendo que esto era solo el comienzo de muchas noches ardientes.